06-06-2025, 11:51 PM
(Última modificación: 06-06-2025, 11:52 PM por Caelum Drift.)
La bestia me había ignorado, había desestimado el impacto de Grau, que parecía inútil contra ese gigante que era una bola de músculos y esperma, un toro. Así, mi mente lo dibujó, como un toro en pleno rodeo. Sus cornadas eran inútiles contra la bandera, pero sus astas eran mortales contra el torero. Max lo supo en seguida. Casi no pudo reaccionar al golpe de aquella bestia que necesitaba ser domada con urgencia. Su mentón hizo temblar mi ego, había dejado solo a mi compañero en este estúpido intento de derrotar a Luisito.
Max seguía en pie, valiente, triunfante, sin el don que tengo y que de nada me ha ayudado, más que para sobrevivir. Teníamos una orden. Había un amigo en peligro. Mi maldición era lo único que me alejaba de la inutilidad. No volveré a enterrar sonrisas, no volveré a ver a un amigo caer, no volveré a ver a la piratería tomar todo lo que quieren como si nada.
Sentí que la sangre me hervía bajo la piel. Mi compañero estaba ahí, tambaleándose, y yo no iba a permitir que cayera. El eco de la risa del toro me retumbaba en los huesos. ¿Quién es capaz de siquiera sonreír cuando lucha con otro hombre, cuando sabe que sus puños endiablados devorarán la poca conciencia que le queda y podrían matarlo? Aquel ser era una grieta.
Me dolía todo el cuerpo. Bajo la máscara, mi rostro jadeante estaba repleto de sudor. El búmeran en mi mano era un recordatorio de que aún respiraba, de que aún podía pelear. No estaba allí solo para recibir golpes como una inútil bandera. Sería la capa del torero, sería quien le quitara la estabilidad al toro.
Grau, en mi diestra, vibró como si supiera lo que estaba por hacer. Era mi karma, mi historia y mis cicatrices condensadas en un solo tiro.
-¡Hijo de puta!
Escupí, aunque mi voz apenas se escuchaba tras la máscara. No sé si fue un insulto o el nombre de esta nueva manera de lanzar mi arma, no sé si fue por instinto o simplemente para recordarme que aún podía hablar.
Cerré los ojos y me concentré. Sentí el aire húmedo, el olor a pólvora y polvo todavía adornaba mis narinas, el temblor de los latidos en mi cuello. Cada uno de mis sentidos me gritaba que Max estaba a punto de caer, que Luisito iba a rematarlo.
Abrí los ojos. Mi mano sujetó el búmeran desde otro ángulo, como si fuera el lugar preciso para que su vuelo fuera más eficaz. Los gestos endemoniados del enmascarado me dieron la pauta, era el momento de soltar el karma que había guardado para este instante. Giré la muñeca y lancé el búmeran, acompañándolo con el movimiento clásico de mi bola recta.
No era un simple lanzamiento. Era un grito ahogado que llevaba mi historia, mi miedo, mi odio y mi promesa. Sentí que algo en mi interior se doblaba y, a la vez, se encendía como una llama, como si el demonio que me habitaba quisiera tomar el control de mi frenesí.
El arma voló, silbando como un susurro. Lo vi buscar a Luisito como si fuera parte de mí, como si yo mismo lo acompañara en su vuelo. Y justo antes de que él pudiera golpear a Max de nuevo, traté de que mi arma se le incrustara en la espalda. Desde mi posición pude ver cada disco, cada hueso que surcaba su imponente torso. Sabía que no sería suficiente para matarlo, pero tal vez podría tumbarlo.
Y entonces me acerqué como una serpiente, como lo que era en aquel coliseo, la bandera que enfurece al toro. Quede en dirección para recibir la vuelta de mi arma y me acerque un poco mas a la bestia.
Max seguía en pie, valiente, triunfante, sin el don que tengo y que de nada me ha ayudado, más que para sobrevivir. Teníamos una orden. Había un amigo en peligro. Mi maldición era lo único que me alejaba de la inutilidad. No volveré a enterrar sonrisas, no volveré a ver a un amigo caer, no volveré a ver a la piratería tomar todo lo que quieren como si nada.
Sentí que la sangre me hervía bajo la piel. Mi compañero estaba ahí, tambaleándose, y yo no iba a permitir que cayera. El eco de la risa del toro me retumbaba en los huesos. ¿Quién es capaz de siquiera sonreír cuando lucha con otro hombre, cuando sabe que sus puños endiablados devorarán la poca conciencia que le queda y podrían matarlo? Aquel ser era una grieta.
Me dolía todo el cuerpo. Bajo la máscara, mi rostro jadeante estaba repleto de sudor. El búmeran en mi mano era un recordatorio de que aún respiraba, de que aún podía pelear. No estaba allí solo para recibir golpes como una inútil bandera. Sería la capa del torero, sería quien le quitara la estabilidad al toro.
Grau, en mi diestra, vibró como si supiera lo que estaba por hacer. Era mi karma, mi historia y mis cicatrices condensadas en un solo tiro.
-¡Hijo de puta!
Escupí, aunque mi voz apenas se escuchaba tras la máscara. No sé si fue un insulto o el nombre de esta nueva manera de lanzar mi arma, no sé si fue por instinto o simplemente para recordarme que aún podía hablar.
Cerré los ojos y me concentré. Sentí el aire húmedo, el olor a pólvora y polvo todavía adornaba mis narinas, el temblor de los latidos en mi cuello. Cada uno de mis sentidos me gritaba que Max estaba a punto de caer, que Luisito iba a rematarlo.
Abrí los ojos. Mi mano sujetó el búmeran desde otro ángulo, como si fuera el lugar preciso para que su vuelo fuera más eficaz. Los gestos endemoniados del enmascarado me dieron la pauta, era el momento de soltar el karma que había guardado para este instante. Giré la muñeca y lancé el búmeran, acompañándolo con el movimiento clásico de mi bola recta.
No era un simple lanzamiento. Era un grito ahogado que llevaba mi historia, mi miedo, mi odio y mi promesa. Sentí que algo en mi interior se doblaba y, a la vez, se encendía como una llama, como si el demonio que me habitaba quisiera tomar el control de mi frenesí.
El arma voló, silbando como un susurro. Lo vi buscar a Luisito como si fuera parte de mí, como si yo mismo lo acompañara en su vuelo. Y justo antes de que él pudiera golpear a Max de nuevo, traté de que mi arma se le incrustara en la espalda. Desde mi posición pude ver cada disco, cada hueso que surcaba su imponente torso. Sabía que no sería suficiente para matarlo, pero tal vez podría tumbarlo.
Y entonces me acerqué como una serpiente, como lo que era en aquel coliseo, la bandera que enfurece al toro. Quede en dirección para recibir la vuelta de mi arma y me acerque un poco mas a la bestia.
Off
