12-08-2025, 11:20 AM
Oibas observó en silencio el desenlace, con los brazos cruzados y el rostro serio, al menos en apariencia. Por dentro, una risa profunda y satisfecha le hervía en el pecho. Zhang no había callado al burro por testarudez, sino por algo más raro y valioso. Había conseguido que lo escuchara.
-Jo, jo, jo… -Rió al fin, rompiendo su silencio y dejando que la tensión se deshiciera entre carcajadas. -Joven viejo, pensaba que te pondrías a gritar hasta que las orejas de Filomeno se cansaran. Pero has demostrado que perseverar no siempre significa empujar ciegamente una roca inamovible. A veces somos nosotros quienes debemos movernos y afrontar los obstáculos del camino desde otra perspectiva. Pensar que encandilarías así al pobre Filomeno, ciertamente, tienes mano con los animales. -Se volvió hacia el público, levantando ambas manos para acallar los vítores. -Recordad esta lección que nuestro amigo nos ha compartido hoy. No todo problema se resuelve a golpes y hay algunos que, simplemente, no vale la pena resolver.
Filomeno rebuznó una última vez, como despidiéndose de su rival, y fue llevado fuera de la tarima. Oibas, con ese brillo travieso en la mirada, volvió a girarse hacia Zhang.
-Pero no te me confíes. -Su tono se tornó solemne, casi ceremonioso. -Ciertamente, demuestras tener algo en esa cabeza tuya. Pero la sabiduría también exige dominio del cuerpo. Y no hablo solo de aguantar el sueño mientras meditas, o de aprender a caminar en línea recta con una venda…
Chasqueó los dedos, y dos ayudantes se acercaron llevando una bandeja cubierta por una campana de metal. Al destaparla, el aire se impregnó de un aroma potente, especiado, casi peligroso. Sobre el plato, un burrito enorme, envuelto en tortilla dorada y rebosante de un relleno que dejaba escapar un rojo brillante.
-Tu última prueba, viejo amigo… -Anunció, mientras el público contenía la respiración, llamando de forma diferente esta vez a Zhang, casi como si se hubiera ido ganando el respeto de aquel viejo loco con cada muestra de sabiduría. -Comerás esto sin pestañear, sin lágrimas y sin desfallecer. Dicen que su picor es capaz de hacer llorar a un dragón y toser a un volcán. Si puedes dominar tu cuerpo para soportarlo, demostrarás que no hay desafío que te doblegue.
Con un gesto, invitó a Zhang a acercarse al plato.
-La mente gobierna al cuerpo, si no dejas al cuerpo gobernar la mente.
La plaza entera se inclinó hacia adelante, expectante, sabiendo que este final sería tan doloroso como glorioso. Mientras, los ayudantes del viejo Oibas repartían burritos similares a todos los valientes que se atrevían a probarlo, aunque seguramente eran versiones menos "especiales" y más asequibles al estómago común, al menos, no comerías solo.
-Jo, jo, jo… -Rió al fin, rompiendo su silencio y dejando que la tensión se deshiciera entre carcajadas. -Joven viejo, pensaba que te pondrías a gritar hasta que las orejas de Filomeno se cansaran. Pero has demostrado que perseverar no siempre significa empujar ciegamente una roca inamovible. A veces somos nosotros quienes debemos movernos y afrontar los obstáculos del camino desde otra perspectiva. Pensar que encandilarías así al pobre Filomeno, ciertamente, tienes mano con los animales. -Se volvió hacia el público, levantando ambas manos para acallar los vítores. -Recordad esta lección que nuestro amigo nos ha compartido hoy. No todo problema se resuelve a golpes y hay algunos que, simplemente, no vale la pena resolver.
Filomeno rebuznó una última vez, como despidiéndose de su rival, y fue llevado fuera de la tarima. Oibas, con ese brillo travieso en la mirada, volvió a girarse hacia Zhang.
-Pero no te me confíes. -Su tono se tornó solemne, casi ceremonioso. -Ciertamente, demuestras tener algo en esa cabeza tuya. Pero la sabiduría también exige dominio del cuerpo. Y no hablo solo de aguantar el sueño mientras meditas, o de aprender a caminar en línea recta con una venda…
Chasqueó los dedos, y dos ayudantes se acercaron llevando una bandeja cubierta por una campana de metal. Al destaparla, el aire se impregnó de un aroma potente, especiado, casi peligroso. Sobre el plato, un burrito enorme, envuelto en tortilla dorada y rebosante de un relleno que dejaba escapar un rojo brillante.
-Tu última prueba, viejo amigo… -Anunció, mientras el público contenía la respiración, llamando de forma diferente esta vez a Zhang, casi como si se hubiera ido ganando el respeto de aquel viejo loco con cada muestra de sabiduría. -Comerás esto sin pestañear, sin lágrimas y sin desfallecer. Dicen que su picor es capaz de hacer llorar a un dragón y toser a un volcán. Si puedes dominar tu cuerpo para soportarlo, demostrarás que no hay desafío que te doblegue.
Con un gesto, invitó a Zhang a acercarse al plato.
-La mente gobierna al cuerpo, si no dejas al cuerpo gobernar la mente.
La plaza entera se inclinó hacia adelante, expectante, sabiendo que este final sería tan doloroso como glorioso. Mientras, los ayudantes del viejo Oibas repartían burritos similares a todos los valientes que se atrevían a probarlo, aunque seguramente eran versiones menos "especiales" y más asequibles al estómago común, al menos, no comerías solo.
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