10-06-2025, 02:50 PM
Avancemos
-Avancemos
Le contesté a mi compañera mientras veía la silueta del viejo avanzar. Él no nos esperó, no nos permitió asimilar lo que el perfume nos había dejado, solo avanzó desesperadamente, como si tuviera una deuda pendiente, como si para él, nosotros, los facilitadores, ya no importáramos. Avanzó sin dejarnos ideas claras, avanzó hacia un pueblo que, según él, estaba hechizado y derrumbado, donde todo en él permanecía detenido, como si el tiempo mismo no transcurriera allí. No sabía cuán peligroso sería avanzar. Podríamos quedarnos allí toda la vida si nos sometíamos a la flor durante demasiado tiempo.
El viento me acaricia con sutileza; aún quedan rastros del efecto volátil de esa sensación. Bajo mis pies, la tierra vibra, como si el corazón del bulbo nos hablara en un idioma antiguo, como si en las entrañas del camino la planta nos esperara para tomarnos, aguardando nuestro último aliento para nutrirse de nuestros restos abandonados de voluntad. Caminé al borde del sendero y lentamente regresé a mi estado ausente y alejado, frío, mientras el viejo nos observaba desde la distancia, con los ojos tan cansados, como si esta fuera la última oportunidad, la última moneda girando en el aire. Parecía impulsado más por inercia que por convicción.
-Avancemos
Dijo
-No por necesidad, sino como remedio, y he dicho como remedio. Si logramos calcar el movimiento en los habitantes, y he dicho calcar el movimiento en los habitantes, lograremos al fin el movimiento perpetuo. Y eso liberará una energía infinita, un calor tan abrazador que quemará la plaga, y he dicho que quemará la plaga.
Sentenció el viejo a la distancia , calcando mi palabra a Jean, mostrando la importancia de avanzar. Avanzar como remedio… No estaba todo perdido entonces. Por un momento me sentí perdido, vi la situación más en grises que de costumbre. Y la respuesta era clara, no podíamos detenernos ante la pereza, había que avanzar. Solo así eliminaríamos el estado placebo. Pero ¿cómo contagiar ese deseo de moverse, y no solo desde la fisiología, sino desde la ideología? El viejo, con las palabras justas, sembró esa idea en mí, movimiento perpetuo, heredado. Esa es la forma de crear energía eterna. Y así como Manolo nos iluminó, nosotros debíamos hacerlo con el pueblo, un pueblo más enfermo que nosotros.
Manolo frenó su andar con violencia, giró hacia nosotros y nos dijo.
-He aquí el pueblo, y he dicho el pueblo. Joven, dame la mochila, y he dicho dame la mochila.
El vidrio que sonaba como botellas no era otra cosa que máscaras de vidrio, artilugios que parecían más pipetas y tubos de ensayo que protectores para el rostro. Uno de los laterales tenía un cilindro de vidrio donde coloco el líquido verde.
-Este líquido les permitirá respirar sin los efectos primarios de la flor… y he dicho sin los efectos primarios de la flor.
Extendió ambas manos con las máscaras y me ofreció una a mí y otra a Jean.
-Este viejo ya está acostumbrado a la enfermedad y al remedio, y he dicho a la enfermedad y al remedio.
Entre las repetidas frases del viejo se coló una sonrisa, tal vez un recuerdo o una motivación para darnos la última instrucción antes de entrar al pueblo.
-Los niños y he dicho los niños, no sufren el efecto de la flor. Ellos son inocentes, siempre están con los sueños intactos, y eso los hace avanzar, andar. ¿Cuándo fue que crecimos de golpe? Y he dicho crecido de golpe. Se necesitan niños para amanecer, y he dicho se necesitan niños para amanecer.
Tomé la máscara sin quitarme la mía e intenté colocarme una sobre otra, en lo que parecía un baile ridículo. No encontraba la manera de ajustarlas, pero algo era seguro, jamás quitaría mi máscara y dejaría al descubierto mi hermoso rostro. No quería manchar de subjetividad hegemónica lo que quería ser como hombre. En ese intento despojado de motricidad entre las máscaras, pensé en cómo unir movimientos, niñez, marina y voluntad.
El viejo fue el que adapto la mascara de vidrio al mía, con una conocimiento exacto de todo, como si las canas reflejara cada una un saber. Y preparados nos adentramos en el paraíso de los desalmados.
