10-08-2025, 10:45 AM
Desde su tarima, Oibas no apartaba la vista del mink, como un director de orquesta que observa a su músico más extravagante. Las risas, los vítores y el incesante golpeteo de palos a su alrededor parecían música para sus oídos. El viejo curandero entrecerró los ojos, analizando cada movimiento de Zhang. El tambaleo torpe, las fintas imprecisas y, sobre todo, esa manera casi ceremoniosa de golpear en falso, como si quisiera salvar la dignidad de su “primo lejano” de papel maché.
Cada golpe errado provocaba un nuevo rugido de carcajadas en la multitud. Oibas, con su característico andar inquieto, se movía por la tarima para asegurarse de que la piñata se balanceara lo suficiente como para frustrar cualquier intento serio del burro mink. Y, en el fondo, no podía negar que lo estaba disfrutando.
-Jo jo… -Rio de forma curiosa el anciano, sin perder detalle. -Parece que ha entendido la enseñanza. Las distracciones ajenas solo nos apartan de nuestro objetivo.
Pero entonces ocurrió. Quizá por instinto, quizá por pura suerte, Zhang dejó de moverse al azar y se quedó quieto por un segundo, ladeando las orejas como si escuchara algo más allá del bullicio. Dio un paso al frente, ajustó el agarre del palo y, con un golpe seco y bien dirigido, la piñata recibió su sentencia.
Un golpe resonó en la plaza, seguido de un crujido que arrancó un coro de exclamaciones. La figura de cartón y papel se abrió como una flor maltratada, dejando caer una lluvia de caramelos, nueces tostadas y pequeños sobres de papel con dibujos infantiles. Los niños se lanzaron de inmediato, y el caos se convirtió en una estampida en miniatura. La misma gente que momentos antes se reía del burro, ahora lo animaba y celebraba el regalo que había hecho caer a sus pies con su gran destreza.
Oibas sonrió como un artesano satisfecho con su obra y, con pasos lentos pero firmes, se acercó a Zhang, que aún llevaba la venda puesta.
-Quieto ahí, joven viejo. -Con aquella forma característica de referirse a él, y con un tono de voz grave, intervino deteniendo cualquier intento de quitarse la tela por parte de Zhang. -Aún no hemos terminado. Sin duda ganarás algo al completar este desafío, aunque nada tan valioso como la lección que extraerás de él. -Añadió, en tono críptico, y lo rodeó despacio, como un maestro que examina a su aprendiz. -Has roto al burro, sí. Y lo hiciste sin perder la calma… O, al menos, lo disimulaste bien. Pero, dime… ¿De qué sirve la compostura si uno no sabe dónde poner sus pasos?
Aplaudió dos veces, y un par de ayudantes arrastraron otra figura, algo más pequeña, al centro de la tarima. Esta vez no estaba cubierta, claramente era la silueta pintada de un burro, tosca y colorida, clavada en una tabla vertical. Al lado, sobre una bandeja, descansaban varias colas falsas hechas de tela y cuerda.
Oibas se colocó frente a Zhang y habló con un tono más solemne, aunque la chispa de burla seguía viva en sus ojos:
-Para ser sabio, amigo mío, hay que saber no salirse del camino de la rectitud. Por eso, sigue ese camino hasta tu destino sin miedo ninguno, y podrás recorrerlo incluso con los ojos vendados.
Se inclinó, recogió una de las colas y la puso en las manos de Zhang. Su siguiente reto estaba ya claro como el agua, ponerle la cola a aquel burro, y hacerlo con los ojos vendados. El camino era recto, si uno era capaz de mantener el rumbo. Después, acertar con la cola en el lugar correcto sería lo complicado, una mezcla de suerte e instinto tendrían que acompañar al monje.
La plaza se llenó de murmullos expectantes, mientras los niños masticaban caramelos y los adultos apostaban en voz baja sobre si Zhang conseguiría acertar.
-Cuando quieras, joven viejo… Muéstranos tu camino.
Cada golpe errado provocaba un nuevo rugido de carcajadas en la multitud. Oibas, con su característico andar inquieto, se movía por la tarima para asegurarse de que la piñata se balanceara lo suficiente como para frustrar cualquier intento serio del burro mink. Y, en el fondo, no podía negar que lo estaba disfrutando.
-Jo jo… -Rio de forma curiosa el anciano, sin perder detalle. -Parece que ha entendido la enseñanza. Las distracciones ajenas solo nos apartan de nuestro objetivo.
Pero entonces ocurrió. Quizá por instinto, quizá por pura suerte, Zhang dejó de moverse al azar y se quedó quieto por un segundo, ladeando las orejas como si escuchara algo más allá del bullicio. Dio un paso al frente, ajustó el agarre del palo y, con un golpe seco y bien dirigido, la piñata recibió su sentencia.
Un golpe resonó en la plaza, seguido de un crujido que arrancó un coro de exclamaciones. La figura de cartón y papel se abrió como una flor maltratada, dejando caer una lluvia de caramelos, nueces tostadas y pequeños sobres de papel con dibujos infantiles. Los niños se lanzaron de inmediato, y el caos se convirtió en una estampida en miniatura. La misma gente que momentos antes se reía del burro, ahora lo animaba y celebraba el regalo que había hecho caer a sus pies con su gran destreza.
Oibas sonrió como un artesano satisfecho con su obra y, con pasos lentos pero firmes, se acercó a Zhang, que aún llevaba la venda puesta.
-Quieto ahí, joven viejo. -Con aquella forma característica de referirse a él, y con un tono de voz grave, intervino deteniendo cualquier intento de quitarse la tela por parte de Zhang. -Aún no hemos terminado. Sin duda ganarás algo al completar este desafío, aunque nada tan valioso como la lección que extraerás de él. -Añadió, en tono críptico, y lo rodeó despacio, como un maestro que examina a su aprendiz. -Has roto al burro, sí. Y lo hiciste sin perder la calma… O, al menos, lo disimulaste bien. Pero, dime… ¿De qué sirve la compostura si uno no sabe dónde poner sus pasos?
Aplaudió dos veces, y un par de ayudantes arrastraron otra figura, algo más pequeña, al centro de la tarima. Esta vez no estaba cubierta, claramente era la silueta pintada de un burro, tosca y colorida, clavada en una tabla vertical. Al lado, sobre una bandeja, descansaban varias colas falsas hechas de tela y cuerda.
Oibas se colocó frente a Zhang y habló con un tono más solemne, aunque la chispa de burla seguía viva en sus ojos:
-Para ser sabio, amigo mío, hay que saber no salirse del camino de la rectitud. Por eso, sigue ese camino hasta tu destino sin miedo ninguno, y podrás recorrerlo incluso con los ojos vendados.
Se inclinó, recogió una de las colas y la puso en las manos de Zhang. Su siguiente reto estaba ya claro como el agua, ponerle la cola a aquel burro, y hacerlo con los ojos vendados. El camino era recto, si uno era capaz de mantener el rumbo. Después, acertar con la cola en el lugar correcto sería lo complicado, una mezcla de suerte e instinto tendrían que acompañar al monje.
La plaza se llenó de murmullos expectantes, mientras los niños masticaban caramelos y los adultos apostaban en voz baja sobre si Zhang conseguiría acertar.
-Cuando quieras, joven viejo… Muéstranos tu camino.
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