05-08-2025, 03:19 PM
En cuestión de un instante el sonido del bosque cambió, o más bien, su silencio.
Ya no era solo el olor lo que alertaba a Krysser. Las ramas se quebraban en la lejanía, patas golpeaban con fuerza la tierra, y poco después, aullidos agudos cortaron el aire como cuchillas invisibles. La reacción de los jóvenes fue inmediata, una mezcla de tensión y miedo, ese tipo de pánico que paraliza el cuerpo sin que nadie sepa muy bien qué hacer.
Krysser, en cambio, se mantuvo inmóvil.
No porque no supiera el peligro que suponía una manada de lobos. Lo sabía bien. Pero también conocía algo más profundo sobre la naturaleza, que no suele atacar sin motivo. No ataca sin responder a una amenaza, o al menos, sin oler el miedo. Y aquellos lobos, al igual que muchos humanos, también podían oler el miedo. Pero él no tenía miedo.
Sus ojos dorados se clavaron en las siluetas que surgían de la maleza, emergiendo de entre los árboles como sombras vivas, veloces y ágiles, rodeándolos con movimientos precisos y sincronizados. Sus cuerpos eran esbeltos, fuertes. Sus ojos, brillantes bajo la luz menguante. Reconoció de inmediato aquellos lobos, los había visto en sus días previos en la isla, y tenían patrones de conducta típicos de la fauna común de aquel mar. Krysser sabía que enfrentarlos sería agotador, que esas bestias serían rivales duros si venían todas de golpe.
Pero no sintió que hubiera nada que temer. Al verlos detenidamente notó que sus patas no rascaban el suelo desafiantes, marcando el que parecía ser su territorio. De igual modo, sus hocicos no gruñían, apenas si mostraban los dientes, y solo observaban. De modo que él hizo lo mismo, se limitó a observar en completo silencio.
Durante unos segundos no hubo señales de ruido alguno. Solo la respiración lenta del Mink, que se mantuvo erguido, firme, como un árbol viejo que se había visto rodeado de tormentas mucho peores que esta.
-No os mováis. -Murmuró, sin alzar la voz, más como quien conversa consigo mismo que como quien da órdenes.
Sus pupilas felinas no parpadeaban mientras se dirigía a los chicos detrás de él, especialmente a Toriko, cuya mirada aún reflejaba el temor crudo que no había podido esconder desde el principio.
-No nos atacarán. No si no les damos una razón, al menos.
Respiró hondo, olfateando con calma, dejando que el aire le trajera algo más. Lo que encontró fue exactamente lo que esperaba: tensión, desconfianza, pero no hambre. No rabia. No necesidad.
-Sé que parecen bestias, pero las apariencias a menudo engañan. Y más engañan a quien solo se fija en la apariencia. -Sus palabras eran simples. Eran el resultado de sus vivencias, dichas en voz baja, para quien tuviera la paciencia de escucharlas.
Lentamente, bajó el cuerpo apenas, sin adoptar postura de ataque, pero sí de presencia baja, menos invasiva. No como quien se enfrenta, sino como quien respeta el territorio donde se sabe un mero invitado.
Sus orejas se movieron hacia atrás, sin agresión. Su respiración se ralentizó. Aquel lenguaje era más animal que humano. No necesitaba palabras para hablar con criaturas que compartían su instinto.
Si los lobos venían buscando algo, podía mostrarles que allí no había amenaza. Si solo estaban pasando, dejaría que siguieran su camino. No alzó los puños. No enseñó los colmillos. Solo aguardó sereno, calmo y en paz. Como alguien que, tras años en la selva, había aprendido que no toda lucha se gana con golpes.
Ya no era solo el olor lo que alertaba a Krysser. Las ramas se quebraban en la lejanía, patas golpeaban con fuerza la tierra, y poco después, aullidos agudos cortaron el aire como cuchillas invisibles. La reacción de los jóvenes fue inmediata, una mezcla de tensión y miedo, ese tipo de pánico que paraliza el cuerpo sin que nadie sepa muy bien qué hacer.
Krysser, en cambio, se mantuvo inmóvil.
No porque no supiera el peligro que suponía una manada de lobos. Lo sabía bien. Pero también conocía algo más profundo sobre la naturaleza, que no suele atacar sin motivo. No ataca sin responder a una amenaza, o al menos, sin oler el miedo. Y aquellos lobos, al igual que muchos humanos, también podían oler el miedo. Pero él no tenía miedo.
Sus ojos dorados se clavaron en las siluetas que surgían de la maleza, emergiendo de entre los árboles como sombras vivas, veloces y ágiles, rodeándolos con movimientos precisos y sincronizados. Sus cuerpos eran esbeltos, fuertes. Sus ojos, brillantes bajo la luz menguante. Reconoció de inmediato aquellos lobos, los había visto en sus días previos en la isla, y tenían patrones de conducta típicos de la fauna común de aquel mar. Krysser sabía que enfrentarlos sería agotador, que esas bestias serían rivales duros si venían todas de golpe.
Pero no sintió que hubiera nada que temer. Al verlos detenidamente notó que sus patas no rascaban el suelo desafiantes, marcando el que parecía ser su territorio. De igual modo, sus hocicos no gruñían, apenas si mostraban los dientes, y solo observaban. De modo que él hizo lo mismo, se limitó a observar en completo silencio.
Durante unos segundos no hubo señales de ruido alguno. Solo la respiración lenta del Mink, que se mantuvo erguido, firme, como un árbol viejo que se había visto rodeado de tormentas mucho peores que esta.
-No os mováis. -Murmuró, sin alzar la voz, más como quien conversa consigo mismo que como quien da órdenes.
Sus pupilas felinas no parpadeaban mientras se dirigía a los chicos detrás de él, especialmente a Toriko, cuya mirada aún reflejaba el temor crudo que no había podido esconder desde el principio.
-No nos atacarán. No si no les damos una razón, al menos.
Respiró hondo, olfateando con calma, dejando que el aire le trajera algo más. Lo que encontró fue exactamente lo que esperaba: tensión, desconfianza, pero no hambre. No rabia. No necesidad.
-Sé que parecen bestias, pero las apariencias a menudo engañan. Y más engañan a quien solo se fija en la apariencia. -Sus palabras eran simples. Eran el resultado de sus vivencias, dichas en voz baja, para quien tuviera la paciencia de escucharlas.
Lentamente, bajó el cuerpo apenas, sin adoptar postura de ataque, pero sí de presencia baja, menos invasiva. No como quien se enfrenta, sino como quien respeta el territorio donde se sabe un mero invitado.
Sus orejas se movieron hacia atrás, sin agresión. Su respiración se ralentizó. Aquel lenguaje era más animal que humano. No necesitaba palabras para hablar con criaturas que compartían su instinto.
Si los lobos venían buscando algo, podía mostrarles que allí no había amenaza. Si solo estaban pasando, dejaría que siguieran su camino. No alzó los puños. No enseñó los colmillos. Solo aguardó sereno, calmo y en paz. Como alguien que, tras años en la selva, había aprendido que no toda lucha se gana con golpes.
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