13-08-2025, 09:26 PM
No parecía que la visita sorpresa tuviera que ver con el chicle que, por supuesto, no pegué a la barandilla por si me mareaba en medio de una tormenta, así que me limité a observarle mientras le escuchaba. El pelirrojo se coló dentro de mi camarote como un zorro se colaría en un gallinero, aunque había que decir que me gustó su iniciativa. No sabía por qué, pero ninguno de mis compañeros solía pasarse por aquí o quedarse muy a menudo. Mi camarote tampoco era nada del otro mundo, de hecho, se parecía bastante a mi habitación en la granja: pequeña y cómoda. Note cómo el pelirrojo miraba con admiración cada parte de la estancia a la que tanto tiempo y esfuerzo había dedicado. ¿Qué más daba si practicaba el tiro al escupitajo, si a Jimba le daba por abonar el suelo o si se me caía algo de vez en cuando? De toda la vida, había que poner paja al suelo para no ensuciarlo y evitar charcas. Deberían darme las gracias, es más, deberían dejarme recubrir toda la madera del barco con ella.
Dejando ese tema aparte, el cocinero se fijó en el aro que tenía preparado para que Jimba aprendiera un simple salto básico. En ese momento, vi la oportunidad de preguntarle a Garnet por su opinión acerca de una idea que me venía rondando la cabeza... solo un simple experimento artístico, apenas un ensayo. Pero antes de que pudiera abrir la boca, su atención se desvió hacia mi colección personal de patatas. Desde que tenía memoria, me gustaba guardar todas las patatas que me recordaran a una cara. Y no solo por su forma. La singularidad de esos tubérculos, residía también en el color de la piel o en los brotes que les crecían. Hablaba de caras con verrugas en sitios estratégicos, deformidades que horrorizarían al curandero del pueblo e incluso enfermedades que contagiarían a toda una isla. Sin darme tiempo a contar la historia detrás de cada una de ellas, el pelirrojo volvió a cambiar de tema. Entre habladurías sobre lo mucho que comemos todos en el barco — y porque no estaba Yojimbo, que era como alimentar a cuatro vacas gordas—, empezó a largarme lo que realmente quería.
En un rápido movimiento, agarré a Jimba del pescuezo y me dejé caer en la silla del camarote con ella apoyada sobre mi regazo. Se notaba que había estado sobrealimentándose últimamente. Sus plumas, aún revueltas por la huida, habían quedado esparcidas por el suelo, pero bajo mis manos todavía conservaban ese tacto suave que tanto me gustaba. La acaricié lentamente, desde el cogote hasta la cola, mientras escuchaba la petición que traía el pelirrojo. — Vaya, vaya... — dije entrecerrando los ojos. — Así que vienes a mi camarote, el día del entrenamiento con pértiga de Jimba, a pedirme que te enseñe a plantar tomates... Y esperas que yo te revele, así como así, los secretos que a mi familia le han costado tantas primaveras, sudor y algún que otro diente.
No dejé de acariciar a Jimba y mi voz se volvió más suave. —Shhhhh — continué rápidamente. — No hace falta que digas nada. Te ayudaré. Pero antes, debo advertirte. Plantar tomates — me incorporé un poco hacia él — no es cosa de meter una semilla y esperar milagros, Garnet. ¡No es! — subí un poco más el tono, aguantándome la emoción que sentía por dentro. — La tierra te pondrá a prueba… y si no le gustas, escupirá tus frutos igual que Jimba con aquellos percebes rocosos. Vendrán criaturas del aire y del suelo a intentar arrebatártelos, y no habrá piedad alguna. Las noches serán largas, el hambre acechará, y el tiempo siempre correrá en tu contra. Respiré hondo intentando guardar las formas y parecer indiferente, pero por dentro no podía estar más contenta al saber que Garnet quería hacer un huerto en nuestra próxima isla.
