11-07-2025, 04:46 AM
Magnus se dio cuenta de inmediato que aquel hombretón no era alguien que se sintiera cómodo en la espera. Desde el primer momento en que pusieron un pie en la sala, Sigurd se movía con una energía contenida que no lograba disimular. Sus pasos resonaban con fuerza contra el suelo de madera como si cada uno fuera un aviso, una advertencia de la tensión que acumulaba. El aire a su alrededor vibraba de impaciencia. No hablaba, no gesticulaba, pero la forma en que sus ojos se clavaban en el entorno, midiendo espacios, examinando sombras, era tan elocuente como cualquier palabra. Magnus, que no era precisamente un hombre fácil de intimidar, sintió una punzada de duda. Y es que tal vez, solo tal vez, había subestimado las dimensiones del visitante. Y fue cuando se sentó que el error se volvió imposible de ignorar. La butaca crujió, protestó... y luego, en un estallido seco, se hizo añicos bajo el titánico peso del gigante. Las patas cedieron como ramas podridas, y el respaldo se quebró por la mitad, dejando a Sigurd sentado en el suelo con el torso erguido y la misma expresión inmutable de antes, como si no le importara en lo absoluto lo que acababa de suceder. El cuero rasgado y la madera astillada volaron en direcciones opuestas, un caos silencioso que se expandió por la estancia con una mezcla de vergüenza y nerviosismo. Magnus parpadeó. No era fácil cogerlo fuera de juego, pero lo estaba. El hombre de cabellos rubios se llevó la mano a la frente, pasándola por su flequillo hacia atrás, y soltó una risa breve, seca, una que buscaba disimular la incomodidad. -Maldición… Tenía que haberlo pensado mejor.- Se giró rápidamente pensando en alguna alternativa para ofrecerle donde sentarse, pero la verdad es que no había nada que ofrecerle. -Lo siento. Este sitio no está acostumbrado a recibir... invitados tan extraordinarios.- Pero en su mente, Magnus tomaba nota. No solo del error, sino de la impresión que el coloso sin camisa acababa de dejar. Aquello no era solo fuerza bruta. Era una presencia que exigía respeto con solo existir.
La propuesta había sido planteada con claridad: un torneo entre gremios de cazarrecompensas, una competición feroz donde solo uno se alzaría con el derecho de liderar al resto durante un año entero. No se trataba solo de prestigio o de influencia en los bajos fondos de aquel lugar, aunque ambas eran poderosas monedas, sino también de una recompensa en metálico lo suficientemente generosa como para tentar incluso a los más solitarios. Magnus había puesto en palabras firmes y rápidas lo que muchos llamarían una oportunidad irrepetible. Y sin embargo, tras unos segundos de silencio tenso, la respuesta que obtuvo fue muy distinta a lo que esperaba. Sigurd le corrigió. Al parecer había cometido el error de llamarle de otra manera. No fue una interrupción descortés, pero sí imponente. Cada sílaba pareció pesar toneladas, y el eco en la sala, aún resonante por la madera astillada bajo él, magnificó su autoridad natural. No lo dijo con ira ni soberbia, sino como quien enuncia un hecho sagrado, una verdad que no debe ni puede ser malinterpretada. Era su forma de establecer el terreno, de dejar claro que, aunque hubiese entrado como un invitado, no era alguien a quien se le tratara a la ligera. Magnus, que no era ajeno a los juegos de poder, captó al instante el matiz. El rubio se inclinó levemente hacia adelante desde su asiento y agachó la cabeza en señal de respeto. No una reverencia completa, pero sí un gesto medido y diplomático. -Mis disculpas, Sigurd Haakon. No volverá a suceder.- El aire en la sala pareció asentarse un poco. Magnus sabía cuándo hablar menos, y ahora era uno de esos momentos. La presencia de Sigurd llenaba cada rincón del lugar, no solo por su tamaño descomunal, sino por la contundencia con la que imponía sus términos, incluso en un intercambio tan simple como el de un nombre.
