10-07-2025, 03:20 AM
Desde el otro extremo del salón, entre el caos organizado de taburetes tambaleantes y platos que viajaban de mano en mano, podía verse a Sigurd disfrutando de la noche como un pez en el agua. Su risa era sonora, abierta y sin reservas, y el brillo de sus ojos dejaba claro que estaba exactamente donde quería estar. Rodeado por una docena de rostros sonrientes que lo animaban, brindaban con él y le pasaban nuevas jarras de cerveza sin descanso, parecía haber tejido su propio centro de gravedad dentro de la taberna. Una joven de cabello rubio y labios gruesos, cuya belleza destacaba incluso entre los destellos anaranjados de las lámparas colgantes, estaba sentada con total naturalidad en su regazo. Sus dedos acariciaban despreocupadamente el borde del cuello de la camisa de Sigurd. El contraste entre esa imagen de celebración y el rostro del hombre rubio que le había interrumpido, que aún se mantenía estoico y reservado a pocos metros, era llamativo. Lo observaba desde el pasillo, a medio girar, apenas antes de desaparecer por la puerta. Ese silencio contenido, esa postura firme, le generó un leve escalofrío al rubio. No por una amenaza directa, sino porque en ese hombre había algo incontrolable, algo que no se podía leer fácilmente. Sin embargo, pese al miedo fugaz que le pinchó en la nuca, el desconocido no dudó. Estaba seguro de que Sigurdlo seguiría. Era de ese tipo de hombres que no podían evitarlo: los que olfateaban el cambio en el aire, los que no dejaban que las oportunidades se escaparan sin al menos mirar qué había detrás de la puerta. Aunque pareciera indiferente, aunque no hubiera pronunciado ni una sola palabra, el rubio sintió que su propuesta había sido escuchada. Y más importante aún, que había despertado una chispa, aunque no pudiera verla. Con eso bastaba.
Una vez que Sigurd entró en la sala con el desconocido, la puerta se cerró con un leve chirrido metálico a sus espaldas, aislando el bullicio alegre de la taberna como si perteneciera a otro mundo. El aire en la sala era más denso, cargado con una mezcla de tabaco dulce, madera vieja y un leve aroma a cera derretida. Las llamas de una chimenea empotrada en la pared izquierda proyectaban sombras largas y danzantes sobre los muebles, creando un ambiente cálido pero deliberadamente íntimo. El crepitar del fuego era el único sonido que se mantenía constante, como una respiración tranquila que contrastaba con la tensión silenciosa que empezaba a gestarse entre esos muros. La habitación, rectangular y de techo bajo, parecía diseñada para la conversación privada, no para la multitud. En el centro, un elegante sillón de cuero marrón, robusto y de respaldo alto, dominaba la escena como un trono moderno. Frente a él, dos sofás de terciopelo oscuro, uno morado y otro anaranjado, formaban un semicírculo acogedor pero estratégicamente dispuesto. Cada uno de ellos parecía haber sido colocado con una intención, una coreografía invisible destinada a encerrar al visitante en un diálogo inevitable. Una única puerta trasera, de madera reforzada con hierro y sin pomo visible, reposaba cerrada al fondo de la sala. No hacía falta ser observador para notar que no era una puerta común. La pared opuesta a la chimenea exhibía un blasón de gran tamaño, colgado con orgullo: fondo dividido en dos mitades, naranja encendido y morado profundo, y en el centro, un sol en llamas de diseño casi tribal, cuyos rayos serpenteaban como si quisieran escapar del marco que los contenía. El hombre de cabellos rubios se dejó caer en el sillón con la comodidad de quien sabe que está en su reino. Extrajo un cigarrillo corto, lo encendió con calma y, tras una profunda calada, miró a Sigurd. Su sonrisa era tranquila, pero afilada en los bordes, como la de un comerciante que sabe que ha atrapado la atención de un cliente muy especial. -Bienvenido a la guarida del Gremio Sol Púrpura.- Dijo, dejando que el humo se elevara lentamente, serpenteando hacia el techo como si llevara consigo secretos antiguos.
El tipo de cabellos rubios se incorporó ligeramente en su sillón, dejando que la llama del cigarrillo iluminara fugazmente los ángulos marcados de su rostro antes de exhalar con lentitud una nueva bocanada de humo. Lo observaba con una calma calculada, como un jugador que ya había repartido sus cartas y esperaba a que el otro decidiera si aceptaba la mano. Una chispa de admiración cruzó fugazmente su mirada cuando la figura imponente de Sigurd se mantuvo en pie, callado pero atento, como si midiera el valor de cada palabra antes de reaccionar. Le dedicó una sonrisa. Le gustaba tratar con hombres que sabían escuchar. -Mi nombre es Magnus.- Dijo, finalmente, con un tono que equilibraba la cortesía y la autoridad. -Y lo que voy a proponerte, Harold, no es una pelea… sino una oportunidad. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, con el cigarrillo colgando de la comisura de sus labios. La chimenea crepitó suavemente, lanzando destellos cálidos que acariciaban las paredes decoradas no solo con el blasón de aquel gremio, sino con mapas antiguos y armas colgadas como trofeos. - Soy el lider del Gremio Sol Púrpura.- Dijo, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia el símbolo de sol en llamas, suspendido sobre la pared como un ojo vigilante. -Somos cazarrecompensas, sí. Pero no como los demás. Nos movemos en otra liga. Más organización, menos caos… y más resultados.- Dejó que sus palabras calaran antes de proseguir. Esta vez, su voz bajó una octava, tornándose más íntima, casi confidencial. -Cada año, los distintos grupos y gremios de cazarrecompensas de esta ciudad compiten entre sí. Un torneo de peleas, tensión y estrategia. El grupo o gremio que gane, lidera al resto de pequeños gremios durante los siguientes doce meses. Decide rutas. Reparte contratos. Da órdenes.- Sus ojos se entrecerraron con un brillo persuasivo, y dejó el cigarrillo apagarse solo entre sus dedos. -Quiero que te unas a mi grupo, Sigurd. No se quien eres realmente, pero lo de la vaca, me dice que tienes algo. Fuerza, presencia, respeto. Con alguien como tú a mi lado, ganar este año es más que posible… es inevitable. Y si ganamos, tú no te irás con las manos vacías. Hay una recompensa cuantiosa esperándote. Una suma muy cuantiosa de dinero, por supuesto, y quizás, algo más que necesites.- Se recostó entonces, dejando la decisión flotar en el aire como el humo del tabaco, que se disolvía entre las sombras parpadeantes de la sala, esperando ver la reacción de Sigurd.
