17-07-2025, 05:38 AM
(Última modificación: 17-07-2025, 08:16 AM por Kenzo D. Fujiwara.)
La escena que se desplegaba ante Magnus era un festín de violencia, caos y fuerza descomunal. El callejón, que momentos antes parecía un simple traspatio tras un bar cualquiera, se había convertido en un campo de batalla donde el estruendo de los metales y los gritos de combate se fundían en una sinfonía brutal. Y en el centro de todo, como el ojo de una tormenta que no podía ser contenida, estaba él: Sigurd. Una mole descomunal, desnudo de torso, con cada músculo de su cuerpo tensado como si su carne hubiese sido forjada en la misma fragua que su espíritu. Bajo su sombrero de ala ancha, de estilo mexicano, la sombra ocultaba parcialmente su rostro, pero no su furia. Movía sus gigantescos brazos, derribando enemigos a izquierda y derecha con una mezcla de potencia bruta y una intuición asesina que pocos guerreros podrían igualar. Magnus, desde su posición sentada sobre el barril, observaba todo con una mezcla compleja de emociones. Sus ojos seguían cada movimiento de su nuevo fichaje con un brillo febril: era preocupación por sus hombres, sí, pero también una chispa de euforia difícil de ocultar. Cada vez que uno de sus soldados caía al suelo tras un golpe demoledor, sentía la punzada del líder que ve a sus piezas caer. Pero también era el estratega quien sonreía por dentro, consciente de que había encontrado algo más que un simple matón. Aquello era una fuerza de la naturaleza, un monstruo con forma de hombre, un titán vestido de harapos y con la mirada salvaje del que no entiende las reglas del mundo civilizado… y que no necesita entenderlas para dominarlo. Cuando el último de sus hombres cayó al suelo con un gemido, o simplemente decidió no volver a levantarse, el silencio se hizo dueño del lugar. El único sonido fue el del cigarrillo de Magnus al caer al suelo, seguido por el aplauso sincero, vibrante y sin reservas de quien ha visto algo digno de leyenda. -Muy bien, Sigurd. El trato está hecho.- Declaró con voz firme y satisfecha, mientras caminaba hacia el gigante. Le entregó un pequeño papel doblado. -Dormirás durante estos cuatro días aquí. Es una de las bases de nuestro gremio. Quiero que te quedes ahí hasta que empiece el torneo. No salgas de allí, no quiero que sepan que eres mi arma secreta. Tendrás comida, bebida… y mujeres. No te preocupes por eso.- Sin decir más, giró sobre sus talones y se alejó. A su segundo al mando, que había presenciado todo con la boca abierta, le bastó una mirada para saber qué hacer. -Atiende a todos los heridos.-
Dia 20 de Primavera, año 16.
La mañana había amanecido cargada, no solo de nubes pesadas y grises que tapaban el cielo como una manta húmeda, sino también de una electricidad invisible que se sentía en el aire, en la piel, en el pecho de todos los que estaban reunidos en aquella base del gremio. Había nerviosismo, sí, pero sobre todo emoción contenida, el tipo de expectación que precede a los grandes acontecimientos, cuando se sabe que algo memorable está por suceder. Durante los últimos cuatro días, aquella casa, una fortaleza camuflada en los márgenes del distrito sur, se había convertido en el santuario del gigante. Un lugar de reposo, comida abundante, bebidas que fluyeron sin límite y compañía femenina generosa que lo trató como a un dios antiguo recién despertado de su letargo. Pero incluso los titanes deben levantarse. Sigurd, ese coloso de carne y músculo, no parecía afectado por el tiempo o la espera. Se encontraba sentado en el centro del patio, con la espalda apoyada contra una enorme roca que nadie más podía mover. Su torso desnudo brillaba ligeramente por la humedad del ambiente, cada fibra muscular marcando el mapa de un cuerpo cincelado por la guerra. Su sombrero de ala ancha le cubría los ojos, y por un instante, cualquiera pensaría que dormía. Pero no era así. Estaba despierto, despierto como solo pueden estarlo los depredadores que han olido la sangre a la distancia. No hablaba mucho, no había preguntado nada en estos días, pero su mirada a veces se perdía en el horizonte, como si pudiera ver el campo de batalla antes de que existiera. Fue entonces que Magnus apareció, abriendo la puerta principal con una energía explosiva, como si el cielo mismo le hubiese lanzado al mundo en ese momento. Vestido con su abrigo habitual y una sonrisa amplia, se plantó ante Sigurd como un general antes de la marcha. -¡Sigurd!- Exclamó, su voz rebotando en los muros del patio. -Espero que hayas descansado estos días. Ahora te toca darlo absolutamente todo. ¿Estás preparado?- El gigante alzó el rostro, dejando ver una mueca que podía interpretarse como una sonrisa... o una amenaza. -¡Sígueme!- Ordenó Magnus, girándose de inmediato mientras los miembros del gremio aplaudían y vitoreaban. El torneo estaba por comenzar, y su arma secreta… estaba lista para desatarse.
