30-05-2025, 08:44 PM
(Última modificación: 30-05-2025, 08:45 PM por Jean D´Orlanais.)
Era fácil dejarse llevar.
Entre la fingida calma del bosque, el paso firme sobre el camino de árida tierra, el plácido ronroneo del gato, el silencio impenetrable de Caelum y los erráticos movimientos de Manolo, todo parecía diluirse en un bucólico cuadro del atardecer. No había amenaza aparente, no había prisa. El anciano se puso a andar hacía atrás para despejar el "hechizo" que les había lanzado el pequeño felino, que lo observaba con ojos curiosos. Hubo unos segundos de paz, donde los dos marines parecían esperar lo mismo: Que Manolo, una vez desandados sus pasos, prosiguiera con su camino. No fue así. El anciano se mantuvo imperturbable, como una estatua que no se movería hasta que ellos ejecutaran también aquel ritual. Para gran sorpresa de Jean, Caelum se unió a él. El joven marine ejecutó los pasos con una diligencia admirable.
Jean los observó a los dos incorporada, con los brazos cruzados bajo su pecho. Suspiró con una sonrisa.
- Bueno, que más da...
Avanzó unos pasos y se colocó en posición. Giró la cabeza hacía Manolo y Caelum, que diez pasos más atrás le aguardaban con inquietud. Volvió a mirar al frente y como si estuviera en un escenario desando aquellos diez pasos concentrada, intentando imitar a la perfección los mismos movimientos que habían ejecutado en sentido contrario, contando cada uno de ellos en su cabeza. Cuando llegó a posicionarse a la altura de sus compañeros, los miró y abrió los brazos en gesto de misión cumplida.
Manolo, aparentemente satisfecho porque aquellos dos marines hubiesen logrado romper con éxito el maleficio, vertió unas gotas de un liquido desde aquella petaca aparentemente ilimitada. La tierra absorbió el liquido como si de agua de lluvia se tratase. Y como si de verdad se hubiese todo un maleficio y aquellas gotas despertaran a quien vivía realmente en la mente del anciano, este comenzó a hablar con una voz distinta. Sosegada, limpia, única, sabia. Habló por primera vez de la misión, de su propósito. Y aunque sus palabras seguían siendo criticas, esta vez encerraban verdad.
Durante unos momentos el mundo pareció detenerse. No por las palabras en si, vagas y poco precisas, sino por la resonancia que estas dejaron en los dos jóvenes marines. No militarizar la norma. Aquellas palabras pusieron a Jean a pensar en como, efectivamente, parecía que toda orden, toda misión, llevase implícito un componente de violencia implícita ineludible. Necesitaban un camino que seguir, un enemigo al que derribar, un pueblo al que proteger, una misión que cumplir. Allí no. Eran facilitadores, en el sentido más amplio que quisieran darle a aquella palabra. Sin ataduras, sin más indicaciones. Aparto su mano de Zéphyros sin darse cuenta. Se sentía más ligera de repente.
¿Quién era aquel hombre?
Como queriendo despejar aquella pregunta del ambiente, Manolo rompió la ilusión proclamando que estaban ante la plaga, volviendo a repetir las frases como ya era costumbre.
Su dedo apuntaba al suelo, a un punto entre las malas hierbas del camino donde había vertido el liquido de su petaca. Se agachó, escarbó un poco entre una pequeña grieta que acababa de surgir y extrajo algo que sujetó con el dedo pulgar e índice con cuidado.
Era un bulbo cristalizado.
Pequeño, de color tierra, tenía una forma irregular, como si intentara irradiarse en varias dirección. Lo parecía recubrir una ligera capa ambarina agrietada, melosa y brillante. Algo en el aire que lo rodeaba era diferente. Tenía un olor suave, dulce pero con matices picantes. Reconfortante. A Jean le recordó al té con miel.
- ¿Eso es la plaga? - preguntó intrigada, mirando al bulbo con desconfianza. Alzó un poco la vista hacia el horizonte. Pueblo Shinzen no estaba lejos, tal vez a unos veinte minutos a pie.
El anciano se acercó un poco el bulbo a la cara y asintió casi con solemnidad.
- No mata, y he dicho, no mata. No duele. Ni hiere. Pero duerme la voluntad. Duerme la voluntad... Apacigua. Quita el filo de la mente, la vuelve roma. Dócil. Mansa. - murmuró con un aparente gesto de concentración en el rostro arrugado - Hace que todo parezca bien, y digo, todo te parece bien. No dudas, no preguntas, solo asientes. Y he dicho... solo asientes.