-Avancemos
Le contesté a mi compañera mientras veía la silueta del viejo avanzar. Él no nos esperó, no nos permitió asimilar lo que el perfume nos había dejado, solo avanzó desesperadamente, como si tuviera una deuda pendiente, como si para él, nosotros, los facilitadores, ya no importáramos. Avanzó sin dejarnos ideas claras, avanzó hacia un pueblo que, según él, estaba hechizado y derrumbado, donde todo en él permanecía detenido, como si el tiempo mismo no transcurriera allí. No sabía cuán peligroso sería avanzar. Podríamos quedarnos allí toda la vida si nos sometíamos a la flor durante demasiado tiempo.
El viento me acaricia con sutileza; aún quedan rastros del efecto volátil de esa sensación. Bajo mis pies, la tierra vibra, como si el corazón del bulbo nos hablara en un idioma antiguo, como si en las entrañas del camino la planta nos esperara para tomarnos, aguardando nuestro último aliento para nutrirse de nuestros restos abandonados de voluntad. Caminé al borde del sendero y lentamente regresé a mi estado ausente y alejado, frío, mientras el viejo nos observaba desde la distancia, con los ojos tan cansados, como si esta fuera la última oportunidad, la última moneda girando en el aire. Parecía impulsado más por inercia que por convicción.
-Avancemos
Dijo
-No por necesidad, sino como remedio, y he dicho como remedio. Si logramos calcar el movimiento en los habitantes, y he dicho calcar el movimiento en los habitantes, lograremos al fin el movimiento perpetuo. Y eso liberará una energía infinita, un calor tan abrazador que quemará la plaga, y he dicho que quemará la plaga.
Sentenció el viejo a la distancia , calcando mi palabra a Jean, mostrando la importancia de avanzar. Avanzar como remedio… No estaba todo perdido entonces. Por un momento me sentí perdido, vi la situación más en grises que de costumbre. Y la respuesta era clara, no podíamos detenernos ante la pereza, había que avanzar. Solo así eliminaríamos el estado placebo. Pero ¿cómo contagiar ese deseo de moverse, y no solo desde la fisiología, sino desde la ideología? El viejo, con las palabras justas, sembró esa idea en mí, movimiento perpetuo, heredado. Esa es la forma de crear energía eterna. Y así como Manolo nos iluminó, nosotros debíamos hacerlo con el pueblo, un pueblo más enfermo que nosotros.
Manolo frenó su andar con violencia, giró hacia nosotros y nos dijo.
-He aquí el pueblo, y he dicho el pueblo. Joven, dame la mochila, y he dicho dame la mochila.
El vidrio que sonaba como botellas no era otra cosa que máscaras de vidrio, artilugios que parecían más pipetas y tubos de ensayo que protectores para el rostro. Uno de los laterales tenía un cilindro de vidrio donde coloco el líquido verde.
-Este líquido les permitirá respirar sin los efectos primarios de la flor… y he dicho sin los efectos primarios de la flor.
Extendió ambas manos con las máscaras y me ofreció una a mí y otra a Jean.
-Este viejo ya está acostumbrado a la enfermedad y al remedio, y he dicho a la enfermedad y al remedio.
Entre las repetidas frases del viejo se coló una sonrisa, tal vez un recuerdo o una motivación para darnos la última instrucción antes de entrar al pueblo.
-Los niños y he dicho los niños, no sufren el efecto de la flor. Ellos son inocentes, siempre están con los sueños intactos, y eso los hace avanzar, andar. ¿Cuándo fue que crecimos de golpe? Y he dicho crecido de golpe. Se necesitan niños para amanecer, y he dicho se necesitan niños para amanecer.
Tomé la máscara sin quitarme la mía e intenté colocarme una sobre otra, en lo que parecía un baile ridículo. No encontraba la manera de ajustarlas, pero algo era seguro, jamás quitaría mi máscara y dejaría al descubierto mi hermoso rostro. No quería manchar de subjetividad hegemónica lo que quería ser como hombre. En ese intento despojado de motricidad entre las máscaras, pensé en cómo unir movimientos, niñez, marina y voluntad.
El viejo fue el que adapto la mascara de vidrio al mía, con una conocimiento exacto de todo, como si las canas reflejara cada una un saber. Y preparados nos adentramos en el paraíso de los desalmados.
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