12-08-2025, 04:32 PM
(Última modificación: 14-08-2025, 01:28 AM por Zhongli Quan.)
[Día 58 de Primavera. Año 16]
En sus manos, su arma silbaba contra el viento con cada corte que daba: Cortes rápidos, ensayados una y mil veces, de cuando el alba se hacía presente hasta que el ocaso ahogaba en tonos anaranjados y rojizos del firmamento. Allí estaba, entrenando su técnica con una maestría adquirida con el paso de los años.
El amanecer apenas insinuaba su luz cuando Zhongli Quan tomó su guan dao. El filo pesado descansaba como una bestia dormida, y solo la tensión en sus brazos podía mantenerlo bajo control. Cerró los dedos sobre el astil, sintiendo la ligera aspereza de la madera y el acero contra la piel, exhalando profundamente para vaciarse de cualquier pensamiento.
El primer movimiento fue un barrido circular desde la guardia alta. El peso de la hoja tiraba hacia abajo con insistencia, obligándole a usar no solo la fuerza de sus brazos, sino la coordinación de hombros, espalda y piernas. El arco completo del corte trazaba un silbido denso en el aire; no era rápido, pero sí preciso. Cada repetición reforzaba el vínculo entre la hoja y su cuerpo, como si fueran una sola entidad.
Enseguida pasó a giros de tronco con su arma en posición horizontal. La Guan Dao se mantenía a la altura del pecho, y el trabajo recaía sobre los músculos oblicuos y lumbares. Giraba a la izquierda y derecha, sintiendo cómo la resistencia de la hoja aumentaba con cada grado de rotación y con cada segundo que pasaba. El sudor comenzó a recorrer su espalda, mientras las plantas de sus pies mantenían contacto firme con el suelo, anclándose a la mismo.
La siguiente serie era de estocadas frontales. Con la hoja apuntando hacia adelante, impulsaba desde la cadera, empujando como si atravesara un muro invisible. El impacto del peso se absorbía en sus rodillas, y el latido acelerado en sus sienes le recordaba que no había descanso en esta parte del entrenamiento.
Después, tomó de su arma por detrás del hombro, realizando golpes ascendentes. El filo se elevaba desde el suelo en un ángulo agudo, como si desgarrara el mismo cielo. Sentía el trabajo concentrarse en antebrazos y dorsales, y la respiración se sincronizaba con cada subida: inhalar en el descenso, exhalar con fuerza al elevar.
Terminó con una secuencia de encadenamientos fluidos: barrido lateral, empuje, golpe ascendente, torsión, y nuevamente barrido. Sin pausas, dejando que el movimiento previo alimentara al siguiente. El cansancio quemaba en sus músculos, pero también afinaba su conciencia corporal. El filo ya no era un peso muerto, sino una extensión viva que respondía a cada ajuste de postura.
Cuando finalmente detuvo la secuencia, sus manos ardían y sus hombros temblaban por el esfuerzo. Sin embargo, en ese temblor había una satisfacción silenciosa: cada repetición había reforzado su control, y cada gota de sudor había pulido un poco más la unión entre su fuerza y la del arma.
Asintió para sí mismo, girando su arma entre sus manos y dedos para dejar el pomo tocando el suelo, con el filo alzado al cielo mismo en posición de descanso. Era intenso, pero no más que un simple calentamiento.
Esta vez sostuvo el arma con ambas manos, y usando una fuerza creciente que nacía desde sus cuádriceps, que ascendía a su cadera y se comprimía en su abdomen, yendo a sus brazos. Los bíceps, sus tríceps, sintiendo como su antebrazo extendía sus músculos para acumular esa potencia venidera.
Avanzó un paso, y utilizando esa misma potencia ahora acumulada, soltó un corte que no sólo hizo silbar al viento, sino que sacudió de este cual tempestad, levantando una densa nube de polvo. No fue sólo un golpe, sino una secuencia de estos que continuaban con cada avance y retroceso que daba. Golpes firmes, pesados y fuertes capaces de cortar un tronco a la mitad de manera limpiar, o el cuerpo de algún infeliz que estuviese al otro extremo.
No obstante, sentía que algo aún faltaba en su técnica, y eso hizo que en su rostro una mueca de desagrado se posara ¿Cómo podía conseguir ser mejor? Sabía que su cuerpo colaboraba, pero percibía ese poder dormido que se negaba a salir, similar a una sensación de cuando se sabe que se puede hacer mucho más, pero no ocurre. Suspiró pesado, llevando una mano a sus cabellos para rascar de estos en gesto molesto.
