17-08-2025, 12:50 AM
Aún bajo el cielo nocturno, Stroud no pudo evitar sino continuar recreándose en los recuerdos de los días de Academia. Hacía poco que la había terminado, pero aquel se le antojaba un pasado lejano, casi antiguo. Pese a estar solo camino de su primer destino como Marine, y no era más que un soldado raso, sentía que ya no era el mismo que había sido apenas unos meses atrás. Continuaba apoyado sobre el pasamanos, contemplando la inmensidad del mar nocturno. De cuando en cuando, sus ojos examinaban la cubierta, asegurándose de que todo siguiese como estaba previsto. Nada fuera de lo normal. Solo entonces, podía darse el lujo de recordar... al menos por unos instantes.
Había sido un día caluroso, soleado en la Academia, algo casi extraño en aquella maldita isla. Aquel día, también se permitieron el lujo de no salir al mar: era día de ejercicios de combate en tierra, o eso había oído. Cada día, durante el desayuno y justo antes de empezar los ejercicios, los rumores sobre el día circulaban entre los cadetes como la pólvora: algunos aseguraban que aquel sería día libre, ¡una de esas excepciones! Otros cuchicheaban sobre la posibilidad de una visita de un Vicealmirante y su séquito para fichar nuevos talentos, ¡ja! Otros decían que sería día de ejercicios acrobáticos y de resistencia, de nado, de arrastrarse por el barro y aquellas torturas a las que a la Marina le encantaba someter a sus cadetes en formación. Stroud dio el último bocado a su croissant (cguasón, según los cursis de su promoción) y se levantó del banco, dispuesto a dirigirse al campo de entrenamiento. Sin embargo, lo excepcional ocurrió aquel día: el Instructor Superior entró en la enorme cantina de la Academia, dando un silbido. Todos los cadetes, sin excepción, se levantaron, cuadrándose en silencio, como si hubiera entrado el mismísimo Almirante de Flota. "¡Mequetrefes!", exclamó, con una expresión neutra en su rostro, "¡Hoy tenemos día de combates individuales! ¡Habéis sido emparejados aleatoriamente, o no, y se os ha asignado un tatami y un oponente! ¡Tenéis cinco minutos para comenzar el combate!"
El efecto fue inmediato: todos los jóvenes salieron, con mayor o menor disciplina, pitando del gigantesco comedor, con el tumulto que aquello implicaba. Stroud se limpió la boca y salió con su parsimonia habitual, acompañado de su séquito habitual, con el que ya había hecho migas durante los últimos meses. Fuera del comedor, los instructores habían puesto un enorme tablón con los emparejamientos, uno detrás de otro. Stroud buscó su nombre... Str-... Stroud... Stroud... Tardó un buen par de minutos en lograrlo, con el barullo que lo rodeaba y los cientos de nombres allí escritos. Finalmente, lo encontró. Tatami 41. Oponente: Turtle Barrow. No tenía mucho trato con aquel chico, pero era uno de aquellos que no le gustaban. Turtle era de esos que no paraba de jactarse de lo rápido que se iba a convertir en Vicealmirante, y en que para los 25 sería Almirante, como mínimo. Era fuerte, inteligente y capaz, sin duda, pero no tenía un ápice de sentido común. Ahora solo quedaba ver quién de los dos podía en un combate. Tal vez la lucha diese su veredicto sobre las ideas de ambos combatientes. Tal vez no hubiese sido tan aleatorio... Aunque es probable que sí.
En cualquier caso, Stroud buscó el tatami en cuestión. Su oponente ya estaba allí, pavoneándose ante sus amigos como de costumbre. El árbitro observaba a los dos. Sin prisa alguna, Stroud se retiró la chaqueta y la gorra, doblándolas con cuidado y dejándolas a un lado del tatami. El árbitro les dio las indicaciones habituales para esta clase de ejercicio: "Como siempre, ambos empezaréis con sables reglamentarios. La lucha con sables y cuerpo a cuerpo estará permitida. No se permitirá el juego sucio ni atacar a determinadas partes, creo que no tengo que especificarlas. El primero en rendirse, caer fuera del tatami o caer inconsciente perderá, ¿entendido?". Ambos luchadores asintieron. "¡Ya!"
