05-08-2025, 12:38 PM
El golpe impactó, como sonido seco y limpio del contacto entre dos verdades incompatibles: una construida sobre la prepotencia y otra forjada a fuego lento en la herida de los años. Entonces, el silencio volvió.
Krysser no se movió de su sitio, sus hombros se mantuvieron firmes, y el brazo aún ligeramente extendido por la inercia del derechazo. No hubo necesidad de un segundo golpe. Ni lo había buscado, ni lo deseaba. Solo observó al matón herido, tanto en su rostro como en su orgullo.
Lo vio tambalearse, como una hoja arrancada por el viento. Y por un instante, no vio a un abusón, ni siquiera a un aprendiz de guerrero. Solo vio a un chico que acababa de aprender lo que significaba ser débil, y cómo se sentía estar a merced de alguien más fuerte. Una lección dura, grabada con sangre, que no olvidaría fácilmente.
Una extraña sensación flotaba en el aire. No era olor a sangre, sino a miedo. Era ese olor que precede a una súplica vacía, a un reclamo que los fuertes tienden a ignorar. Era algo demasiado familiar, aunque tantas otras veces hubiera sido el mink quien ocupaba el otro lugar.
Entonces lo escuchó.
-Po... po... por favor, señor. No me haga daño.
Krysser giró lentamente la cabeza hacia el chico arrodillado. Su voz había sido débil, temblorosa. Pero no fue eso lo que lo inquietó, sino su mirada. Una mezcla de terror y desconfianza. Como si no supiera si la fiera que se había interpuesto para salvarle iba a girarse ahora para devorarlo también. Eso dolía más que cualquier golpe o herida.
Krysser relajó los hombros. Cerró el puño que había golpeado, bajándolo lentamente.
-Tranquilo. -Su voz fue grave, pero no agresiva. Más bien, como un susurro entre árboles viejos. -No estoy aquí para hacerte daño.
Dio un paso al lado, apartándose del agresor, sin mirarlo más. No por desprecio, sino porque ya había dejado de importarle. Ese chico ya había aprendido su lección. O quizás no, pero lo importante era que ahora tenía la oportunidad de hacerlo.
Sus ojos dorados bajaron hacia el joven del suelo.
-¿Sabes...? -Dijo, dejando escapar un breve respiro. -La fuerza es un arma. En este mundo cruel, es tan injusta como neceasria. Sin embargo, quien la usa contra alguien más débil solo por placer, nunca será realmente digno de usarla.
Dejó la frase en el aire, sin esperar aplausos, sin dramatismo. Al instante siguiente, su nariz se arrugó ligeramente.
Había algo en el aire, un cambio sutil. No eran pasos, y tampoco voces, o al menos, él no había sido capaz de captar ningún sonido. Pero sí había un rastro, un olor impregnado en el aire. Un rastro leve, casi borrado por el sudor y el polvo del momento. Pero él lo sintió. Como un aullido lejano, ahogado en el perfume salvaje de la selva, algo más acechaba entre los árboles. Algo que se acercaba.
Krysser ladeó la cabeza, clavando su mirada en la espesura del bosque. La dirección del viento era favorable, y arrastraba aquel olor apenas perceptible, pero bastó para estar alerta. No lo reconocía, pero sabía lo que significaba. No estaban solos.
No dio ninguna voz de alarma, solo bajó la mirada una vez más al chico arrodillado.
-Termina de recoger tu arroz, y ayuda a ese chico. Quedaos junto al camino. -Murmuró en voz baja, señalando al malechor aún medio desconcertado. No era una orden, era una advertencia amistosa. Cualquiera podría notar que Krysser se había tensado, pendiente a la vez de ambos aprendices y del camino del cual venía el olor.
Entonces dio un par de pasos hacia la dirección del olor. Silencioso, alerta, con la mirada fija entre las sombras. La escena con Kito había terminado, pero aquella isla aún no había dicho su última palabra.
Krysser no se movió de su sitio, sus hombros se mantuvieron firmes, y el brazo aún ligeramente extendido por la inercia del derechazo. No hubo necesidad de un segundo golpe. Ni lo había buscado, ni lo deseaba. Solo observó al matón herido, tanto en su rostro como en su orgullo.
Lo vio tambalearse, como una hoja arrancada por el viento. Y por un instante, no vio a un abusón, ni siquiera a un aprendiz de guerrero. Solo vio a un chico que acababa de aprender lo que significaba ser débil, y cómo se sentía estar a merced de alguien más fuerte. Una lección dura, grabada con sangre, que no olvidaría fácilmente.
Una extraña sensación flotaba en el aire. No era olor a sangre, sino a miedo. Era ese olor que precede a una súplica vacía, a un reclamo que los fuertes tienden a ignorar. Era algo demasiado familiar, aunque tantas otras veces hubiera sido el mink quien ocupaba el otro lugar.
Entonces lo escuchó.
-Po... po... por favor, señor. No me haga daño.
Krysser giró lentamente la cabeza hacia el chico arrodillado. Su voz había sido débil, temblorosa. Pero no fue eso lo que lo inquietó, sino su mirada. Una mezcla de terror y desconfianza. Como si no supiera si la fiera que se había interpuesto para salvarle iba a girarse ahora para devorarlo también. Eso dolía más que cualquier golpe o herida.
Krysser relajó los hombros. Cerró el puño que había golpeado, bajándolo lentamente.
-Tranquilo. -Su voz fue grave, pero no agresiva. Más bien, como un susurro entre árboles viejos. -No estoy aquí para hacerte daño.
Dio un paso al lado, apartándose del agresor, sin mirarlo más. No por desprecio, sino porque ya había dejado de importarle. Ese chico ya había aprendido su lección. O quizás no, pero lo importante era que ahora tenía la oportunidad de hacerlo.
Sus ojos dorados bajaron hacia el joven del suelo.
-¿Sabes...? -Dijo, dejando escapar un breve respiro. -La fuerza es un arma. En este mundo cruel, es tan injusta como neceasria. Sin embargo, quien la usa contra alguien más débil solo por placer, nunca será realmente digno de usarla.
Dejó la frase en el aire, sin esperar aplausos, sin dramatismo. Al instante siguiente, su nariz se arrugó ligeramente.
Había algo en el aire, un cambio sutil. No eran pasos, y tampoco voces, o al menos, él no había sido capaz de captar ningún sonido. Pero sí había un rastro, un olor impregnado en el aire. Un rastro leve, casi borrado por el sudor y el polvo del momento. Pero él lo sintió. Como un aullido lejano, ahogado en el perfume salvaje de la selva, algo más acechaba entre los árboles. Algo que se acercaba.
Krysser ladeó la cabeza, clavando su mirada en la espesura del bosque. La dirección del viento era favorable, y arrastraba aquel olor apenas perceptible, pero bastó para estar alerta. No lo reconocía, pero sabía lo que significaba. No estaban solos.
No dio ninguna voz de alarma, solo bajó la mirada una vez más al chico arrodillado.
-Termina de recoger tu arroz, y ayuda a ese chico. Quedaos junto al camino. -Murmuró en voz baja, señalando al malechor aún medio desconcertado. No era una orden, era una advertencia amistosa. Cualquiera podría notar que Krysser se había tensado, pendiente a la vez de ambos aprendices y del camino del cual venía el olor.
Entonces dio un par de pasos hacia la dirección del olor. Silencioso, alerta, con la mirada fija entre las sombras. La escena con Kito había terminado, pero aquella isla aún no había dicho su última palabra.
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