La prueba del Burro - Aventura T1 [Presente Absoluto]
#1
La plaza del barrio bajo de Sorbet bullía con un trasiego que parecía no conocer descanso. El empedrado, irregular y algo agrietado por la dejadez y el paso de los años, formaba un mosaico improvisado de piedras claras y oscuras que crujían bajo el peso de pasos apresurados. A un lado, los tenderetes de madera y tela improvisada se alineaban como soldados en desorden, liderados por puestos de especias con sacos abiertos que exhalaban aromas cálidos de comino, cúrcuma y pimienta negra; seguidos por mesas cargadas de frutas de piel poco brillante y abollada, vendidas por comerciantes que voceaban sus precios con voces roncas; y por cestos repletos de pan recién horneado que desprendían un perfume tostado irresistible, tentador incluso para los bolsillos más vacíos.

A pesar de la humildad del barrio, el lugar tenía vida y color. Los niños corrían entre las piernas de los adultos como peces entre corales, esquivando con habilidad las varas de carga de los puestos, las bandejas de comida y las miradas impacientes de los vendedores. El aire estaba cargado de un calor seco, acompañado por el sonido metálico de un herrero cercano, mezclado con la melodía desentonada de un músico callejero que intentaba domar una flauta de caña. En aquel lugar, entre la estrechez de los callejones que desembocaban en la plaza, todo parecía latir a un ritmo propio, frenético pero familiar.

Sin embargo, aquel mediodía había algo más que comercio y rutina. En el centro de la plaza, donde normalmente un par de ancianas vendían verduras marchitas o algún juglar intentaba reunir unas monedas, se había formado un semicírculo de curiosos. No se trataba de un pregonero ni de un vendedor de elixires milagrosos, sino de un anciano de aspecto tan estrafalario que parecía haberse caído de las páginas de un cuento mal encuadernado.

El viejo estaba erguido sobre una tarima improvisada hecha con cajas apiladas y reforzadas por cuerdas, tambaleante con cada uno de sus movimientos. Vestía una túnica que quizá alguna vez fue blanca, ahora moteada con manchas de barro y lo que parecía tinta o vino. Su barba era una maraña de hilos plateados y amarillentos, tan larga que caía hasta la mitad de su pecho, con trenzas pequeñas enredadas aquí y allá, sujetas por cuentas de madera de distintos tamaños. Los ojos, pequeños pero vivos, centelleaban con una chispa de picardía que contrastaba con la piel curtida por el sol y marcada de arrugas profundas, como grietas en un terreno seco.

Pero lo que realmente llamaba la atención no era su indumentaria ni su expresión, sino lo que repartía entre quienes se acercaban. Simples palos de madera, toscamente tallados, de una longitud similar a una vara, y vendas de tela grisácea, enrolladas y atadas con un nudo sencillo. Lo hacía con un aire ceremonioso, como si entregara cetros de reyes y vendas de seda a nobles enmascarados.

-¡Uno por cabeza! -Proclamaba a los cuatro vientos, con una voz sorprendentemente potente, que resonaba por encima del bullicio del mercado. -¡No empujen, que el anciano Oibas tiene para todos!

Un par de adolescentes se reían al probar los palos, girándolos en el aire como si fueran espadas. Una mujer mayor recibía la venda con gesto confuso, mientras el anciano le susurraba algo al oído que la hacía sonrojar. Otros, más curiosos, se quedaban esperando a que revelara el propósito de aquel extraño reparto.

Oibas, que así parecía llamarse el viejo, se movía con la energía impredecible de un vendaval. Un momento estaba en el centro, repartiendo, y al siguiente se inclinaba hacia un niño para murmurarle algo y hacerle reír. Su voz cambiaba de tono, subía y bajaba como si jugara con el suspense, y cada gesto suyo parecía ensayar un truco invisible, embelesando a todos los curiosos que se acercaban a verle.

Finalmente, cuando el corro de espectadores fue lo bastante amplio, el anciano levantó ambos brazos, tomó un palo en una mano y una venda en la otra, y dejó que el silencio se apoderara poco a poco de la multitud. El mercado seguía vivo a su alrededor, pero allí, en ese círculo, el mundo parecía haberse detenido.

-¡Hoy busco mentes templadas y manos firmes! -Anunció con una sonrisa que dejaba ver varios dientes ausentes. -¡Busco a quien no tiemble ante lo absurdo, a quien sepa caminar en la oscuridad sin perder el paso!

Sus palabras quedaron flotando, intrigando a más de uno. Dio un par de pasos por la tarima, mirando de un rostro a otro, como si evaluara a la multitud.

-El desafío es simple… Y a la vez, no lo es tanto... -Añadió, dejando escapar una risa breve. -¿Crees estar preparado? -Preguntó al aire, aunque sus ojos se habían encontrado con alguien de quien no podía apartar la vista, alguien que tal vez diera la sorpresa en aquel lugar y se convirtiera en alguien digno de las enseñanzas de Oibas. Con eso dicho, extendió un palo y una venda hacia el público, dejando la oferta abierta, como si supiera que aquel preciso alguien no podría resistirse.

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La prueba del Burro - Aventura T1 [Presente Absoluto] - por Krysser - 08-08-2025, 07:25 PM

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