05-08-2025, 02:07 PM
Toriko permanecía arrodillado. Había esperado el golpe de Krysser. Un golpe que ya había recibido en incontables ocasiones. Pero esta vez no llegó. Levantó la mirada y vio a un enorme mink tigre sujetando su brazo. Sintió alivio, pero también temor. No conocía las intenciones de aquel guerrero que casi le doblaba la estatura.
Todo pasó muy rápido a sus ojos. Kito se zafó del agarre y se giró para golpear al enemigo. Firme, como el que sabe que está haciendo, aunque él había sido testigo de las veces que su maestro había señalado los innumerables errores que cometía en sus ataques. Y el enemigo así lo percibió. De una manera simple detuvo su golpe con el brazo y después golpeó con el otro la cara de Kito.
Lo dejó aturdido. Su cara dejaba claro que no sabía bien donde estaba, pero que sin duda estaba atemorizado. Los otros alumnos huyeron entre gritos tan rápido como se lo permitían sus temblorosas piernas.
Y allí estaba Toriko. Arrodillado ante un guerrero mucho más poderoso que él, sin duda. Y mucho más letal. Sintió verdadero terror. ¿Sería este su fin? ¿Cuáles eran las intenciones de aquel extraño? No supo bien si fue por instinto o por costumbre, pero levantó su brazo para cubrirse de un posible golpe. Se tensó esperando lo peor.
—Po... po... por favor, señor. No me haga daño.
Hubo un silencio que no se alargó más de un par de segundos, pero a Toriko le parecieron horas. El tiempo, cuando se haya uno bajo la incertidumbre, tiende a dilatarse a la vez que lo hace la ansiedad. Tras ese silencio, levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los del mink. Su mirada no expresaba odio, ni rabia. Solo calma. Y un ligero halo de dolor. Entonces, pudo ver como el guerrero relajaba sus músculos y bajaba su puño.
—Tranquilo. No estoy aquí para hacerte daño.
La voz grave del mink retumbo en el pecho de Toriko. Su primer instinto fue el de tensar sus músculos, como si pretendiese saltar y huir al más mínimo gesto del guerrero, si es que sus piernas se lo permitiesen. Vio como se apartaba de Kito, sin volver a prestarle más atención, como si el trabajo con él ya estuviera hecho. Y bajo su mirada hacia Toriko. Sus ojos dorados impactaron al joven aprendiz.
—¿Sabes...? La fuerza es un arma. En este mundo cruel, es tan injusta como necesaria. Sin embargo, quien la usa contra alguien más débil solo por placer, nunca será realmente digno de usarla.
No dijo nada más. Pero sus palabras tuvieron todo el efecto dentro de Toriko. Ese había sido siempre su objetivo al unirse al dojo. Saber luchar para proteger a aquellos que no supiesen hacerlo.
El mink ladeó la cabeza y miró hacia el bosque. Olisqueó el ambiente como lo haría un buen sabueso y le indicó que recogiera el arroz y ayudase a su compañero. Su voz no fue impositiva, más bien fue amistosa, como el que busca colaboración con su equipo. Y avanzó un par de pasos.
Quedaron mirando a la espesura. Pronto comenzaron a oír sonidos que salían del bosque. Primero el chasquido de alguna rama al ser pisada. Más tarde, patas golpeando con fuerza el suelo al galope. Por último aullidos, agudos, los que ambientan las peores historias de terror. Toriko se estremeció al oírlo y un escalofrío recorrió su espalda desde la nuca.
Una manada de lobos irrumpió a toda velocidad en el camino y se situó rodeando a Krysser y los dos aprendices. Su aspecto era amenazante, aunque su actitud no lo era, tan solo se limitaban a observar.
¿Cómo responderá nuestro guerrero a este nuevo evento? ¿Se enfrentará a la manada con los puños, o encontrará otra manera de afrontarlo?
Todo pasó muy rápido a sus ojos. Kito se zafó del agarre y se giró para golpear al enemigo. Firme, como el que sabe que está haciendo, aunque él había sido testigo de las veces que su maestro había señalado los innumerables errores que cometía en sus ataques. Y el enemigo así lo percibió. De una manera simple detuvo su golpe con el brazo y después golpeó con el otro la cara de Kito.
Lo dejó aturdido. Su cara dejaba claro que no sabía bien donde estaba, pero que sin duda estaba atemorizado. Los otros alumnos huyeron entre gritos tan rápido como se lo permitían sus temblorosas piernas.
Y allí estaba Toriko. Arrodillado ante un guerrero mucho más poderoso que él, sin duda. Y mucho más letal. Sintió verdadero terror. ¿Sería este su fin? ¿Cuáles eran las intenciones de aquel extraño? No supo bien si fue por instinto o por costumbre, pero levantó su brazo para cubrirse de un posible golpe. Se tensó esperando lo peor.
—Po... po... por favor, señor. No me haga daño.
Hubo un silencio que no se alargó más de un par de segundos, pero a Toriko le parecieron horas. El tiempo, cuando se haya uno bajo la incertidumbre, tiende a dilatarse a la vez que lo hace la ansiedad. Tras ese silencio, levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los del mink. Su mirada no expresaba odio, ni rabia. Solo calma. Y un ligero halo de dolor. Entonces, pudo ver como el guerrero relajaba sus músculos y bajaba su puño.
—Tranquilo. No estoy aquí para hacerte daño.
La voz grave del mink retumbo en el pecho de Toriko. Su primer instinto fue el de tensar sus músculos, como si pretendiese saltar y huir al más mínimo gesto del guerrero, si es que sus piernas se lo permitiesen. Vio como se apartaba de Kito, sin volver a prestarle más atención, como si el trabajo con él ya estuviera hecho. Y bajo su mirada hacia Toriko. Sus ojos dorados impactaron al joven aprendiz.
—¿Sabes...? La fuerza es un arma. En este mundo cruel, es tan injusta como necesaria. Sin embargo, quien la usa contra alguien más débil solo por placer, nunca será realmente digno de usarla.
No dijo nada más. Pero sus palabras tuvieron todo el efecto dentro de Toriko. Ese había sido siempre su objetivo al unirse al dojo. Saber luchar para proteger a aquellos que no supiesen hacerlo.
El mink ladeó la cabeza y miró hacia el bosque. Olisqueó el ambiente como lo haría un buen sabueso y le indicó que recogiera el arroz y ayudase a su compañero. Su voz no fue impositiva, más bien fue amistosa, como el que busca colaboración con su equipo. Y avanzó un par de pasos.
Quedaron mirando a la espesura. Pronto comenzaron a oír sonidos que salían del bosque. Primero el chasquido de alguna rama al ser pisada. Más tarde, patas golpeando con fuerza el suelo al galope. Por último aullidos, agudos, los que ambientan las peores historias de terror. Toriko se estremeció al oírlo y un escalofrío recorrió su espalda desde la nuca.
Una manada de lobos irrumpió a toda velocidad en el camino y se situó rodeando a Krysser y los dos aprendices. Su aspecto era amenazante, aunque su actitud no lo era, tan solo se limitaban a observar.
¿Cómo responderá nuestro guerrero a este nuevo evento? ¿Se enfrentará a la manada con los puños, o encontrará otra manera de afrontarlo?
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