21-08-2025, 11:01 PM
En cuanto los piñatas escucharon tu declaración de que los liberarías de las cadenas que los atan, tanto Devon como Clark comenzaron a llorar sonoramente, presas de la profunda alegría que sentían al ver tan cerca de ellos una libertad que llevan años añorando.
—¡Por fín, pífate!
—¡Libertad, páfate!
—¡Haremos lo que nos pidas, pífate!
—¡Todo lo que tú digas! Menos pelear.
—¡Páfate, pífate!
—¡PÁFATE!
Ambos se levantaron ante la señal de la marcha. Claramente no podrían librarse de acompañarte hasta el navío pirata, pero harían todo lo posible por no inmiscuirse en el combate. Teniendo en cuenta tu petición, mientras recorríais un sendero que salía de la casa y se perdía en el horizonte de colinas y árboles gigantes, ambos bufones empezaron a contarte, a su manera, lo que sabían de los piratas.
—Son de la peor calaña, pífate.
—Pero lo que tienen de malos, lo tienen de estúpidos, páfate.
—Ninguno es especialmente fuerte, pífate.
—Ninguno salvo dos: el capitán y su contramaestre... ¡Páfate!
—Ya te iba a decir yo, pífate...
—El capitán es el mismísimo Juan Plata el Largo, y es un maestro en el combate con lanza, páfate. —Dijo Clark, ignorando a su compañero.
—Y el contramaestre se llama Jaime Halcón, y es un experto en el uso del látigo. Todavía me duele la espalda desde la última vez, pífate...
—Si lidias con esos dos, o incluso sólo con el capitán, el resto se rendirán seguro, páfate.
—Sí, nosotros vigilaremos desde lejos, que es lo nuestro, pífate.
—Eso, por si vienen refuerzos por la retaguardia.
—¡Páfate, pífate!
—Cojones. ¡PÁFATE!
Ya sea por su extraña forma de expresarse o porque camináis bastante deprisa, esta parte de la conversación lleva una cantidad de tiempo exagerada. A pesar de que ningún piñata está cerca, ambos bufones son incapaces de abandonar esa pequeña muletilla tan molesta que incluyen en todas sus oraciones. La pregunta que les formulas, sin embargo, les hace detenerse en seco.
—Pues no lo había pensado, pífate.
—Yo tampoco, páfate.
—No quiero volver a ser un mozo de carga, pífate.
—Honestamente, lo que yo quiero es ser multimillonario, páfate.
—Eso estaría bastante bien, páfate.
—Pífate, pátafe
—Páfafe, pífifi
—Pero nos apuntamos a esa fiesta que dices, páfate.
—Nunca es mal momento para ahogar las penas, pífate.
Llegáis finalmente a la costa al otro lado de la isla. Tras subir por la última de las colinas, se extiende ante ti una playa de un par de cientos de metros de longitud con un navío humilde con un montón de gente pululando a su alrededor. Desplegadas por la playa, un montón de cajas ocupan la mayor parte del espacio alrededor del barco. Evidentemente están intentando aprovechar el espacio lo mejor posible para algo, y pronto te queda claro para qué. Desde tu posición lo ves claramente. Estás a unos 200 metros de los piratas, pero es imposible que pase desapercibida la presencia de la criatura legendaria que vienes buscando desde hace unas cuantas horas. El perro longaniza se extiende por la playa y por el barco sin mesura ni control. No llega más lejos porque una parte sustancial de su cuerpo está enrollada en los mástiles del barco como si fuera una cuerda. Su cuerpo es tan grueso y tan largo que su peso ha agrietado la madera de los mástiles y ha imposibilitado el funcionamiento correcto de las velas del barco, agregando un nuevo problema a la enorme lista de problemas de la tripulación. Además, ni siquiera está enteramente en el barco, ya que una parte sustancial de su masa corporal todavía está extendida por la isla. Así a ojo, el perro debe de medir varios kilómetros. Calculas que tiene suficiente longitud como para cruzar de isla en isla por su propia cuenta, sin necesidad de barco alguno, confirmando la leyenda que gira en torno a él. Detectas que su cabeza está colgando lastimeramente de la parte más alta del palo mayor. El pobre animal aúlla y se queja sonoramente debido a la evidente incomodidad que sufre.
Frente al barco, un hombre humano que debe llegar fácilmente a los tres metros de altura, bastante flacucho, tiene los brazos colocados en jarra mientras grita órdenes a diestro y siniestro, completamente ajeno a tu presencia e ignorando los quejidos del animal. A su lado, otro ser humano más bajito, de piel morena, rapado y lleno de tatuajes se encarga de transmitir los sentimientos de su capitán a base de latigazos. Aquel que no trabaje adecuadamente se lleva una buena azotaina. Esa parece ser la norma.
