12-06-2025, 01:59 PM
Voluntad de hacer
La máscara, perfectamente ajustada, colgaba de mi rostro como una sentencia. Ahora sí, mi apariencia estaba completamente arruinada. El viejo se carcajeaba, más por el éxito de su disparatada idea que por mi desafortunado aspecto. Jean, por su parte, se negó rotundamente a ponerse el dispositivo de vidrio. Se le ocurrió algo formidable, y muy cierto, alguien debía mantenerse alejado de la plaga por si nosotros, el grupo de campo, quedábamos atrapados en su encantadora fragancia. A Manolo le pareció una idea brillante.
-Esto también es parte, y he dicho, esto también es parte. Necesitamos apoyo desde aquí, y tu decisión ha sido muy acertada. Aunque quisieras, esta máscara no te quedaría, y he dicho, no te quedaría. Esta máscara es para él
Dijo, señalando hacia atrás. ¿Acaso era otro ritual? El viejo se volvía cada vez más indescifrable. Se tomó unos segundos de pausa, como si esperara algo que sólo él pudiera oír.
Yo no escuché nada, pero Manolo lo sabía. En el horizonte del camino recorrido se dibujó la silueta de otro ser, un chico joven. Tomé a Grau y me puse en guardia enseguida. Ese humano no parecía padecer los efectos de la flor. ¿Acaso era un enemigo? Estaba justo a tiro. En momentos como ese, es importante ser el primero en atacar.
Una vez más, un gesto fraternal de Manolo envolvió mi diestra, que ya estaba lista para disparar con furia incondicional.
-No son mis escoltas, y he dicho, no son mis escoltas. El joven es otro facilitador, repleto de movimiento. Y he dicho, repleto de movimiento.
Manolo no improvisaba. Tenía todo medido con precisión quirúrgica. Sabía cómo actuar en cada momento, aunque comunicarse con él fuera un acertijo interminable. Esperamos a que el joven se acercara lo suficiente. Pude ver, entonces, el uniforme de la Marina. Solo en ese instante logré recuperar la serenidad. Volví a acomodar mis alas en la espalda en la medida que Manolo soltaba mi mano. Esta vez, sin embargo, la dejó unos segundos más. Más que un gesto de paz, fue un mimo, un abrigo silencioso.
El joven, ansioso y vibrante, se ofreció a ayudar sin siquiera presentarse. Aquello le causó una gracia tremenda a Manolo, que aplaudió y recitó.
-Esto es lo que nos faltaba, y he dicho, lo que nos faltaba. Actitud fresca, llena de movimiento, voluntad de hacer. Y he dicho, voluntad de hacer. Esto es un facilitador, y he dicho, esto es un facilitador.
Manolo le entregó la máscara de vidrio a nuestro nuevo compañero mientras se dirigía hacia las entrañas del pueblo. No sin antes comentarle lo sucedido y la urgencia de despertar a un pueblo dormido, donde el único movimiento era el de los niños, solos y a la deriva.
Además, le explicó, la plaga del bulbo había traído consigo otro mal, una invasión de hormigas. Cortadoras de hojas, prolíficas y despiadadas, aprovechaban la pasividad de los agricultores, cuya voluntad se había evaporado con la fragancia que flotaba en el aire. Las hormigas avanzaban sin tregua, devorando cultivos, minando lentamente la economía local.
Volví a escuchar la historia de Manolo con atención, esperando comprender algo nuevo, descubrir un detalle que antes se me hubiera escapado. Fue inútil. Solo comprendí una cosa con claridad absoluta, debíamos, a toda costa, despertar la voluntad de los habitantes de aquel lugar. Porque si no lo hacíamos, si no lográbamos evitarlo, nosotros también podíamos caer en el placebo de la pereza. Y no hay máscara que proteja contra eso.
La máscara, perfectamente ajustada, colgaba de mi rostro como una sentencia. Ahora sí, mi apariencia estaba completamente arruinada. El viejo se carcajeaba, más por el éxito de su disparatada idea que por mi desafortunado aspecto. Jean, por su parte, se negó rotundamente a ponerse el dispositivo de vidrio. Se le ocurrió algo formidable, y muy cierto, alguien debía mantenerse alejado de la plaga por si nosotros, el grupo de campo, quedábamos atrapados en su encantadora fragancia. A Manolo le pareció una idea brillante.
-Esto también es parte, y he dicho, esto también es parte. Necesitamos apoyo desde aquí, y tu decisión ha sido muy acertada. Aunque quisieras, esta máscara no te quedaría, y he dicho, no te quedaría. Esta máscara es para él
Dijo, señalando hacia atrás. ¿Acaso era otro ritual? El viejo se volvía cada vez más indescifrable. Se tomó unos segundos de pausa, como si esperara algo que sólo él pudiera oír.
Yo no escuché nada, pero Manolo lo sabía. En el horizonte del camino recorrido se dibujó la silueta de otro ser, un chico joven. Tomé a Grau y me puse en guardia enseguida. Ese humano no parecía padecer los efectos de la flor. ¿Acaso era un enemigo? Estaba justo a tiro. En momentos como ese, es importante ser el primero en atacar.
Una vez más, un gesto fraternal de Manolo envolvió mi diestra, que ya estaba lista para disparar con furia incondicional.
-No son mis escoltas, y he dicho, no son mis escoltas. El joven es otro facilitador, repleto de movimiento. Y he dicho, repleto de movimiento.
Manolo no improvisaba. Tenía todo medido con precisión quirúrgica. Sabía cómo actuar en cada momento, aunque comunicarse con él fuera un acertijo interminable. Esperamos a que el joven se acercara lo suficiente. Pude ver, entonces, el uniforme de la Marina. Solo en ese instante logré recuperar la serenidad. Volví a acomodar mis alas en la espalda en la medida que Manolo soltaba mi mano. Esta vez, sin embargo, la dejó unos segundos más. Más que un gesto de paz, fue un mimo, un abrigo silencioso.
El joven, ansioso y vibrante, se ofreció a ayudar sin siquiera presentarse. Aquello le causó una gracia tremenda a Manolo, que aplaudió y recitó.
-Esto es lo que nos faltaba, y he dicho, lo que nos faltaba. Actitud fresca, llena de movimiento, voluntad de hacer. Y he dicho, voluntad de hacer. Esto es un facilitador, y he dicho, esto es un facilitador.
Manolo le entregó la máscara de vidrio a nuestro nuevo compañero mientras se dirigía hacia las entrañas del pueblo. No sin antes comentarle lo sucedido y la urgencia de despertar a un pueblo dormido, donde el único movimiento era el de los niños, solos y a la deriva.
Además, le explicó, la plaga del bulbo había traído consigo otro mal, una invasión de hormigas. Cortadoras de hojas, prolíficas y despiadadas, aprovechaban la pasividad de los agricultores, cuya voluntad se había evaporado con la fragancia que flotaba en el aire. Las hormigas avanzaban sin tregua, devorando cultivos, minando lentamente la economía local.
Volví a escuchar la historia de Manolo con atención, esperando comprender algo nuevo, descubrir un detalle que antes se me hubiera escapado. Fue inútil. Solo comprendí una cosa con claridad absoluta, debíamos, a toda costa, despertar la voluntad de los habitantes de aquel lugar. Porque si no lo hacíamos, si no lográbamos evitarlo, nosotros también podíamos caer en el placebo de la pereza. Y no hay máscara que proteja contra eso.
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