Magnus avanzaba con paso firme, los brazos cruzados tras la espalda y la cabeza en alto, como si estuviera conduciendo una procesión hacia el altar de los dioses. A cada paso, el bullicio del pueblo crecía. Calles estrechas repletas de curiosos se abrían a su paso como una marea humana, empujada por la tensión y la fascinación. Sigurd lo seguía sin prisa, pero con una presencia que no podía ignorarse. Cada pisada suya dejaba una huella profunda en la tierra húmeda, un temblor apenas perceptible que hacía girar cabezas, estremecer a los débiles de espíritu y despertar murmullos entre los espectadores. Su torso desnudo captaba la luz grisácea del día con un brillo aceitoso y severo; la lluvia, todavía contenida, parecía dudar si caer, como si ni siquiera el cielo quisiera interrumpir lo que estaba por ocurrir. El sombrero mexicano le ocultaba los ojos, pero el aura del gigante hablaba por él: imponente, indómito, absolutamente letal. El camino desembocó en la plaza central del pueblo, donde el barro lo cubría todo. Allí se alzaba el campo de batalla improvisado: un cuadrado de apenas diez metros por lado, sin adornos ni protecciones, delimitado por sogas bajas y flanqueado por un mar de espectadores. Los de pie rodeaban el campo como un anillo humano, empujándose por un mejor ángulo. Más atrás, sobre gradas rudimentarias de madera, los ricos, comerciantes y autoridades locales se acomodaban, algunos con vino, otros con apuestas ya escritas en sus palmas. El murmullo general se convirtió en un rugido contenido cuando vieron entrar al gigante sin camisa, y no fueron pocos los que tragaron saliva. En la esquina opuesta del cuadrado embarrado, otro titán humano aguardaba. Conrad, así lo llamaban: calvo, de piel curtida como cuero viejo y una mandíbula que parecía tallada en roca. No tenía camisa tampoco, como si fuera una especie de ritual compartido entre bestias. A su espalda, una espada de proporciones absurdas reposaba con un peso que habría roto los hombros de cualquier otro. Sus ojos eran los de un animal acorralado: feroces, pero fríos. El público lo ovacionó, aunque con menos pasión que a Sigurd. Entre ambos, el árbitro, un anciano menudo vestido con traje de chaqueta pulcro, parecía una figura sacada de otro mundo. Con voz firme, pese a su aspecto frágil, se colocó en el centro del cuadrado y levantó una mano. La primera pelea del torneo estaba por comenzar. Y el barro… sería testigo de una batalla entre titanes.