La voz de Sigurd se alzó de nuevo con ese tono directo, sin adornos, que parecía más propio de un viejo dios del norte que de un hombre común. Preguntó por las condiciones de la competición con un deje de impaciencia en la voz, como si las formalidades le resultaran innecesarias, casi insultantes. No era alguien que buscara el espectáculo de las palabras, sino la utilidad de los hechos. Pero lo que realmente provocó una reacción fue la forma en que se dirigió a su interlocutor. Le llamó Marcus, haciendo que Magnus alzara una ceja, y la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa lenta, traviesa, cargada de una inteligencia socarrona. Había captado el mensaje oculto entre líneas, o más bien entre nombres. No fue un desliz, no uno accidental al menos. Era la devolución perfecta, la jugada de ajedrez que encajaba como una pieza en su lugar. Una respuesta tan simple y elegante como efectiva. El gigante le había devuelto la moneda, de una manera tan natural que Magnus no pudo evitar disfrutarlo. -Me parece bien, Sigurd. No dejes a nadie con vida. No es mi gremio.- Y entonces estalló en una carcajada seca y extraña, áspera como papel quemado, pero llena de júbilo macabro. -¡JORORORORORORORORO!- Resonó en la sala como un tambor ritual, rebotando en las paredes cubiertas de polvo y cuero, mezclándose con el olor a tabaco y el crujido de la madera rota bajo el peso del coloso. Magnus no tenía reparos en mostrar ese lado menos pulido. Le gustaba jugar con la irreverencia, con la violencia como espectáculo. Pero tampoco era un idiota. Sabía que Sigurd no era un simple ejecutor sin alma, aunque su mirada no lo revelara fácilmente. Había fuerza, sí, pero también voluntad. Y la voluntad, cuando no era domada, era peligrosa.
El aire en la sala se volvió denso, casi palpable, cuando Sigurd finalmente reveló sus condiciones con una voz grave que no dejaba lugar a malentendidos. No hubo discursos ampulosos ni rodeos innecesarios, el coloso habló como quien dicta una ley. Su petición fue tan simple como imponente, la mitad del premio y un barco con navegante que le garantizara llegar sin contratiempos a la siguiente isla. No exigía lujos ni escoltas, sólo eficacia. No hablaba como un mercenario común ni como un oportunista; hablaba como alguien acostumbrado a tomar lo que deseaba y cruzar el mundo con pasos tan amplios como su sombra. Magnus lo escuchó con atención, sin interrumpirlo, saboreando cada palabra como si fuera parte de un vino añejo servido en una copa rota. Cuando el gigante terminó, él sonrió abiertamente, como si acabara de cerrar un trato que ya le convenía desde antes de comenzarlo. Asintió con la cabeza, sin dejar de mirar al gigante a los ojos, como si se tratara de una bestia sagrada a la que se debía mirar con respeto pero jamás con miedo. -Por supuesto que acepto.- Respondió con una calma medida, casi seductora en su tono. -Me parece un precio más que razonable. Pero…- Esa palabra quedó flotando en el aire, rompiendo momentáneamente la corriente de entendimiento mutuo. Magnus hizo una pausa breve, suficiente para que el eco de la tensión se afianzara en los muros. -…me gustaría hacerte una prueba...- Continuó, entrelazando los dedos mientras se inclinaba un poco hacia adelante. -Te vas a enfrentar a un grupo de mis mejores hombres. No quiero que los mates… solo que los derrotes. Con contundencia, sí, pero con mesura. Si lo consigues, no sólo tendrás lo acordado: te daré todo el premio metálico.- Sus palabras fueron directas, pero no estaban vacías. Había en ellas una mezcla de astucia y admiración. No dudaba de la fuerza de Sigurd, pero tampoco era tan ingenuo como para sellar el destino del torneo sin comprobar de primera mano con qué criatura iba a jugar. Entonces tendió la mano, con la palma firme, abierta y segura. Su sonrisa no se desvanecía; al contrario, se ensanchaba con un matiz desafiante, casi teatral.
La propuesta había sido planteada con claridad: un torneo entre gremios de cazarrecompensas, una competición feroz donde solo uno se alzaría con el derecho de liderar al resto durante un año entero. No se trataba solo de prestigio o de influencia en los bajos fondos de aquel lugar, aunque ambas eran poderosas monedas, sino también de una recompensa en metálico lo suficientemente generosa como para tentar incluso a los más solitarios. Magnus había puesto en palabras firmes y rápidas lo que muchos llamarían una oportunidad irrepetible. Y sin embargo, tras unos segundos de silencio tenso, la respuesta que obtuvo fue muy distinta a lo que esperaba. Sigurd le corrigió. Al parecer había cometido el error de llamarle de otra manera. No fue una interrupción descortés, pero sí imponente. Cada sílaba pareció pesar toneladas, y el eco en la sala, aún resonante por la madera astillada bajo él, magnificó su autoridad natural. No lo dijo con ira ni soberbia, sino como quien enuncia un hecho sagrado, una verdad que no debe ni puede ser malinterpretada. Era su forma de establecer el terreno, de dejar claro que, aunque hubiese entrado como un invitado, no era alguien a quien se le tratara a la ligera. Magnus, que no era ajeno a los juegos de poder, captó al instante el matiz. El rubio se inclinó levemente hacia adelante desde su asiento y agachó la cabeza en señal de respeto. No una reverencia completa, pero sí un gesto medido y diplomático. -Mis disculpas, Sigurd Haakon. No volverá a suceder.- El aire en la sala pareció asentarse un poco. Magnus sabía cuándo hablar menos, y ahora era uno de esos momentos. La presencia de Sigurd llenaba cada rincón del lugar, no solo por su tamaño descomunal, sino por la contundencia con la que imponía sus términos, incluso en un intercambio tan simple como el de un nombre.