El anciano, aunque estaba hablando con ellos, hablaba desde otro plano, como si su verdadero yo estuviese muy lejos de aquel lugar y lo que les llegaba a Caelum y a Jean fuesen los ecos de una explicación que resonaba desde su mente.
Jean se incorporó un poco, dejándole espacio a su compañero para que pudiera ver bien aquel extraño bulbo.
- ¿Y que tenemos que hacer? - preguntó la joven mirando la pala que llevaba Manolo y aquella misteriosa caja que colgaba de ella. - ¿Arrancarlos? ¿Echarles algún producto...?
Manolo negó con la cabeza sin dejarle terminar.
- No, no, no, no. Y he dicho, no. No. Jóvenes... No escucháis, y digo, no escucháis. No entendéis. Tocarlo es dispersarlo. No se le gana con fuerza. Se le gana con palabras, con conciencia. - dijo, de repente más presente y con un aparente tono de frustración en la voz.
Jean recordó las palabras que les había dicho hacía unos momentos, que ahora tomaban un matiz diferente, irónicamente más concreto, más explicativo. Se giró hacía el gato, que les observaba a unos pocos metros con unos ojos profundos y confiados. Al mantener la mirada con la joven durante un par de segundos, ronroneo brevemente y se acercó a ellos, jugueteando de nuevo, moviéndose entre los tres.
- No nos tiene miedo... - murmuró Jean.
Manolo asintió con efusividad, como si por fin alguien hubiese entendido algo tan básico que incluso costaba explicarlo con palabras. Jean asintió lentamente. Lo entendía. No se enfrentaban a nada que pudiera combatirse con espadas. Aquello le hizo sentir un frio escalofrío en la nuca. Miró al bulbo, frunciendo el ceño con aprensión. No era una amenaza en sentido tradicional. No se defendía, no atacaba, solo... debilitaba. Desde dentro. Imaginó una comunidad expuesta a aquella "plaga", respirando sin saber que cada bocanada los alejaba un poco más de si mismos.
Alzó la mirada hacía Caelum, protegido siempre por su mascara. Aquello parecía ser más serio de lo que se pensaba en un primer momento.
Entre la fingida calma del bosque, el paso firme sobre el camino de árida tierra, el plácido ronroneo del gato, el silencio impenetrable de Caelum y los erráticos movimientos de Manolo, todo parecía diluirse en un bucólico cuadro del atardecer. No había amenaza aparente, no había prisa. El anciano se puso a andar hacía atrás para despejar el "hechizo" que les había lanzado el pequeño felino, que lo observaba con ojos curiosos. Hubo unos segundos de paz, donde los dos marines parecían esperar lo mismo: Que Manolo, una vez desandados sus pasos, prosiguiera con su camino. No fue así. El anciano se mantuvo imperturbable, como una estatua que no se movería hasta que ellos ejecutaran también aquel ritual. Para gran sorpresa de Jean, Caelum se unió a él. El joven marine ejecutó los pasos con una diligencia admirable.
Jean los observó a los dos incorporada, con los brazos cruzados bajo su pecho. Suspiró con una sonrisa.
- Bueno, que más da...
Avanzó unos pasos y se colocó en posición. Giró la cabeza hacía Manolo y Caelum, que diez pasos más atrás le aguardaban con inquietud. Volvió a mirar al frente y como si estuviera en un escenario desando aquellos diez pasos concentrada, intentando imitar a la perfección los mismos movimientos que habían ejecutado en sentido contrario, contando cada uno de ellos en su cabeza. Cuando llegó a posicionarse a la altura de sus compañeros, los miró y abrió los brazos en gesto de misión cumplida.
Manolo, aparentemente satisfecho porque aquellos dos marines hubiesen logrado romper con éxito el maleficio, vertió unas gotas de un liquido desde aquella petaca aparentemente ilimitada. La tierra absorbió el liquido como si de agua de lluvia se tratase. Y como si de verdad se hubiese todo un maleficio y aquellas gotas despertaran a quien vivía realmente en la mente del anciano, este comenzó a hablar con una voz distinta. Sosegada, limpia, única, sabia. Habló por primera vez de la misión, de su propósito. Y aunque sus palabras seguían siendo criticas, esta vez encerraban verdad.