Ninguno de los dos se lanzó a por el otro, no inmediatamente. Stroud sintió el equilibrio del sable reglamentario: no le gustaba, nunca le había gustado. Turtle, sin embargo, parecía enormemente cómodo con él. Siempre había sido un espadachín destacado, tal vez la mayor flaqueza de Stroud. Sin embargo, tal vez fuese aquel el momento de aprender. Como si se leyesen la mente, ambos se lanzaron al choque: el acero crujió, ambas hojas chocando entre sí. Stroud intentó aprovecharse de su mayor fuerza y rapidez para abrumar a Turtle, con golpes duros pero imprecisos y sin elegancia. Su rival, sin embargo, aprovechó su técnica superior para arrinconarlo, propiciándole una serie de golpes de enorme rapidez y finura, uno, dos, tres. Stroud no tuvo más remedio que retroceder, empezando a quedar arrinconado. El brazo le dolía tras cada intercambio; sentía que no estaba hecho para ese tipo de lucha.
Ambos sables chocaron otra vez, bajo la atenta mirada del árbitro y de algunos espectadores que se agolpan ya alrededor del tatami. Forcejearon, Stroud intentando ganar la contienda con fuerza bruta. Si conseguía doblar el ángulo hasta... ¡Nada! La excelente técnica de Turtle provocó que el sable de Stroud se le escapase de la mano y cayese al suelo. A su alrededor, el círculo de cadetes murmuró, mientras Stroud se planteó si recoger el arma nuevamente. Sin embargo, salió con la respuesta más inesperada: cerró los puños, apretó los dientes y alzó la guardia.
Turtle intentó aprovechar para golpear, ahora sí, pero Stroud fue capaz de golpear con el antebrazo y entrar en su guardia, para justo a continuación propinarle un codazo seco en el torso que lo hizo retroceder. El joven Redgrave continuó la ofensiva, aprovechándose de la coyuntura, golpeando las extremidades de Turtle: un puñetazo a la muñeca para entumecer su mano, una patada a la espinilla para desestabilizarlo. En mitad de la trifulca, esquivó por los pelos un tajo descendente, sintiendo cómo fluía su instinto. No pensaba en técnica, sino en acabar rápido. Vio la abertura: un puñetazo al cuello que lo dejó sin aire, un agarre al hombro, un lanzamiento al suelo. Turtle cayó, jadeando, incapaz de levantarse de inmediato. El instructor ordenó detener el combate, declarando vencedor a Stroud. Los cadetes que se habían agolpado alrededor del tatami permanecieron en silencio, alguno lanzándose a un tímido aplauso que murió rápido. Este sería un precedente de importancia en su estilo personal.
Había sido un día caluroso, soleado en la Academia, algo casi extraño en aquella maldita isla. Aquel día, también se permitieron el lujo de no salir al mar: era día de ejercicios de combate en tierra, o eso había oído. Cada día, durante el desayuno y justo antes de empezar los ejercicios, los rumores sobre el día circulaban entre los cadetes como la pólvora: algunos aseguraban que aquel sería día libre, ¡una de esas excepciones! Otros cuchicheaban sobre la posibilidad de una visita de un Vicealmirante y su séquito para fichar nuevos talentos, ¡ja! Otros decían que sería día de ejercicios acrobáticos y de resistencia, de nado, de arrastrarse por el barro y aquellas torturas a las que a la Marina le encantaba someter a sus cadetes en formación. Stroud dio el último bocado a su croissant (cguasón, según los cursis de su promoción) y se levantó del banco, dispuesto a dirigirse al campo de entrenamiento. Sin embargo, lo excepcional ocurrió aquel día: el Instructor Superior entró en la enorme cantina de la Academia, dando un silbido. Todos los cadetes, sin excepción, se levantaron, cuadrándose en silencio, como si hubiera entrado el mismísimo Almirante de Flota. "¡Mequetrefes!", exclamó, con una expresión neutra en su rostro, "¡Hoy tenemos día de combates individuales! ¡Habéis sido emparejados aleatoriamente, o no, y se os ha asignado un tatami y un oponente! ¡Tenéis cinco minutos para comenzar el combate!"