La voz de Sigurd se alzó de nuevo con ese tono directo, sin adornos, que parecía más propio de un viejo dios del norte que de un hombre común. Preguntó por las condiciones de la competición con un deje de impaciencia en la voz, como si las formalidades le resultaran innecesarias, casi insultantes. No era alguien que buscara el espectáculo de las palabras, sino la utilidad de los hechos. Pero lo que realmente provocó una reacción fue la forma en que se dirigió a su interlocutor. Le llamó Marcus, haciendo que Magnus alzara una ceja, y la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa lenta, traviesa, cargada de una inteligencia socarrona. Había captado el mensaje oculto entre líneas, o más bien entre nombres. No fue un desliz, no uno accidental al menos. Era la devolución perfecta, la jugada de ajedrez que encajaba como una pieza en su lugar. Una respuesta tan simple y elegante como efectiva. El gigante le había devuelto la moneda, de una manera tan natural que Magnus no pudo evitar disfrutarlo. -Me parece bien, Sigurd. No dejes a nadie con vida. No es mi gremio.- Y entonces estalló en una carcajada seca y extraña, áspera como papel quemado, pero llena de júbilo macabro. -¡JORORORORORORORORO!- Resonó en la sala como un tambor ritual, rebotando en las paredes cubiertas de polvo y cuero, mezclándose con el olor a tabaco y el crujido de la madera rota bajo el peso del coloso. Magnus no tenía reparos en mostrar ese lado menos pulido. Le gustaba jugar con la irreverencia, con la violencia como espectáculo. Pero tampoco era un idiota. Sabía que Sigurd no era un simple ejecutor sin alma, aunque su mirada no lo revelara fácilmente. Había fuerza, sí, pero también voluntad. Y la voluntad, cuando no era domada, era peligrosa.
El aire en la sala se volvió denso, casi palpable, cuando Sigurd finalmente reveló sus condiciones con una voz grave que no dejaba lugar a malentendidos. No hubo discursos ampulosos ni rodeos innecesarios, el coloso habló como quien dicta una ley. Su petición fue tan simple como imponente, la mitad del premio y un barco con navegante que le garantizara llegar sin contratiempos a la siguiente isla. No exigía lujos ni escoltas, sólo eficacia. No hablaba como un mercenario común ni como un oportunista; hablaba como alguien acostumbrado a tomar lo que deseaba y cruzar el mundo con pasos tan amplios como su sombra. Magnus lo escuchó con atención, sin interrumpirlo, saboreando cada palabra como si fuera parte de un vino añejo servido en una copa rota. Cuando el gigante terminó, él sonrió abiertamente, como si acabara de cerrar un trato que ya le convenía desde antes de comenzarlo. Asintió con la cabeza, sin dejar de mirar al gigante a los ojos, como si se tratara de una bestia sagrada a la que se debía mirar con respeto pero jamás con miedo. -Por supuesto que acepto.- Respondió con una calma medida, casi seductora en su tono. -Me parece un precio más que razonable. Pero…- Esa palabra quedó flotando en el aire, rompiendo momentáneamente la corriente de entendimiento mutuo. Magnus hizo una pausa breve, suficiente para que el eco de la tensión se afianzara en los muros. -…me gustaría hacerte una prueba...- Continuó, entrelazando los dedos mientras se inclinaba un poco hacia adelante. -Te vas a enfrentar a un grupo de mis mejores hombres. No quiero que los mates… solo que los derrotes. Con contundencia, sí, pero con mesura. Si lo consigues, no sólo tendrás lo acordado: te daré todo el premio metálico.- Sus palabras fueron directas, pero no estaban vacías. Había en ellas una mezcla de astucia y admiración. No dudaba de la fuerza de Sigurd, pero tampoco era tan ingenuo como para sellar el destino del torneo sin comprobar de primera mano con qué criatura iba a jugar. Entonces tendió la mano, con la palma firme, abierta y segura. Su sonrisa no se desvanecía; al contrario, se ensanchaba con un matiz desafiante, casi teatral.
Magnus
INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -

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