El torneo de gremios [AVENTURA T3] [PRESENTE ABS.]
#11
La figura de Conrad permanecía inmóvil como una estatua de guerra tallada en carne y hueso, clavando su mirada en el coloso que tenía delante. Sus pupilas grises, casi metálicas, no reflejaban temor alguno, sino algo mucho más puro y más feroz, deseo de combate. Su mandíbula, marcada por años de golpes mal encajados, se tensó en una mueca apenas perceptible. No sonreía, pero había satisfacción en su expresión. Para Conrad, pelear no era un trabajo ni un medio para un fin; era su idioma, su credo, su vida. Y frente a él, tenía a un adversario digno, uno cuya mera presencia obligaba al suelo a crujir, uno que acaparaba cada mirada, cada suspiro de asombro. Un reto de siete metros de altura, sin camiseta, con un sombrero de ala ancha que desentonaba con la amenaza que suponía su cuerpo titánico. Pero Conrad no se intimidó ni por un instante. Él había nacido para este tipo de desafíos. Años atrás, cuando todavía era un joven rebelde en las calles de una ciudad costera sin nombre, ya se había ganado la fama de ser un dolor de cabeza para todo aquel que intentara ponerle un límite. Había crecido entre trifulcas, sobreviviendo a fuerza de puños y reflejos. Su madre lo abandonó a una edad que apenas recordaba y su padre, un alcohólico sin gloria, solo le dejó cicatrices. Pero entre las sombras de su infancia y los callejones llenos de barro y sangre seca, Conrad descubrió un talento brutal: pelear era lo único que se le daba bien. No tardó en sumergirse en los circuitos clandestinos de peleas callejeras, donde hombres se destrozaban por unas cuantas monedas y algo de respeto. Allí forjó su cuerpo y su nombre, ganándose la atención de reclutadores que buscaban más que fuerza, buscaban instinto. Eventualmente, un gremio de cazarrecompensas vio en él un diamante toscamente afilado y lo moldeó con años de batallas contra piratas salvajes y criminales escurridizos. Aprendió a moverse como una bestia, a leer intenciones en una mirada y a acabar un combate antes de que el rival entendiera qué había pasado. Ahora, como miembro principal del gremio Garra Serena, Conrad vivía su mejor versión. No era un héroe, ni pretendía serlo. Solo un guerrero feliz en la única arena donde encontraba paz: la batalla.

El sonido del gong aún flotaba en el aire cuando Sigurd, el gigante sin camisa, dio el primer paso hacia su oponente. Sus pies, del tamaño de pequeños barriles, se hundieron en el barro con un chof húmedo, proyectando gotas oscuras a los costados del campo, para acto seguido, saltar en dirección hacia su rival. Su movimiento, aunque lento en apariencia, tenía algo primitivo y majestuoso, como si una montaña se hubiera decidido a caminar. A cada paso, los gritos del público se intensificaban, algunos coreando su nombre, otros simplemente rugiendo por la tensión que se cocía en ese campo resbaladizo. Su sombrero, amplio y polvoriento, le daba una silueta aún más inusual, casi ridícula si no fuera por la amenaza tangible que exudaba su cuerpo colosal. Y, en sus manos, el arma: una hacha inmensa, curva y pesada, forjada para cortar mucho más que madera. Conrad no esperó. Fiel a su instinto depredador, se lanzó hacia el coloso. Sus pasos eran firmes, ágiles, sorprendentemente veloces para un hombre de su tamaño. El barro le llegaba hasta los tobillos, pero no le impedía avanzar. Su espadón, seguía apuntando al coloso. Iba decidido, sin dudas, sin temor, buscando el momento exacto en el que Sigurd bajara la guardia, aunque solo fuera por un parpadeo. Su estrategia era clara: entrar por el flanco, usar la inercia de su carga para esquivar cualquier ataque frontal y clavar la hoja justo entre las costillas del gigante, donde ni músculo ni hueso pudieran detenerle. Era una danza que conocía bien, una coreografía de violencia en la que había sido virtuoso durante años. Pero entonces, todo se quebró en un solo instante. Sigurd, sin cambiar la expresión de su rostro, movió el brazo con una rapidez que desafiaba toda lógica. Lo que parecía una estatua de carne se convirtió en un relámpago. El hacha cortó el aire con un silbido agudo, húmedo, final. Conrad apenas pudo fruncir el ceño. No hubo tiempo para el miedo, ni para el arrepentimiento. Solo un destello metálico y un crujido seco. La hoja impactó contra su cuello con una fuerza tan descomunal que la cabeza se desprendió limpiamente de los hombros, girando una, dos veces en el aire, antes de caer al barro con un chap sordo. El cuerpo de Conrad, aún tenso por la carga, dio dos pasos más antes de desplomarse de rodillas y luego de bruces, inerte, rendido a la gravedad y a la brutal exactitud del golpe. Un silencio sepulcral se apoderó del público por un solo segundo. Solo uno. Luego, un rugido estalló. Algunos gritaron de emoción, otros de horror. El árbitro, aún con el gong entre las manos, miraba paralizado. Y Sigurd... simplemente se quedó allí, el hacha aún chorreando sangre, como si nada hubiese pasado. Como si cortar cabezas fuese tan rutinario como respirar.

