07-08-2025, 11:34 PM
(Última modificación: 07-08-2025, 11:35 PM por Max D. Bambú.)
Tras dos largos años de duro entrenamiento, por fin abandonaban la dichosa isla submarina. Aunque fuera territorio de la gloriosa Revolución, Don Bambú no se sentía especialmente cómodo a tanta profundidad bajo el mar. El encanto inicial había sido espectacular, sin duda, pero no se imaginaba viviendo allí por tanto tiempo. A lo largo de estos últimos dos años habían conocido a sus dos nuevos compañeros de escuadrón. Ninguno llegaría a sustituir la pérdida tanto de Zorak como de Comi, pero como había aprendido entre Little Garden y Báltigo, no se trata de sustituir a nadie, sino de conocer gente nueva y no vivir únicamente con la idea de recordar lo que se ha perdido. El viaje fue muy agradable. El nuevo navío, el Grand Prix, era un galeón impresionante. Surcaba las aguas del Nuevo Mundo como si no fueran en absoluto peligrosas, aunque en parte esto se debía a la tremenda maestría naval de Kisuke. Lo único que le daba vértigo a Don Bambú en aquel barco era la idea de tener que repararlo algún día. Podía enfrentarse a una galera cualquier lunes por la mañana. A una corbeta podría enfrentarse un domingo después de descansar. Pero un galeón de semejantes proporciones requeriría varias semanas de mentalización.
Por suerte, el viaje no tuvo percance alguno. No así como los que de seguro habría en el Reino Mogaro.
El plan era sencillo. Hacerse pasar por científicos. Era bueno que fuera sencillo el plan, porque Don Bambú encontró un error en seguida: no sabe mentir. Todo iría bien, sin embargo, si nadie le hacía pregunta alguna en lo relativo a su verdadera identidad. En este último supuesto, todo iría mal. Pero no por este menor inconveniente dejaría de darlo todo por la misión. Durante lo que duró el trayecto, Don Bambú estuvo trabajando en el outfit ideal para un científico. Por lo que había leído, las gafas (con un cristal normal) y la bata blanca eran obligatorias. Al conjunto le añadió unos guantes negros que le quedaban excesivamente grandes, pero que eran necesarios para cubrir por encima los letales guanteletes de combate que pensaba llevarse sí o sí. Finalmente, como parte de su outfit maestro, se colgó de la bata una tarjeta de identificación con una foto suya (con gafas y bata blanca) que rezaba lo siguiente:
Una vez llegaron a la isla en su enorme, enorme galeón con su enorme, enorme toro negro en el mascarón de proa, los cuatro "científicos" desembarcaron en el Reino de Mogaro, en la aldea de Bayo, haciendo saltar, con absoluta certeza, todas las alarmas de la isla. Un samurái científico con tres espadas, un mink panda científico de casi cuatro metros, otro mink felino de tres metros veinte y un gigante invidente científico del tamaño de cinco casas apiladas unas encima de otras. Sin duda un cuarteto extremadamente peculiar que sólo pasaría desapercibido delante de alguien ciego, sordo y estúpido. Los soldados del barco hicieron un trabajo excelente a la hora de camuflar la llegada del escuadrón. El galeón iba cargado de insignias mercantes y los soldados interpretaron bastante bien su papel de transportistas. Una vez el grupúsculo desembarcó, el galeón se alejó de la costa y el grupo supo que estarían bien.
Don Bambú se rio con complicidad de las ocurrencias de su jefe, el Comandante del Oeste y activó su Kenbunshoku en un radio de 50 metros por si fuera necesario alertar a sus compañeros de la cercanía de algún peligro. El escuadrón se aventuró por una de las calles principales del Reino de Mogaro en "busca de algún local donde almacenar su material de investigación". Evidentemente llamaron la atención con su llegada. Ya en el puerto se habían congregado unas cuantas decenas de personas ante la llegada de un "galeón comercial", de modo que no sería raro que pronto llegase algún guardia a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, ningún guardia se materializó de la nada en los primeros instantes en la pequeña aldea de Bayo. Únicamente un jovenzuelo de unos 14 años se chocó con Kisuke y se disculpó para marcharse apresuradamente, como si estuviera persiguiendo a alguien. —Estos chavales de hoy en día... —Comentó el panda con chasquido de lengua ante el poco cuidado del muchacho. Pero antes de reemprender la marcha, Kisuke decidió que era el momento de pasar a la acción. Don Bambú, que no había entendido muy bien por qué, acató las órdenes de su superior con disciplina militar, como siempre. En cuanto Kisuke dio la señal en forma de bomba de hollín, el panda sonrió, en parte porque se acordó de Enma, antiguo portador de esos mismos poderes, y dio una potente palmada en el suelo para abrir un túnel de 4 metros de profundidad. —Nos vemos, camaradas. —Saltó al agujero sin miramientos y cerró la entrada a su paso para que nadie pudiera seguirle. Desde el subsuelo, con tan solo 10 centímetros de separación entre su cabeza y la superficie, Don Bambú comenzó a empujar la tierra delante suya para abrirse paso hacia la posición indicada por Kisuke, empleando además su haki para monitorizar las presencias de sus compañeros. —Lo del ratón es nuevo, camarada. Enma hacía cuervos. —Comentó el panda de pasada, mientras avanzaba lentamente a través del suelo hasta el callejón indicado.