El anciano árbitro se mantuvo erguido en medio del campo embarrado, como si la edad no pudiera tocar su porte digno. Su chaqueta impoluta desentonaba con la suciedad del entorno, y sin embargo, no había ni una mancha en ella. Con movimientos pausados y ceremoniales, levantó una mano hacia el cielo nublado, captando la atención del gentío expectante. Las gradas enmudecieron. El silencio, aunque breve, fue denso, cargado de electricidad. Entonces, el viejo metió la mano en el interior de su chaqueta y extrajo un pequeño gong de bronce, redondo, con inscripciones apenas visibles a la distancia. Con la otra mano, sacó una diminuta maza forrada en cuero. Sus ojos, hundidos en arrugas y años, se movieron de Sigurd a Conrad. Y en ese instante, alzó la voz con una energía inesperada. -¡Señoras y señores!- Gritó con fuerza, la voz firme como si hablara desde lo alto de una montaña. -¡En esta esquina, representando al gremio Sol Púrpura, el coloso sin nombre, el hombre que hizo temblar los cimientos de esta ciudad... el titán de siete metros… ¡SIGURD!- Los vítores fueron ensordecedores, el suelo vibró con los saltos del público, y desde las gradas se alzaron manos, pancartas improvisadas y botellas levantadas al cielo. Pero la reacción se duplicó cuando el árbitro giró su cuerpo hacia la otra esquina. -¡Y en la otra esquina, campeón de tres torneos locales, jefe de escuadra del gremio Garra Serena… el último que derrotó a un toro gigante en combate cuerpo a cuerpo… el implacable… CONRAD!- El estallido de la multitud fue casi violento. No había duda: aquel combate sería legendario. Sin perder el ritmo, el anciano dio un paso atrás, alzó su gong y lo golpeó con solemnidad. Un clong agudo y metálico surcó el aire como el zumbido de una campana fúnebre. El combate había comenzado. Conrad fue el primero en moverse. Con una mano firme, desenvainó su espadón. El arma relució con un destello siniestro bajo la luz opaca del día. Su hoja, tan larga como un hombre promedio, estaba mellada por múltiples combates. El guerrero la alzó con un solo brazo y la apuntó directamente hacia Sigurd, su rostro endurecido por una determinación inquebrantable. No dijo palabra. Solo sus ojos hablaban: “Ven por mí”.
Dia 20 de Primavera, año 16.
La mañana había amanecido cargada, no solo de nubes pesadas y grises que tapaban el cielo como una manta húmeda, sino también de una electricidad invisible que se sentía en el aire, en la piel, en el pecho de todos los que estaban reunidos en aquella base del gremio. Había nerviosismo, sí, pero sobre todo emoción contenida, el tipo de expectación que precede a los grandes acontecimientos, cuando se sabe que algo memorable está por suceder. Durante los últimos cuatro días, aquella casa, una fortaleza camuflada en los márgenes del distrito sur, se había convertido en el santuario del gigante. Un lugar de reposo, comida abundante, bebidas que fluyeron sin límite y compañía femenina generosa que lo trató como a un dios antiguo recién despertado de su letargo. Pero incluso los titanes deben levantarse. Sigurd, ese coloso de carne y músculo, no parecía afectado por el tiempo o la espera. Se encontraba sentado en el centro del patio, con la espalda apoyada contra una enorme roca que nadie más podía mover. Su torso desnudo brillaba ligeramente por la humedad del ambiente, cada fibra muscular marcando el mapa de un cuerpo cincelado por la guerra. Su sombrero de ala ancha le cubría los ojos, y por un instante, cualquiera pensaría que dormía. Pero no era así. Estaba despierto, despierto como solo pueden estarlo los depredadores que han olido la sangre a la distancia. No hablaba mucho, no había preguntado nada en estos días, pero su mirada a veces se perdía en el horizonte, como si pudiera ver el campo de batalla antes de que existiera. Fue entonces que Magnus apareció, abriendo la puerta principal con una energía explosiva, como si el cielo mismo le hubiese lanzado al mundo en ese momento. Vestido con su abrigo habitual y una sonrisa amplia, se plantó ante Sigurd como un general antes de la marcha. -¡Sigurd!- Exclamó, su voz rebotando en los muros del patio. -Espero que hayas descansado estos días. Ahora te toca darlo absolutamente todo. ¿Estás preparado?- El gigante alzó el rostro, dejando ver una mueca que podía interpretarse como una sonrisa... o una amenaza. -¡Sígueme!- Ordenó Magnus, girándose de inmediato mientras los miembros del gremio aplaudían y vitoreaban. El torneo estaba por comenzar, y su arma secreta… estaba lista para desatarse.
