13-06-2025, 03:54 PM
¡DESPIERTEN!
El pueblo era una mera estructura de casas y de esquinas sin nombres. Las casa cansadas se sostenían por hábito y no por costumbres, mantenimiento ni deseos. Transitamos un silencio denso, palpable; el sonido de nuestros pasos resonaba sin encontrar eco. Era como transitar la pesadilla de alguien que jamás pudo despertar.
Jean quedó en la entrada, era nuestra centinela. Fue por su decisión que decidió no avanzar más. El viento arremolinaba mi bufanda hacia su dirección, como si la extrañara; se me había hecho una compañera extraordinaria, una hermosa sin dudas. Supo que no debía moverse de la entrada, no por cobardía sino como deber; su rol era proteger el umbral y no cruzarlo. Quedarse quieto sin señales de pasividad.
Bertram caminaba a mi lado, recién llegado, cargando la ignorancia de lo que nos pasaba, de lo que debíamos lidiar. Sus palabras cargadas de optimismo, de alguien que cree que los planes siempre salen como se los piensa. No quería subestimar a Manolo, pero era tonto olvidarse de la picardía del destino.
Me detuve y observé la ciudad apagada, desierta. Algunos gritos joviales y llantos de los más pequeños empezaron a volvernos locos. El viejo caminaba adelante apresurado, como si fuera el camino que lo llevara a su hogar después de varios inviernos. Se detuvo frente a un montón de hierba espesa donde clavó su mirada, ignorando el lamento que nos sacudía los tímpanos. Sin decirnos nada, tomó de un solo movimiento la pala que cargaba, la examinó un momento como si fuera una reliquia; el metal estaba oxidado, pero el mango parecía eterno, una madera fuerte y robusta. Alzó la pala sobre el hombro y nos clavó la mirada de golpe, como listo para darnos un sermón.
-Desenterrar
Dijo con la particular voz que cargaba, muy pausada, respetando el tiempo.
-Y he dicho desenterrar, no cortar ni quemar, no podar ni exterminar. De raíz, así es como se arranca un tumor del alma, y he dicho de raíz.
Movió la pala hacia adelante y nos la mostró como un arma en pleno ritual.
-Pero la herramienta es una, y he dicho es una. Este viejo solo tiene dos manos y no puedo solo, y he dicho no puedo solo. Necesitamos del pueblo, no solo sus herramientas, su voluntad, su presencia, y he dicho su presencia. Dormidos no ayudan, se pudren antes que la flor, y he dicho se pudren antes que la flor. Primero debemos mover sus corazones y así se moverán sus piernas, y he dicho mover sus corazones.
Acertadas palabras y claras de comprender, lo que me llevó a asentir con la cabeza.
El viejo se apresuró a una casa y golpeó con sus nudillos una vez; no hubo respuesta. Dos veces, y nada. Golpeó intenso, desesperado, con el mango de la pala, como en trance, como esa persona que perdió el poco juicio que le quedaba.
-¡DESPIERTEN, MIERDA! VENGAN A RECORDAR QUÉ ES, PREGUNTAR QUÉ ES TENER FRÍO, HAMBRE, AYUDEN A NUESTROS NIÑOS.
Tras la furia, un silencio sepulcral; la ausencia de respuestas más helada que jamás pensé experimentar. El viejo se apoyó en la pala abatido, confuso, acabado, y lloró. Vi en cada gota la sutileza de ser responsable, de sentirse solo, inútil, roto. Me acerqué a una ventana sin contener a Manolo, me acerqué a gritos de un instinto que no sabía que podía devorarme así. Dentro, un hombre observaba lo que alguna vez fue una bebida caliente sobre la mesa de madera, algunas hormigas revoloteando buscando migajas que ya no existían. No dormía, pero tampoco se movía. ¿Se le puede llamar vivo a alguien así? Apenas respiraba, y eso fue una señal de alivio, era una estatua latente.
-¿Cómo se despierta a quien no quiere volver?
Le murmuré a la bufanda. El viejo pareció escucharme y, volviendo de sus penas, me contestó a toda prisa, con un alma rejuvenecida y cargada de esperanza.
-Con lo que nunca se marchitó, y he dicho con lo que nunca se marchitó. Los niños, y he dicho los niños, ellos aún sueñan con estrellas y monstruos, y la planta no puede contra eso. Su memoria es fresca, es un fuego inagotable, y he dicho fuego.
Toqué el líquido verde al costado de mi máscara que parecía hervir, estaba caliente, agradable; aún respiraba voluntad gracias al viejo o a su locura, a su fe, a las ganas inagotables de cambiarlo. Si solo lográramos despertar a uno, si solo uno volviera a sentir amor, y fue entonces que una idea me hizo erizar cada vello de mi cuerpo como una mueca divina. Necesitábamos divertir a los más pequeños; era evidente que la pena y el llanto no despertaban a los progenitores, debíamos levantarlos con amor. Con el amor de sus hijos felices. Solo así despertarían y ya no habría plaga, ya no habría hormigas, y se llenarían de voluntad.
-Necesitamos reunir a los niños y jugar.
Dije a toda prisa al grupo sin esperar que entendieran del todo lo que quería. Manolo sonrió de golpe, no sé si sabiendo mi idea o simplemente porque fue la primera vez en toda la misión que me moví, que entendí que era un facilitador.