─ Hmm… ─ Tal vez debería buscar otra manera. Tomar atención a sus movimientos y a cada músculo, buscando la manera de sacar su verdadera fuerza.
En sus manos, su arma silbaba contra el viento con cada corte que daba: Cortes rápidos, ensayados una y mil veces, de cuando el alba se hacía presente hasta que el ocaso ahogaba en tonos anaranjados y rojizos del firmamento. Allí estaba, entrenando su técnica con una maestría adquirida con el paso de los años.
El amanecer apenas insinuaba su luz cuando Zhongli Quan tomó su guan dao. El filo pesado descansaba como una bestia dormida, y solo la tensión en sus brazos podía mantenerlo bajo control. Cerró los dedos sobre el astil, sintiendo la ligera aspereza de la madera y el acero contra la piel, exhalando profundamente para vaciarse de cualquier pensamiento.
El primer movimiento fue un barrido circular desde la guardia alta. El peso de la hoja tiraba hacia abajo con insistencia, obligándole a usar no solo la fuerza de sus brazos, sino la coordinación de hombros, espalda y piernas. El arco completo del corte trazaba un silbido denso en el aire; no era rápido, pero sí preciso. Cada repetición reforzaba el vínculo entre la hoja y su cuerpo, como si fueran una sola entidad.
Enseguida pasó a giros de tronco con su arma en posición horizontal. La Guan Dao se mantenía a la altura del pecho, y el trabajo recaía sobre los músculos oblicuos y lumbares. Giraba a la izquierda y derecha, sintiendo cómo la resistencia de la hoja aumentaba con cada grado de rotación y con cada segundo que pasaba. El sudor comenzó a recorrer su espalda, mientras las plantas de sus pies mantenían contacto firme con el suelo, anclándose a la mismo.
La siguiente serie era de estocadas frontales. Con la hoja apuntando hacia adelante, impulsaba desde la cadera, empujando como si atravesara un muro invisible. El impacto del peso se absorbía en sus rodillas, y el latido acelerado en sus sienes le recordaba que no había descanso en esta parte del entrenamiento.
Después, tomó de su arma por detrás del hombro, realizando golpes ascendentes. El filo se elevaba desde el suelo en un ángulo agudo, como si desgarrara el mismo cielo. Sentía el trabajo concentrarse en antebrazos y dorsales, y la respiración se sincronizaba con cada subida: inhalar en el descenso, exhalar con fuerza al elevar.
Terminó con una secuencia de encadenamientos fluidos: barrido lateral, empuje, golpe ascendente, torsión, y nuevamente barrido. Sin pausas, dejando que el movimiento previo alimentara al siguiente. El cansancio quemaba en sus músculos, pero también afinaba su conciencia corporal. El filo ya no era un peso muerto, sino una extensión viva que respondía a cada ajuste de postura.
Cuando finalmente detuvo la secuencia, sus manos ardían y sus hombros temblaban por el esfuerzo. Sin embargo, en ese temblor había una satisfacción silenciosa: cada repetición había reforzado su control, y cada gota de sudor había pulido un poco más la unión entre su fuerza y la del arma.
Asintió para sí mismo, girando su arma entre sus manos y dedos para dejar el pomo tocando el suelo, con el filo alzado al cielo mismo en posición de descanso. Era intenso, pero no más que un simple calentamiento.
Esta vez sostuvo el arma con ambas manos, y usando una fuerza creciente que nacía desde sus cuádriceps, que ascendía a su cadera y se comprimía en su abdomen, yendo a sus brazos. Los bíceps, sus tríceps, sintiendo como su antebrazo extendía sus músculos para acumular esa potencia venidera.
Avanzó un paso, y utilizando esa misma potencia ahora acumulada, soltó un corte que no sólo hizo silbar al viento, sino que sacudió de este cual tempestad, levantando una densa nube de polvo. No fue sólo un golpe, sino una secuencia de estos que continuaban con cada avance y retroceso que daba. Golpes firmes, pesados y fuertes capaces de cortar un tronco a la mitad de manera limpiar, o el cuerpo de algún infeliz que estuviese al otro extremo.
No obstante, sentía que algo aún faltaba en su técnica, y eso hizo que en su rostro una mueca de desagrado se posara ¿Cómo podía conseguir ser mejor? Sabía que su cuerpo colaboraba, pero percibía ese poder dormido que se negaba a salir, similar a una sensación de cuando se sabe que se puede hacer mucho más, pero no ocurre. Suspiró pesado, llevando una mano a sus cabellos para rascar de estos en gesto molesto.
─ Hmm… ─ Tal vez debería buscar otra manera. Tomar atención a sus movimientos y a cada músculo, buscando la manera de sacar su verdadera fuerza.