Por un instante que pareció eterno, el tiempo se detuvo. No hubo aplausos, ni silbidos, ni gritos. Ni una sola respiración pareció llenar el aire tras aquel acto atroz y fulminante. La sangre aún goteaba desde el filo del hacha de Sigurd, trazando una línea que se mezclaba con el barro, mientras la cabeza de Conrad yacía a un par de metros de su cuerpo, los ojos abiertos en una expresión congelada entre la sorpresa y la furia. El coloso de siete metros, con el torso desnudo bañado por la luz del sol y la sangre de su oponente, se quedó inmóvil unos segundos. Su sombrero de ala ancha proyectaba una sombra sobre su rostro, ocultando cualquier emoción que pudiera brotar de sus facciones. Para muchos, parecía una criatura ajena al mundo humano. Un espectro con carne. Un ejecutor de carne y hueso. El árbitro, con los ojos abiertos como platos, tragó saliva y alzó su mano temblorosa, aún sujetando el pequeño gong que marcaba el inicio y fin de los combates. No dijo nada al principio. Solo alzó el brazo hacia Sigurd como quien bendice a un dios primitivo, y en voz baja, quebrada por la tensión, declaró al coloso como el vencedor. Las palabras se disolvieron entre los murmullos que empezaban a despertar entre la multitud, como si el público apenas recordara que tenía voz propia. Solo entonces, como si el silencio hubiera sido un hechizo que acababa de romperse, se oyó el primer grito. No vino del pueblo ni de los civiles apostados tras las barreras, sino de un grupo apartado: el gremio de Magnus. Un puñado de ellos, con vendas improvisadas en brazos, piernas y torsos, se pusieron en pie. Algunos apoyados en muletas, otros aún tambaleándose por heridas que claramente no habían sanado. Miraban a Sigurd con una mezcla de respeto, miedo y orgullo. No celebraban la muerte de Conrad, sino la victoria implacable del arma viviente que habían traído consigo. Porque muchos de ellos portaban cicatrices recientes. Golpes, cortes y huesos rotos que contaban una historia invisible para el resto: la de haber probado la furia de Sigurd en días anteriores. Eran marcas de entrenamiento… o de castigo. Cada uno de ellos había sentido el poder del gigante y sobrevivido, aunque apenas. Alrededor del campo, se podían ver a estos guerreros de Magnus desperdigados, sentados o de pie, con el cuerpo maltrecho y la mirada firme. Ellos sabían lo que el público recién empezaba a entender, que Sigurd no era simplemente un luchador. Era un fenómeno de fuerza bruta y precisión animal. Un monstruo controlado, apenas, por un sombrero polvoriento y una vaga dirección. Y mientras los vítores comenzaban a multiplicarse tímidamente entre la multitud, mezclándose con aplausos lentos y silbidos nerviosos, el gigante seguía ahí, impasible, gritando su nombre, con la cabeza decapitada a unos metros de él como si fuera una carta de presentación, como si todo aquello, la muerte, no fuera más que parte de una rutina.

Pero entonces, como una presa que rompe su dique tras años de contención, la calma que apenas empezaba a reconstruirse estalló en mil fragmentos. Desde el otro lado del campo, en las gradas elevadas, las filas de hombres y mujeres que conformaban el temido gremio Garra Serena se levantaron al unísono. Al principio, solo fue un murmullo de pasos apurados y sillas caídas, pero pronto se convirtió en una tormenta de voces, gritos y armas desenvainadas. Eran muchos, como unos cincuenta, quizás sesenta en total, y cada uno llevaba en el rostro una misma emoción: furia. Furia verdadera. No de esas nacidas por orgullo herido o por la derrota de un camarada en combate limpio. Era una rabia salvaje, hirviente, que brotaba del dolor crudo que les había dejado la muerte repentina y brutal de Conrad. Su líder, su escudo, su hermano de armas. Un hombre que había peleado junto a ellos en cien batallas, que los había defendido, enseñado y guiado, ahora yacía decapitado, reducido a nada por un solo tajo. No hubo orden ni estrategia. Ni uno solo de ellos gritó una consigna, ni un nombre, ni una táctica. Solo cargaron, como una manada de bestias herida, arrastrando el polvo y el sudor en su paso. Algunos portaban espadas, otros hachas de guerra, lanzas, cadenas, mazas de púas. Uno incluso llevaba una antorcha, como si su intención no fuera solo matar, sino quemar hasta los huesos. No les importaba el árbitro, ni las normas del torneo, ni la seguridad del público. Solo existía Sigurd. Solo existía ese monstruo sin camiseta, inmenso como una torre, que había segado la vida de su compañero como quien arranca una flor. Y ahora, querían hacerlo pagar. No con un castigo justo, no con un duelo honorable. Querían hacerlo trizas. Querían venganza. La multitud empezó a retroceder, presa del pánico, mientras los gritos se multiplicaban. Algunos se arrojaban al suelo buscando refugio, otros salían huyendo del coliseo como si un cataclismo se avecinara. La seguridad del lugar, superada en número y en confusión, apenas podía contener la estampida de guerreros enfurecidos que ya descendían al campo. Desde los bordes, varios luchadores del gremio Magnus intentaron intervenir, gritar, impedir la masacre… pero la ola de odio era imparable. Garra Serena no era un grupo de aprendices o bandidos. Eran asesinos organizados, curtidos en la guerra y en las cacerías más oscuras del bajo mundo. Y ahora, estaban a punto de chocar contra una sola figura: Sigurd. Una montaña de músculo, acero y silencio, que seguía ahí de pie, con su hacha goteando sangre y el sombrero echado hacia adelante, sin moverse ni un solo centímetro. Como si todo lo que venía… ya lo hubiera previsto.

INFO
[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -


Mensajes en este tema
RE: El torneo de gremios [AVENTURA T3] [PRESENTE ABS.] - por Kenzo D. Fujiwara - 20-07-2025, 11:39 AM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)