04-08-2025, 03:54 PM
El sendero crujía bajo sus pies mientras avanzaba entre las sombras alargadas del bosque. Las últimas luces del día se colaban entre las ramas altas, tiñendo todo de ámbar cálido, aunque para Krysser aquel lugar le recordaba en ciertos modo a la naturaleza que era su hogar, los detalles que hacían la diferencia eran notorios ante un ojo experto que prestara atención. La fauna se mostraba tímida, pero la flora dejaba ver qué aquel lugar estaba lejos de ser idéntico a su lugar de origen. Pero aquello no le entristecía, al contrario. Conocer el mundo y ver sus maravillas era uno de sus sueños desde niño, desde que aquellas historias de aventuras calaron en su mente y en su corazón.
Respiró hondo, hinchando su peso en el proceso. El aire olía a tierra húmeda y hojas secas, un aroma que le gustaba. Estaba tranquilo. O al menos, lo estuvo durante un rato.
No tardó en notar el cambio. Tras cruzar el umbral del sendero en mitad del bosque, el silencio natural fue sustituido por el eco de voces lejanas. No parecía ser una conversación, sino una especie de altercado. Su paso se aceleró instintivamente, y en unos segundos más, la curva del camino le mostró la escena.
La imagen era típica, en este mundo tantos abusaban de su poder que era difícil no haberla contemplado alguna vez en la vida. Tres jóvenes abusones amedrentaban a un pobre chico, que a duras penas podía ponerse en pie.
Sus ojos se fijaron primero en el chico de rodillas, con el rostro agachado, intentando recoger arroz entre temblores. Luego, en la figura que más lo increpaba, que le daba la espalda como las demás. Era más alta, fuerte, con un kimono naranja. Vio como derramó la comida que cargaban, y como pateaba la cesta del joven entre insultos.
Krysser no se movió al instante, no saltó ferozmente. Solo observó en silencio, moviéndose despacio, hasta que ya no pudo más.
Antes de darse cuenta, dio un paso adelante, luego otro. Su caminar era pausado, pero cargado de firmeza. No intentaba esconderse, ni gritar, ni provocar. Solo se acercaba silencioso, mientras la escena transcurría, como un gran felino acechando entre ramas.
En el momento en que vio al más grande de ellos alzando aquella rama, la escena le revolvió algo en el estómago. No por el chico en el suelo, pues había visto cosas mucho peores, sino por la expresión del que levantaba el brazo. No era fuerza, la fuerza no se veía así. Aquello era simplemente abuso. Y eso, por desgracia, lo conocía demasiado bien. Y no lo toleraba demasiado bien tampoco.
Sus garras se deslizaron levemente fuera de sus dedos por reflejo, apenas visibles.
Sus ojos se fijaron en el agresor, pero no le increpó , no pronunció palabra. Solo se colocó en su espalda y lo miró desde detrás, a apenas un metro, dejando que su sombra comenzara a proyectarse sobre el suelo, envolviendo al muchacho por completo. Aquel sujeto era grande, especialmente para ser un joven. Debía medir cerca del metro ochenta, suficiente para intimidar a los más pequeños, pero palidecían frente a los casi tres metros del Mink.
Apretó los puños suavemente. Aún podía seguir de largo. Podía. Pero no lo hizo.
Sin emitir sonido alguno, extendió una de sus manos para intentar sujetar la muñeca del chico antes de que la rama descendiera. Sus movimientos eran rápidos, pero medidos. No era un ataque, sino una advertencia.
Si lo lograba, esperaba que fuera suficiente para frenar la situación. Si no, al menos habría hecho el intento.
-Golpear a alguien que no quiere pelear y que ya está en el suelo... -Murmuró, apenas audible, con la voz grave y baja, sin intención de alzarla más de lo suficiente. -¿Eso os enseñan en el dojo? Así nunca te harás más fuerte.
Respiró hondo, hinchando su peso en el proceso. El aire olía a tierra húmeda y hojas secas, un aroma que le gustaba. Estaba tranquilo. O al menos, lo estuvo durante un rato.
No tardó en notar el cambio. Tras cruzar el umbral del sendero en mitad del bosque, el silencio natural fue sustituido por el eco de voces lejanas. No parecía ser una conversación, sino una especie de altercado. Su paso se aceleró instintivamente, y en unos segundos más, la curva del camino le mostró la escena.
La imagen era típica, en este mundo tantos abusaban de su poder que era difícil no haberla contemplado alguna vez en la vida. Tres jóvenes abusones amedrentaban a un pobre chico, que a duras penas podía ponerse en pie.
Sus ojos se fijaron primero en el chico de rodillas, con el rostro agachado, intentando recoger arroz entre temblores. Luego, en la figura que más lo increpaba, que le daba la espalda como las demás. Era más alta, fuerte, con un kimono naranja. Vio como derramó la comida que cargaban, y como pateaba la cesta del joven entre insultos.
Krysser no se movió al instante, no saltó ferozmente. Solo observó en silencio, moviéndose despacio, hasta que ya no pudo más.
Antes de darse cuenta, dio un paso adelante, luego otro. Su caminar era pausado, pero cargado de firmeza. No intentaba esconderse, ni gritar, ni provocar. Solo se acercaba silencioso, mientras la escena transcurría, como un gran felino acechando entre ramas.
En el momento en que vio al más grande de ellos alzando aquella rama, la escena le revolvió algo en el estómago. No por el chico en el suelo, pues había visto cosas mucho peores, sino por la expresión del que levantaba el brazo. No era fuerza, la fuerza no se veía así. Aquello era simplemente abuso. Y eso, por desgracia, lo conocía demasiado bien. Y no lo toleraba demasiado bien tampoco.
Sus garras se deslizaron levemente fuera de sus dedos por reflejo, apenas visibles.
Sus ojos se fijaron en el agresor, pero no le increpó , no pronunció palabra. Solo se colocó en su espalda y lo miró desde detrás, a apenas un metro, dejando que su sombra comenzara a proyectarse sobre el suelo, envolviendo al muchacho por completo. Aquel sujeto era grande, especialmente para ser un joven. Debía medir cerca del metro ochenta, suficiente para intimidar a los más pequeños, pero palidecían frente a los casi tres metros del Mink.
Apretó los puños suavemente. Aún podía seguir de largo. Podía. Pero no lo hizo.
Sin emitir sonido alguno, extendió una de sus manos para intentar sujetar la muñeca del chico antes de que la rama descendiera. Sus movimientos eran rápidos, pero medidos. No era un ataque, sino una advertencia.
Si lo lograba, esperaba que fuera suficiente para frenar la situación. Si no, al menos habría hecho el intento.
-Golpear a alguien que no quiere pelear y que ya está en el suelo... -Murmuró, apenas audible, con la voz grave y baja, sin intención de alzarla más de lo suficiente. -¿Eso os enseñan en el dojo? Así nunca te harás más fuerte.
Off