El pueblo era una mera estructura de casas y de esquinas sin nombres. Las casa cansadas se sostenían por hábito y no por costumbres, mantenimiento ni deseos. Transitamos un silencio denso, palpable; el sonido de nuestros pasos resonaba sin encontrar eco. Era como transitar la pesadilla de alguien que jamás pudo despertar.
Jean quedó en la entrada, era nuestra centinela. Fue por su decisión que decidió no avanzar más. El viento arremolinaba mi bufanda hacia su dirección, como si la extrañara; se me había hecho una compañera extraordinaria, una hermosa sin dudas. Supo que no debía moverse de la entrada, no por cobardía sino como deber; su rol era proteger el umbral y no cruzarlo. Quedarse quieto sin señales de pasividad.
Bertram caminaba a mi lado, recién llegado, cargando la ignorancia de lo que nos pasaba, de lo que debíamos lidiar. Sus palabras cargadas de optimismo, de alguien que cree que los planes siempre salen como se los piensa. No quería subestimar a Manolo, pero era tonto olvidarse de la picardía del destino.
Me detuve y observé la ciudad apagada, desierta. Algunos gritos joviales y llantos de los más pequeños empezaron a volvernos locos. El viejo caminaba adelante apresurado, como si fuera el camino que lo llevara a su hogar después de varios inviernos. Se detuvo frente a un montón de hierba espesa donde clavó su mirada, ignorando el lamento que nos sacudía los tímpanos. Sin decirnos nada, tomó de un solo movimiento la pala que cargaba, la examinó un momento como si fuera una reliquia; el metal estaba oxidado, pero el mango parecía eterno, una madera fuerte y robusta. Alzó la pala sobre el hombro y nos clavó la mirada de golpe, como listo para darnos un sermón.
-Desenterrar
Dijo con la particular voz que cargaba, muy pausada, respetando el tiempo.
-Y he dicho desenterrar, no cortar ni quemar, no podar ni exterminar. De raíz, así es como se arranca un tumor del alma, y he dicho de raíz.
Movió la pala hacia adelante y nos la mostró como un arma en pleno ritual.
-Pero la herramienta es una, y he dicho es una. Este viejo solo tiene dos manos y no puedo solo, y he dicho no puedo solo. Necesitamos del pueblo, no solo sus herramientas, su voluntad, su presencia, y he dicho su presencia. Dormidos no ayudan, se pudren antes que la flor, y he dicho se pudren antes que la flor. Primero debemos mover sus corazones y así se moverán sus piernas, y he dicho mover sus corazones.
Acertadas palabras y claras de comprender, lo que me llevó a asentir con la cabeza.
El viejo se apresuró a una casa y golpeó con sus nudillos una vez; no hubo respuesta. Dos veces, y nada. Golpeó intenso, desesperado, con el mango de la pala, como en trance, como esa persona que perdió el poco juicio que le quedaba.
-¡DESPIERTEN, MIERDA! VENGAN A RECORDAR QUÉ ES, PREGUNTAR QUÉ ES TENER FRÍO, HAMBRE, AYUDEN A NUESTROS NIÑOS.
Tras la furia, un silencio sepulcral; la ausencia de respuestas más helada que jamás pensé experimentar. El viejo se apoyó en la pala abatido, confuso, acabado, y lloró. Vi en cada gota la sutileza de ser responsable, de sentirse solo, inútil, roto. Me acerqué a una ventana sin contener a Manolo, me acerqué a gritos de un instinto que no sabía que podía devorarme así. Dentro, un hombre observaba lo que alguna vez fue una bebida caliente sobre la mesa de madera, algunas hormigas revoloteando buscando migajas que ya no existían. No dormía, pero tampoco se movía. ¿Se le puede llamar vivo a alguien así? Apenas respiraba, y eso fue una señal de alivio, era una estatua latente.
-¿Cómo se despierta a quien no quiere volver?
Le murmuré a la bufanda. El viejo pareció escucharme y, volviendo de sus penas, me contestó a toda prisa, con un alma rejuvenecida y cargada de esperanza.
-Con lo que nunca se marchitó, y he dicho con lo que nunca se marchitó. Los niños, y he dicho los niños, ellos aún sueñan con estrellas y monstruos, y la planta no puede contra eso. Su memoria es fresca, es un fuego inagotable, y he dicho fuego.
Toqué el líquido verde al costado de mi máscara que parecía hervir, estaba caliente, agradable; aún respiraba voluntad gracias al viejo o a su locura, a su fe, a las ganas inagotables de cambiarlo. Si solo lográramos despertar a uno, si solo uno volviera a sentir amor, y fue entonces que una idea me hizo erizar cada vello de mi cuerpo como una mueca divina. Necesitábamos divertir a los más pequeños; era evidente que la pena y el llanto no despertaban a los progenitores, debíamos levantarlos con amor. Con el amor de sus hijos felices. Solo así despertarían y ya no habría plaga, ya no habría hormigas, y se llenarían de voluntad.
-Necesitamos reunir a los niños y jugar.
Dije a toda prisa al grupo sin esperar que entendieran del todo lo que quería. Manolo sonrió de golpe, no sé si sabiendo mi idea o simplemente porque fue la primera vez en toda la misión que me moví, que entendí que era un facilitador.
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