Una vez que Sigurd entró en la sala con el desconocido, la puerta se cerró con un leve chirrido metálico a sus espaldas, aislando el bullicio alegre de la taberna como si perteneciera a otro mundo. El aire en la sala era más denso, cargado con una mezcla de tabaco dulce, madera vieja y un leve aroma a cera derretida. Las llamas de una chimenea empotrada en la pared izquierda proyectaban sombras largas y danzantes sobre los muebles, creando un ambiente cálido pero deliberadamente íntimo. El crepitar del fuego era el único sonido que se mantenía constante, como una respiración tranquila que contrastaba con la tensión silenciosa que empezaba a gestarse entre esos muros. La habitación, rectangular y de techo bajo, parecía diseñada para la conversación privada, no para la multitud. En el centro, un elegante sillón de cuero marrón, robusto y de respaldo alto, dominaba la escena como un trono moderno. Frente a él, dos sofás de terciopelo oscuro, uno morado y otro anaranjado, formaban un semicírculo acogedor pero estratégicamente dispuesto. Cada uno de ellos parecía haber sido colocado con una intención, una coreografía invisible destinada a encerrar al visitante en un diálogo inevitable. Una única puerta trasera, de madera reforzada con hierro y sin pomo visible, reposaba cerrada al fondo de la sala. No hacía falta ser observador para notar que no era una puerta común. La pared opuesta a la chimenea exhibía un blasón de gran tamaño, colgado con orgullo: fondo dividido en dos mitades, naranja encendido y morado profundo, y en el centro, un sol en llamas de diseño casi tribal, cuyos rayos serpenteaban como si quisieran escapar del marco que los contenía. El hombre de cabellos rubios se dejó caer en el sillón con la comodidad de quien sabe que está en su reino. Extrajo un cigarrillo corto, lo encendió con calma y, tras una profunda calada, miró a Sigurd. Su sonrisa era tranquila, pero afilada en los bordes, como la de un comerciante que sabe que ha atrapado la atención de un cliente muy especial. -Bienvenido a la guarida del Gremio Sol Púrpura.- Dijo, dejando que el humo se elevara lentamente, serpenteando hacia el techo como si llevara consigo secretos antiguos.
Blasón del Gremio Sol Púrpura
El tipo de cabellos rubios se incorporó ligeramente en su sillón, dejando que la llama del cigarrillo iluminara fugazmente los ángulos marcados de su rostro antes de exhalar con lentitud una nueva bocanada de humo. Lo observaba con una calma calculada, como un jugador que ya había repartido sus cartas y esperaba a que el otro decidiera si aceptaba la mano. Una chispa de admiración cruzó fugazmente su mirada cuando la figura imponente de Sigurd se mantuvo en pie, callado pero atento, como si midiera el valor de cada palabra antes de reaccionar. Le dedicó una sonrisa. Le gustaba tratar con hombres que sabían escuchar. -Mi nombre es Magnus.- Dijo, finalmente, con un tono que equilibraba la cortesía y la autoridad. -Y lo que voy a proponerte, Harold, no es una pelea… sino una oportunidad. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, con el cigarrillo colgando de la comisura de sus labios. La chimenea crepitó suavemente, lanzando destellos cálidos que acariciaban las paredes decoradas no solo con el blasón de aquel gremio, sino con mapas antiguos y armas colgadas como trofeos. - Soy el lider del Gremio Sol Púrpura.- Dijo, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia el símbolo de sol en llamas, suspendido sobre la pared como un ojo vigilante. -Somos cazarrecompensas, sí. Pero no como los demás. Nos movemos en otra liga. Más organización, menos caos… y más resultados.- Dejó que sus palabras calaran antes de proseguir. Esta vez, su voz bajó una octava, tornándose más íntima, casi confidencial. -Cada año, los distintos grupos y gremios de cazarrecompensas de esta ciudad compiten entre sí. Un torneo de peleas, tensión y estrategia. El grupo o gremio que gane, lidera al resto de pequeños gremios durante los siguientes doce meses. Decide rutas. Reparte contratos. Da órdenes.- Sus ojos se entrecerraron con un brillo persuasivo, y dejó el cigarrillo apagarse solo entre sus dedos. -Quiero que te unas a mi grupo, Sigurd. No se quien eres realmente, pero lo de la vaca, me dice que tienes algo. Fuerza, presencia, respeto. Con alguien como tú a mi lado, ganar este año es más que posible… es inevitable. Y si ganamos, tú no te irás con las manos vacías. Hay una recompensa cuantiosa esperándote. Una suma muy cuantiosa de dinero, por supuesto, y quizás, algo más que necesites.- Se recostó entonces, dejando la decisión flotar en el aire como el humo del tabaco, que se disolvía entre las sombras parpadeantes de la sala, esperando ver la reacción de Sigurd.
Magnus
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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