— Esa es la primera lección y ni siquiera hemos empezado — continué. Acaricié una última vez el cogote de Jimba y, sin más, la solté. La gallina cayó al suelo sacudiendo sus alas y se puso a picotear las tablas del suelo como si nada esto fuese con ella. Me recosté en la silla cruzando los brazos detrás de la cabeza. — Bueno, Garnet. Ahora que ya sabes a lo que te enfrentas, dime… ¿de verdad crees que estás preparado para plantar tomates con todo lo que ello supone? Jimba se acercó a él inclinando la cabeza repetidas veces, mientras yo cruzaba los dedos detrás de mi nuca esperando tener un pupilo del cultivo.
Dejando ese tema aparte, el cocinero se fijó en el aro que tenía preparado para que Jimba aprendiera un simple salto básico. En ese momento, vi la oportunidad de preguntarle a Garnet por su opinión acerca de una idea que me venía rondando la cabeza... solo un simple experimento artístico, apenas un ensayo. Pero antes de que pudiera abrir la boca, su atención se desvió hacia mi colección personal de patatas. Desde que tenía memoria, me gustaba guardar todas las patatas que me recordaran a una cara. Y no solo por su forma. La singularidad de esos tubérculos, residía también en el color de la piel o en los brotes que les crecían. Hablaba de caras con verrugas en sitios estratégicos, deformidades que horrorizarían al curandero del pueblo e incluso enfermedades que contagiarían a toda una isla. Sin darme tiempo a contar la historia detrás de cada una de ellas, el pelirrojo volvió a cambiar de tema. Entre habladurías sobre lo mucho que comemos todos en el barco — y porque no estaba Yojimbo, que era como alimentar a cuatro vacas gordas—, empezó a largarme lo que realmente quería.
En un rápido movimiento, agarré a Jimba del pescuezo y me dejé caer en la silla del camarote con ella apoyada sobre mi regazo. Se notaba que había estado sobrealimentándose últimamente. Sus plumas, aún revueltas por la huida, habían quedado esparcidas por el suelo, pero bajo mis manos todavía conservaban ese tacto suave que tanto me gustaba. La acaricié lentamente, desde el cogote hasta la cola, mientras escuchaba la petición que traía el pelirrojo. — Vaya, vaya... — dije entrecerrando los ojos. — Así que vienes a mi camarote, el día del entrenamiento con pértiga de Jimba, a pedirme que te enseñe a plantar tomates... Y esperas que yo te revele, así como así, los secretos que a mi familia le han costado tantas primaveras, sudor y algún que otro diente.
No dejé de acariciar a Jimba y mi voz se volvió más suave. —Shhhhh — continué rápidamente. — No hace falta que digas nada. Te ayudaré. Pero antes, debo advertirte. Plantar tomates — me incorporé un poco hacia él — no es cosa de meter una semilla y esperar milagros, Garnet. ¡No es! — subí un poco más el tono, aguantándome la emoción que sentía por dentro. — La tierra te pondrá a prueba… y si no le gustas, escupirá tus frutos igual que Jimba con aquellos percebes rocosos. Vendrán criaturas del aire y del suelo a intentar arrebatártelos, y no habrá piedad alguna. Las noches serán largas, el hambre acechará, y el tiempo siempre correrá en tu contra. Respiré hondo intentando guardar las formas y parecer indiferente, pero por dentro no podía estar más contenta al saber que Garnet quería hacer un huerto en nuestra próxima isla.
— Esa es la primera lección y ni siquiera hemos empezado — continué. Acaricié una última vez el cogote de Jimba y, sin más, la solté. La gallina cayó al suelo sacudiendo sus alas y se puso a picotear las tablas del suelo como si nada esto fuese con ella. Me recosté en la silla cruzando los brazos detrás de la cabeza. — Bueno, Garnet. Ahora que ya sabes a lo que te enfrentas, dime… ¿de verdad crees que estás preparado para plantar tomates con todo lo que ello supone? Jimba se acercó a él inclinando la cabeza repetidas veces, mientras yo cruzaba los dedos detrás de mi nuca esperando tener un pupilo del cultivo.