El efecto fue inmediato: todos los jóvenes salieron, con mayor o menor disciplina, pitando del gigantesco comedor, con el tumulto que aquello implicaba. Stroud se limpió la boca y salió con su parsimonia habitual, acompañado de su séquito habitual, con el que ya había hecho migas durante los últimos meses. Fuera del comedor, los instructores habían puesto un enorme tablón con los emparejamientos, uno detrás de otro. Stroud buscó su nombre... Str-... Stroud... Stroud... Tardó un buen par de minutos en lograrlo, con el barullo que lo rodeaba y los cientos de nombres allí escritos. Finalmente, lo encontró. Tatami 41. Oponente: Turtle Barrow. No tenía mucho trato con aquel chico, pero era uno de aquellos que no le gustaban. Turtle era de esos que no paraba de jactarse de lo rápido que se iba a convertir en Vicealmirante, y en que para los 25 sería Almirante, como mínimo. Era fuerte, inteligente y capaz, sin duda, pero no tenía un ápice de sentido común. Ahora solo quedaba ver quién de los dos podía en un combate. Tal vez la lucha diese su veredicto sobre las ideas de ambos combatientes. Tal vez no hubiese sido tan aleatorio... Aunque es probable que sí.
En cualquier caso, Stroud buscó el tatami en cuestión. Su oponente ya estaba allí, pavoneándose ante sus amigos como de costumbre. El árbitro observaba a los dos. Sin prisa alguna, Stroud se retiró la chaqueta y la gorra, doblándolas con cuidado y dejándolas a un lado del tatami. El árbitro les dio las indicaciones habituales para esta clase de ejercicio: "Como siempre, ambos empezaréis con sables reglamentarios. La lucha con sables y cuerpo a cuerpo estará permitida. No se permitirá el juego sucio ni atacar a determinadas partes, creo que no tengo que especificarlas. El primero en rendirse, caer fuera del tatami o caer inconsciente perderá, ¿entendido?". Ambos luchadores asintieron. "¡Ya!"
Ninguno de los dos se lanzó a por el otro, no inmediatamente. Stroud sintió el equilibrio del sable reglamentario: no le gustaba, nunca le había gustado. Turtle, sin embargo, parecía enormemente cómodo con él. Siempre había sido un espadachín destacado, tal vez la mayor flaqueza de Stroud. Sin embargo, tal vez fuese aquel el momento de aprender. Como si se leyesen la mente, ambos se lanzaron al choque: el acero crujió, ambas hojas chocando entre sí. Stroud intentó aprovecharse de su mayor fuerza y rapidez para abrumar a Turtle, con golpes duros pero imprecisos y sin elegancia. Su rival, sin embargo, aprovechó su técnica superior para arrinconarlo, propiciándole una serie de golpes de enorme rapidez y finura, uno, dos, tres. Stroud no tuvo más remedio que retroceder, empezando a quedar arrinconado. El brazo le dolía tras cada intercambio; sentía que no estaba hecho para ese tipo de lucha.
Ambos sables chocaron otra vez, bajo la atenta mirada del árbitro y de algunos espectadores que se agolpan ya alrededor del tatami. Forcejearon, Stroud intentando ganar la contienda con fuerza bruta. Si conseguía doblar el ángulo hasta... ¡Nada! La excelente técnica de Turtle provocó que el sable de Stroud se le escapase de la mano y cayese al suelo. A su alrededor, el círculo de cadetes murmuró, mientras Stroud se planteó si recoger el arma nuevamente. Sin embargo, salió con la respuesta más inesperada: cerró los puños, apretó los dientes y alzó la guardia.
Turtle intentó aprovechar para golpear, ahora sí, pero Stroud fue capaz de golpear con el antebrazo y entrar en su guardia, para justo a continuación propinarle un codazo seco en el torso que lo hizo retroceder. El joven Redgrave continuó la ofensiva, aprovechándose de la coyuntura, golpeando las extremidades de Turtle: un puñetazo a la muñeca para entumecer su mano, una patada a la espinilla para desestabilizarlo. En mitad de la trifulca, esquivó por los pelos un tajo descendente, sintiendo cómo fluía su instinto. No pensaba en técnica, sino en acabar rápido. Vio la abertura: un puñetazo al cuello que lo dejó sin aire, un agarre al hombro, un lanzamiento al suelo. Turtle cayó, jadeando, incapaz de levantarse de inmediato. El instructor ordenó detener el combate, declarando vencedor a Stroud. Los cadetes que se habían agolpado alrededor del tatami permanecieron en silencio, alguno lanzándose a un tímido aplauso que murió rápido. Este sería un precedente de importancia en su estilo personal.

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