Durante unos momentos el mundo pareció detenerse. No por las palabras en si, vagas y poco precisas, sino por la resonancia que estas dejaron en los dos jóvenes marines. No militarizar la norma. Aquellas palabras pusieron a Jean a pensar en como, efectivamente, parecía que toda orden, toda misión, llevase implícito un componente de violencia implícita ineludible. Necesitaban un camino que seguir, un enemigo al que derribar, un pueblo al que proteger, una misión que cumplir. Allí no. Eran facilitadores, en el sentido más amplio que quisieran darle a aquella palabra. Sin ataduras, sin más indicaciones. Aparto su mano de Zéphyros sin darse cuenta. Se sentía más ligera de repente.
¿Quién era aquel hombre?
Como queriendo despejar aquella pregunta del ambiente, Manolo rompió la ilusión proclamando que estaban ante la plaga, volviendo a repetir las frases como ya era costumbre.
Su dedo apuntaba al suelo, a un punto entre las malas hierbas del camino donde había vertido el liquido de su petaca. Se agachó, escarbó un poco entre una pequeña grieta que acababa de surgir y extrajo algo que sujetó con el dedo pulgar e índice con cuidado.
Era un bulbo cristalizado.
Pequeño, de color tierra, tenía una forma irregular, como si intentara irradiarse en varias dirección. Lo parecía recubrir una ligera capa ambarina agrietada, melosa y brillante. Algo en el aire que lo rodeaba era diferente. Tenía un olor suave, dulce pero con matices picantes. Reconfortante. A Jean le recordó al té con miel.
- ¿Eso es la plaga? - preguntó intrigada, mirando al bulbo con desconfianza. Alzó un poco la vista hacia el horizonte. Pueblo Shinzen no estaba lejos, tal vez a unos veinte minutos a pie.
El anciano se acercó un poco el bulbo a la cara y asintió casi con solemnidad.
- No mata, y he dicho, no mata. No duele. Ni hiere. Pero duerme la voluntad. Duerme la voluntad... Apacigua. Quita el filo de la mente, la vuelve roma. Dócil. Mansa. - murmuró con un aparente gesto de concentración en el rostro arrugado - Hace que todo parezca bien, y digo, todo te parece bien. No dudas, no preguntas, solo asientes. Y he dicho... solo asientes.
El anciano, aunque estaba hablando con ellos, hablaba desde otro plano, como si su verdadero yo estuviese muy lejos de aquel lugar y lo que les llegaba a Caelum y a Jean fuesen los ecos de una explicación que resonaba desde su mente.
Jean se incorporó un poco, dejándole espacio a su compañero para que pudiera ver bien aquel extraño bulbo.
- ¿Y que tenemos que hacer? - preguntó la joven mirando la pala que llevaba Manolo y aquella misteriosa caja que colgaba de ella. - ¿Arrancarlos? ¿Echarles algún producto...?
Manolo negó con la cabeza sin dejarle terminar.
- No, no, no, no. Y he dicho, no. No. Jóvenes... No escucháis, y digo, no escucháis. No entendéis. Tocarlo es dispersarlo. No se le gana con fuerza. Se le gana con palabras, con conciencia. - dijo, de repente más presente y con un aparente tono de frustración en la voz.
Jean recordó las palabras que les había dicho hacía unos momentos, que ahora tomaban un matiz diferente, irónicamente más concreto, más explicativo. Se giró hacía el gato, que les observaba a unos pocos metros con unos ojos profundos y confiados. Al mantener la mirada con la joven durante un par de segundos, ronroneo brevemente y se acercó a ellos, jugueteando de nuevo, moviéndose entre los tres.
- No nos tiene miedo... - murmuró Jean.
Manolo asintió con efusividad, como si por fin alguien hubiese entendido algo tan básico que incluso costaba explicarlo con palabras. Jean asintió lentamente. Lo entendía. No se enfrentaban a nada que pudiera combatirse con espadas. Aquello le hizo sentir un frio escalofrío en la nuca. Miró al bulbo, frunciendo el ceño con aprensión. No era una amenaza en sentido tradicional. No se defendía, no atacaba, solo... debilitaba. Desde dentro. Imaginó una comunidad expuesta a aquella "plaga", respirando sin saber que cada bocanada los alejaba un poco más de si mismos.
Alzó la mirada hacía Caelum, protegido siempre por su mascara. Aquello parecía ser más serio de lo que se pensaba en un primer momento.