Magnus avanzaba con paso firme, los brazos cruzados tras la espalda y la cabeza en alto, como si estuviera conduciendo una procesión hacia el altar de los dioses. A cada paso, el bullicio del pueblo crecía. Calles estrechas repletas de curiosos se abrían a su paso como una marea humana, empujada por la tensión y la fascinación. Sigurd lo seguía sin prisa, pero con una presencia que no podía ignorarse. Cada pisada suya dejaba una huella profunda en la tierra húmeda, un temblor apenas perceptible que hacía girar cabezas, estremecer a los débiles de espíritu y despertar murmullos entre los espectadores. Su torso desnudo captaba la luz grisácea del día con un brillo aceitoso y severo; la lluvia, todavía contenida, parecía dudar si caer, como si ni siquiera el cielo quisiera interrumpir lo que estaba por ocurrir. El sombrero mexicano le ocultaba los ojos, pero el aura del gigante hablaba por él: imponente, indómito, absolutamente letal. El camino desembocó en la plaza central del pueblo, donde el barro lo cubría todo. Allí se alzaba el campo de batalla improvisado: un cuadrado de apenas diez metros por lado, sin adornos ni protecciones, delimitado por sogas bajas y flanqueado por un mar de espectadores. Los de pie rodeaban el campo como un anillo humano, empujándose por un mejor ángulo. Más atrás, sobre gradas rudimentarias de madera, los ricos, comerciantes y autoridades locales se acomodaban, algunos con vino, otros con apuestas ya escritas en sus palmas. El murmullo general se convirtió en un rugido contenido cuando vieron entrar al gigante sin camisa, y no fueron pocos los que tragaron saliva. En la esquina opuesta del cuadrado embarrado, otro titán humano aguardaba. Conrad, así lo llamaban: calvo, de piel curtida como cuero viejo y una mandíbula que parecía tallada en roca. No tenía camisa tampoco, como si fuera una especie de ritual compartido entre bestias. A su espalda, una espada de proporciones absurdas reposaba con un peso que habría roto los hombros de cualquier otro. Sus ojos eran los de un animal acorralado: feroces, pero fríos. El público lo ovacionó, aunque con menos pasión que a Sigurd. Entre ambos, el árbitro, un anciano menudo vestido con traje de chaqueta pulcro, parecía una figura sacada de otro mundo. Con voz firme, pese a su aspecto frágil, se colocó en el centro del cuadrado y levantó una mano. La primera pelea del torneo estaba por comenzar. Y el barro… sería testigo de una batalla entre titanes.
Gremio Garra Serena
Guerrero Conrad
El anciano árbitro se mantuvo erguido en medio del campo embarrado, como si la edad no pudiera tocar su porte digno. Su chaqueta impoluta desentonaba con la suciedad del entorno, y sin embargo, no había ni una mancha en ella. Con movimientos pausados y ceremoniales, levantó una mano hacia el cielo nublado, captando la atención del gentío expectante. Las gradas enmudecieron. El silencio, aunque breve, fue denso, cargado de electricidad. Entonces, el viejo metió la mano en el interior de su chaqueta y extrajo un pequeño gong de bronce, redondo, con inscripciones apenas visibles a la distancia. Con la otra mano, sacó una diminuta maza forrada en cuero. Sus ojos, hundidos en arrugas y años, se movieron de Sigurd a Conrad. Y en ese instante, alzó la voz con una energía inesperada. -¡Señoras y señores!- Gritó con fuerza, la voz firme como si hablara desde lo alto de una montaña. -¡En esta esquina, representando al gremio Sol Púrpura, el coloso sin nombre, el hombre que hizo temblar los cimientos de esta ciudad... el titán de siete metros… ¡SIGURD!- Los vítores fueron ensordecedores, el suelo vibró con los saltos del público, y desde las gradas se alzaron manos, pancartas improvisadas y botellas levantadas al cielo. Pero la reacción se duplicó cuando el árbitro giró su cuerpo hacia la otra esquina. -¡Y en la otra esquina, campeón de tres torneos locales, jefe de escuadra del gremio Garra Serena… el último que derrotó a un toro gigante en combate cuerpo a cuerpo… el implacable… CONRAD!- El estallido de la multitud fue casi violento. No había duda: aquel combate sería legendario. Sin perder el ritmo, el anciano dio un paso atrás, alzó su gong y lo golpeó con solemnidad. Un clong agudo y metálico surcó el aire como el zumbido de una campana fúnebre. El combate había comenzado. Conrad fue el primero en moverse. Con una mano firme, desenvainó su espadón. El arma relució con un destello siniestro bajo la luz opaca del día. Su hoja, tan larga como un hombre promedio, estaba mellada por múltiples combates. El guerrero la alzó con un solo brazo y la apuntó directamente hacia Sigurd, su rostro endurecido por una determinación inquebrantable. No dijo palabra. Solo sus ojos hablaban: “Ven por mí”.
Sr. Dedrick, arbitro del torneo
INFO
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Alas Negras
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