Por suerte, el viaje no tuvo percance alguno. No así como los que de seguro habría en el Reino Mogaro.
El plan era sencillo. Hacerse pasar por científicos. Era bueno que fuera sencillo el plan, porque Don Bambú encontró un error en seguida: no sabe mentir. Todo iría bien, sin embargo, si nadie le hacía pregunta alguna en lo relativo a su verdadera identidad. En este último supuesto, todo iría mal. Pero no por este menor inconveniente dejaría de darlo todo por la misión. Durante lo que duró el trayecto, Don Bambú estuvo trabajando en el outfit ideal para un científico. Por lo que había leído, las gafas (con un cristal normal) y la bata blanca eran obligatorias. Al conjunto le añadió unos guantes negros que le quedaban excesivamente grandes, pero que eran necesarios para cubrir por encima los letales guanteletes de combate que pensaba llevarse sí o sí. Finalmente, como parte de su outfit maestro, se colgó de la bata una tarjeta de identificación con una foto suya (con gafas y bata blanca) que rezaba lo siguiente:
Dr. P. Chewbacca
CIENTÍFICO
CIENTÍFICO
Una vez llegaron a la isla en su enorme, enorme galeón con su enorme, enorme toro negro en el mascarón de proa, los cuatro "científicos" desembarcaron en el Reino de Mogaro, en la aldea de Bayo, haciendo saltar, con absoluta certeza, todas las alarmas de la isla. Un samurái científico con tres espadas, un mink panda científico de casi cuatro metros, otro mink felino de tres metros veinte y un gigante invidente científico del tamaño de cinco casas apiladas unas encima de otras. Sin duda un cuarteto extremadamente peculiar que sólo pasaría desapercibido delante de alguien ciego, sordo y estúpido. Los soldados del barco hicieron un trabajo excelente a la hora de camuflar la llegada del escuadrón. El galeón iba cargado de insignias mercantes y los soldados interpretaron bastante bien su papel de transportistas. Una vez el grupúsculo desembarcó, el galeón se alejó de la costa y el grupo supo que estarían bien.
Don Bambú se rio con complicidad de las ocurrencias de su jefe, el Comandante del Oeste y activó su Kenbunshoku en un radio de 50 metros por si fuera necesario alertar a sus compañeros de la cercanía de algún peligro. El escuadrón se aventuró por una de las calles principales del Reino de Mogaro en "busca de algún local donde almacenar su material de investigación". Evidentemente llamaron la atención con su llegada. Ya en el puerto se habían congregado unas cuantas decenas de personas ante la llegada de un "galeón comercial", de modo que no sería raro que pronto llegase algún guardia a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, ningún guardia se materializó de la nada en los primeros instantes en la pequeña aldea de Bayo. Únicamente un jovenzuelo de unos 14 años se chocó con Kisuke y se disculpó para marcharse apresuradamente, como si estuviera persiguiendo a alguien. —Estos chavales de hoy en día... —Comentó el panda con chasquido de lengua ante el poco cuidado del muchacho. Pero antes de reemprender la marcha, Kisuke decidió que era el momento de pasar a la acción. Don Bambú, que no había entendido muy bien por qué, acató las órdenes de su superior con disciplina militar, como siempre. En cuanto Kisuke dio la señal en forma de bomba de hollín, el panda sonrió, en parte porque se acordó de Enma, antiguo portador de esos mismos poderes, y dio una potente palmada en el suelo para abrir un túnel de 4 metros de profundidad. —Nos vemos, camaradas. —Saltó al agujero sin miramientos y cerró la entrada a su paso para que nadie pudiera seguirle. Desde el subsuelo, con tan solo 10 centímetros de separación entre su cabeza y la superficie, Don Bambú comenzó a empujar la tierra delante suya para abrirse paso hacia la posición indicada por Kisuke, empleando además su haki para monitorizar las presencias de sus compañeros. —Lo del ratón es nuevo, camarada. Enma hacía cuervos. —Comentó el panda de pasada, mientras avanzaba lentamente a través del suelo hasta el callejón indicado.
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