18-08-2025, 10:18 PM
Por caprichos del destino terminé cayendo en una isla… un poquito excéntrica, ¿cómo yo, quizás? ? La selva es enorme, vibrante, peligrosa, y cariño… ¡esas son las mejores! El escenario perfecto para armar un desastre delicioso y luego esfumarse como un sueño prohibido. — THAT’S WONDERFUL, HONEY!! — grité a viva voz mientras paseaba por las calles del reino de Samba, mis pasos ligeros, mis ojos brillando de emoción ante tantas caritas nuevas, tantos cuerpos nuevos, tantas oportunidades.
¿Comida? No, no, no… lo que yo busco aquí es otro tipo de apetito. Y créeme, tesoro, un buen bar es el lugar ideal para saciarlo. Me muero de ganas de emborracharme, de reírme a carcajadas y, por supuesto, de meterle mano al pecho de algún muchachote fornido, de esos que se pasan la noche entera hablando de lo perfecto que es su cuerpo. These are the men I love, los que hacen del ego un espectáculo.
— We’re going to hunt a nice boy tonight!! — susurré para mis adentros, con una sonrisita juguetona pintada en mis labios, mientras mis ojos bailaban por todas partes buscando un bar bonito, una taberna llena de vida, un lugar donde el escándalo y el deseo caminen de la mano. Samba… cariño, prepárate, porque Rosse Bellecour ha llegado.
Mis ojitos se movían de un lado a otro, recorriendo cada edificio como si fueran hombres en una pasarela, hasta que de pronto… the perfect place, honey. Un barcito reluciendo entre la multitud, ni siquiera me molesté en leer el nombre, ¿para qué? No vine a aprender letras, cariño, vine a poner mis pensamientos y prontito mis manitas en algo muuucho más interesante… y espero que sea bien sexy y pecaminoso. Hoy toca emborracharnos hasta perder la vergüenza y ser felices los 4, 5 o los que quieran unirse, porque Rosse no conoce límites, mi amor.
— Hi, Honeeeey!! Rosse hará de este lugar un hermooooso cabaret — grité con toda mi alma al empujar la puerta, entrando sin pizca de respeto. Toquetee a todo el que pude en mi camino, porque cariño, si me das espacio personal yo no lo respeto, lo decoro. Mis dedos se pasearon por espaldas, hombros y uno que otro pecho firme, hasta llegar a la barra. Nada mejor que pedir una buena bebida para abrir la fiesta, porque créeme… ¡así es como se entra de verdad!.
Me acomodé en la barra como si fuera el escenario de mi propio cabaret, cruzando las piernas con gracia y dejando que el cuero de mis botas sonara contra la madera. Mis ojos, brillantes como dos rubíes traviesos, se quedaron fijos en el camarero… ¡y ay, honey! qué pedazo de hombre. Sus brazos parecían tallados por los mismísimos dioses, y esa barbilla fuerte fue víctima de mis deditos juguetones, que la recorrieron sin vergüenza mientras me inclinaba un poquito más cerca.
— Sírveeeeme algo tan colorido como un arcoíris y tan sabroso como tus labios, cariño — susurré con una sonrisa torcida, dejando que mi voz se deslizara como miel caliente en sus oídos. El silencio que siguió fue puro oro: los murmullos de la clientela se fueron apagando, hasta que lo único que podía escucharse eran mis risitas juguetonas y el golpeteo de los vasos detrás de la barra.
El público ya no veía al bar como siempre; no, honey, ahora yo era el espectáculo. Cada mirada clavada en mí era un aplauso sin sonido, y yo yo me sentía divino. Porque cuando Rosse entra en un lugar, cariño, no queda nada igual, todo cambia, todo vibra, y todos terminan deseando un poquito de mi locura.
¿Comida? No, no, no… lo que yo busco aquí es otro tipo de apetito. Y créeme, tesoro, un buen bar es el lugar ideal para saciarlo. Me muero de ganas de emborracharme, de reírme a carcajadas y, por supuesto, de meterle mano al pecho de algún muchachote fornido, de esos que se pasan la noche entera hablando de lo perfecto que es su cuerpo. These are the men I love, los que hacen del ego un espectáculo.
— We’re going to hunt a nice boy tonight!! — susurré para mis adentros, con una sonrisita juguetona pintada en mis labios, mientras mis ojos bailaban por todas partes buscando un bar bonito, una taberna llena de vida, un lugar donde el escándalo y el deseo caminen de la mano. Samba… cariño, prepárate, porque Rosse Bellecour ha llegado.
Mis ojitos se movían de un lado a otro, recorriendo cada edificio como si fueran hombres en una pasarela, hasta que de pronto… the perfect place, honey. Un barcito reluciendo entre la multitud, ni siquiera me molesté en leer el nombre, ¿para qué? No vine a aprender letras, cariño, vine a poner mis pensamientos y prontito mis manitas en algo muuucho más interesante… y espero que sea bien sexy y pecaminoso. Hoy toca emborracharnos hasta perder la vergüenza y ser felices los 4, 5 o los que quieran unirse, porque Rosse no conoce límites, mi amor.
— Hi, Honeeeey!! Rosse hará de este lugar un hermooooso cabaret — grité con toda mi alma al empujar la puerta, entrando sin pizca de respeto. Toquetee a todo el que pude en mi camino, porque cariño, si me das espacio personal yo no lo respeto, lo decoro. Mis dedos se pasearon por espaldas, hombros y uno que otro pecho firme, hasta llegar a la barra. Nada mejor que pedir una buena bebida para abrir la fiesta, porque créeme… ¡así es como se entra de verdad!.
Me acomodé en la barra como si fuera el escenario de mi propio cabaret, cruzando las piernas con gracia y dejando que el cuero de mis botas sonara contra la madera. Mis ojos, brillantes como dos rubíes traviesos, se quedaron fijos en el camarero… ¡y ay, honey! qué pedazo de hombre. Sus brazos parecían tallados por los mismísimos dioses, y esa barbilla fuerte fue víctima de mis deditos juguetones, que la recorrieron sin vergüenza mientras me inclinaba un poquito más cerca.
— Sírveeeeme algo tan colorido como un arcoíris y tan sabroso como tus labios, cariño — susurré con una sonrisa torcida, dejando que mi voz se deslizara como miel caliente en sus oídos. El silencio que siguió fue puro oro: los murmullos de la clientela se fueron apagando, hasta que lo único que podía escucharse eran mis risitas juguetonas y el golpeteo de los vasos detrás de la barra.
El público ya no veía al bar como siempre; no, honey, ahora yo era el espectáculo. Cada mirada clavada en mí era un aplauso sin sonido, y yo yo me sentía divino. Porque cuando Rosse entra en un lugar, cariño, no queda nada igual, todo cambia, todo vibra, y todos terminan deseando un poquito de mi locura.
