05-08-2025, 10:19 AM
Kito pensaba que su movimiento era potente, eficaz, medido. No con el objetivo que a él le habría gustado; un codazo en el mentón noquearía a cualquiera. Su codo avanzaba hacia el costado, una zona que podía causar un gran dolor en su oponente. El brazo cortaba el aire como un halcón que desciende sobre su presa, certero, decidido.
Pero no impactó. No de la manera que él deseaba.
Krysser tuvo los reflejos suficientes para ver sus intenciones. Kito había sido rápido, sí, pero Krysser lo fue más. Su brazo ascendió como un destello anaranjado, casi pareciendo un parpadeo, y bloqueó el ataque de Kito. No sin daños, su brazo sufriría la potencia del impacto, pero manteniendo a salvo sus órganos de cualquier golpe que pudiese malherirlos. Fue un movimiento simple, pero igualmente efectivo. Un sonido seco rebotó entre las copas de los árboles, destruyendo por completo el silencio que hasta hacía unos instantes llenaba el bosque. El mink quedó impasible ante el choque de sus brazos.
Kito gritó, llamando bestia al mink. Una parte de él así lo veía. Se encontraba frente a un se encontraba ante un ser con aspecto de tigre y casi 3 metros de estatura. La imagen ante él le producía pavor en cierto modo. Él solo era un aprendiz, uno que era más aventajado con la lengua que con los puños, pese a que se dedicaba a amedrentar a los otros estudiantes haciendo uso de su diferencia de tamaño. La otra parte de él espetó aquel agravio con el fin de desestabilizar la mente de su oponente, que hasta ahora se había mostrado formidable.
Pero no consiguió provocar a Krysser. En su cara no se vio reflejado ningún gesto, ninguna reacción. Tan solo entornó ligeramente los ojos, como si estuviese leyendo a través de Kito. No con la intención del que estudia a su rival. Era algo más salvaje. Más animal. Como el cazador que analiza el momento de comenzar la persecución de su presa. O más bien, saltar sobre ella para finalizar el encuentro.
El cuerpo de Kito seguía girando, pese a que su codo se había detenido en seco, como el agua que choca contra la roca. Su cabeza continuaba desplazándose, su vista, viendo cada vez más del musculoso pecho del mink, hasta que pudo ver un último instante del puño del guerrero. Demasiado tarde, demasiado letal. El brazo subía directo a su cara, como un dardo en busca de la diana. Sin movimientos de más, con precisión. Sin energía malgastada por la rabia. Un golpe que parecía más hecho por instinto o acto reflejo, como la voltereta de un circense que ha repetido una y mil veces. Tenía algo de grácil, algo de violento.
Y entonces, impactó. Golpeó de lleno su rostro. No pudo evitarlo. Apenas pudo prepararse para el golpe. Más que un golpe, una sentencia. La que imponía la ley del más fuerte. Aquella de la que intentaba valerse para mantener una posición de superioridad frente a sus compañeros. La misma que ahora estaba repartiendo lecciones y daños por partes iguales. Daños evidentes, en su rostro, y otros más profundos, en su orgullo.
El golpe fue tan fuerte que quedó desorientado. Los árboles del bosque parecían bailar a su alrededor, a la vez que se habían duplicado. El suelo cimbreaba bajo sus pies, convirtiendo su verticalidad en una quimera difícil de alcanzar. Escuchó unos ecos, lejanos y reverberantes. Eran sus otros dos compañeros que huían despavoridos entre gritos tras el ataque de su nuevo enemigo, que se erguía imponente frente a él.
—Po... po... por favor, señor. No me haga daño. —suplicó Toriko, el chico que permanecía arrodillado. Su gesto era de terror, parecía haber adquirido, en una fracción de segundo, los ojeras de alguien que lleva varias noches sin dormir.
El sonido de los gritos de los otros estudiantes han llamado la atención de algo en el bosque. El aire arrastra el sutil sonido de sus pisadas que se acercan acechantes entre las sombras.
Pero no impactó. No de la manera que él deseaba.
Krysser tuvo los reflejos suficientes para ver sus intenciones. Kito había sido rápido, sí, pero Krysser lo fue más. Su brazo ascendió como un destello anaranjado, casi pareciendo un parpadeo, y bloqueó el ataque de Kito. No sin daños, su brazo sufriría la potencia del impacto, pero manteniendo a salvo sus órganos de cualquier golpe que pudiese malherirlos. Fue un movimiento simple, pero igualmente efectivo. Un sonido seco rebotó entre las copas de los árboles, destruyendo por completo el silencio que hasta hacía unos instantes llenaba el bosque. El mink quedó impasible ante el choque de sus brazos.
Kito gritó, llamando bestia al mink. Una parte de él así lo veía. Se encontraba frente a un se encontraba ante un ser con aspecto de tigre y casi 3 metros de estatura. La imagen ante él le producía pavor en cierto modo. Él solo era un aprendiz, uno que era más aventajado con la lengua que con los puños, pese a que se dedicaba a amedrentar a los otros estudiantes haciendo uso de su diferencia de tamaño. La otra parte de él espetó aquel agravio con el fin de desestabilizar la mente de su oponente, que hasta ahora se había mostrado formidable.
Pero no consiguió provocar a Krysser. En su cara no se vio reflejado ningún gesto, ninguna reacción. Tan solo entornó ligeramente los ojos, como si estuviese leyendo a través de Kito. No con la intención del que estudia a su rival. Era algo más salvaje. Más animal. Como el cazador que analiza el momento de comenzar la persecución de su presa. O más bien, saltar sobre ella para finalizar el encuentro.
El cuerpo de Kito seguía girando, pese a que su codo se había detenido en seco, como el agua que choca contra la roca. Su cabeza continuaba desplazándose, su vista, viendo cada vez más del musculoso pecho del mink, hasta que pudo ver un último instante del puño del guerrero. Demasiado tarde, demasiado letal. El brazo subía directo a su cara, como un dardo en busca de la diana. Sin movimientos de más, con precisión. Sin energía malgastada por la rabia. Un golpe que parecía más hecho por instinto o acto reflejo, como la voltereta de un circense que ha repetido una y mil veces. Tenía algo de grácil, algo de violento.
Y entonces, impactó. Golpeó de lleno su rostro. No pudo evitarlo. Apenas pudo prepararse para el golpe. Más que un golpe, una sentencia. La que imponía la ley del más fuerte. Aquella de la que intentaba valerse para mantener una posición de superioridad frente a sus compañeros. La misma que ahora estaba repartiendo lecciones y daños por partes iguales. Daños evidentes, en su rostro, y otros más profundos, en su orgullo.
El golpe fue tan fuerte que quedó desorientado. Los árboles del bosque parecían bailar a su alrededor, a la vez que se habían duplicado. El suelo cimbreaba bajo sus pies, convirtiendo su verticalidad en una quimera difícil de alcanzar. Escuchó unos ecos, lejanos y reverberantes. Eran sus otros dos compañeros que huían despavoridos entre gritos tras el ataque de su nuevo enemigo, que se erguía imponente frente a él.
—Po... po... por favor, señor. No me haga daño. —suplicó Toriko, el chico que permanecía arrodillado. Su gesto era de terror, parecía haber adquirido, en una fracción de segundo, los ojeras de alguien que lleva varias noches sin dormir.
El sonido de los gritos de los otros estudiantes han llamado la atención de algo en el bosque. El aire arrastra el sutil sonido de sus pisadas que se acercan acechantes entre las sombras.
Info