—Son esos dos, pífate.
—El capitán es el alto, páfate.
—Y el contramaestre el bajito, pífate.
—Pobre chucho, páfate.
—Me recuerda a nosotros, pífate...
—Buena suerte, páfate.
—No creo que podamos ayudarte aquí, pífate.
—¡Por fín, pífate!
—¡Libertad, páfate!
—¡Haremos lo que nos pidas, pífate!
—¡Todo lo que tú digas! Menos pelear.
—¡Páfate, pífate!
—¡PÁFATE!
Ambos se levantaron ante la señal de la marcha. Claramente no podrían librarse de acompañarte hasta el navío pirata, pero harían todo lo posible por no inmiscuirse en el combate. Teniendo en cuenta tu petición, mientras recorríais un sendero que salía de la casa y se perdía en el horizonte de colinas y árboles gigantes, ambos bufones empezaron a contarte, a su manera, lo que sabían de los piratas.
—Son de la peor calaña, pífate.
—Pero lo que tienen de malos, lo tienen de estúpidos, páfate.
—Ninguno es especialmente fuerte, pífate.
—Ninguno salvo dos: el capitán y su contramaestre... ¡Páfate!
—Ya te iba a decir yo, pífate...
—El capitán es el mismísimo Juan Plata el Largo, y es un maestro en el combate con lanza, páfate. —Dijo Clark, ignorando a su compañero.
—Y el contramaestre se llama Jaime Halcón, y es un experto en el uso del látigo. Todavía me duele la espalda desde la última vez, pífate...
—Si lidias con esos dos, o incluso sólo con el capitán, el resto se rendirán seguro, páfate.
—Sí, nosotros vigilaremos desde lejos, que es lo nuestro, pífate.
—Eso, por si vienen refuerzos por la retaguardia.
—¡Páfate, pífate!
—Cojones. ¡PÁFATE!
Ya sea por su extraña forma de expresarse o porque camináis bastante deprisa, esta parte de la conversación lleva una cantidad de tiempo exagerada. A pesar de que ningún piñata está cerca, ambos bufones son incapaces de abandonar esa pequeña muletilla tan molesta que incluyen en todas sus oraciones. La pregunta que les formulas, sin embargo, les hace detenerse en seco.
—Pues no lo había pensado, pífate.
—Yo tampoco, páfate.
—No quiero volver a ser un mozo de carga, pífate.
—Honestamente, lo que yo quiero es ser multimillonario, páfate.
—Eso estaría bastante bien, páfate.
—Pífate, pátafe
—Páfafe, pífifi
—Pero nos apuntamos a esa fiesta que dices, páfate.
—Nunca es mal momento para ahogar las penas, pífate.
Llegáis finalmente a la costa al otro lado de la isla. Tras subir por la última de las colinas, se extiende ante ti una playa de un par de cientos de metros de longitud con un navío humilde con un montón de gente pululando a su alrededor. Desplegadas por la playa, un montón de cajas ocupan la mayor parte del espacio alrededor del barco. Evidentemente están intentando aprovechar el espacio lo mejor posible para algo, y pronto te queda claro para qué. Desde tu posición lo ves claramente. Estás a unos 200 metros de los piratas, pero es imposible que pase desapercibida la presencia de la criatura legendaria que vienes buscando desde hace unas cuantas horas. El perro longaniza se extiende por la playa y por el barco sin mesura ni control. No llega más lejos porque una parte sustancial de su cuerpo está enrollada en los mástiles del barco como si fuera una cuerda. Su cuerpo es tan grueso y tan largo que su peso ha agrietado la madera de los mástiles y ha imposibilitado el funcionamiento correcto de las velas del barco, agregando un nuevo problema a la enorme lista de problemas de la tripulación. Además, ni siquiera está enteramente en el barco, ya que una parte sustancial de su masa corporal todavía está extendida por la isla. Así a ojo, el perro debe de medir varios kilómetros. Calculas que tiene suficiente longitud como para cruzar de isla en isla por su propia cuenta, sin necesidad de barco alguno, confirmando la leyenda que gira en torno a él. Detectas que su cabeza está colgando lastimeramente de la parte más alta del palo mayor. El pobre animal aúlla y se queja sonoramente debido a la evidente incomodidad que sufre.
Frente al barco, un hombre humano que debe llegar fácilmente a los tres metros de altura, bastante flacucho, tiene los brazos colocados en jarra mientras grita órdenes a diestro y siniestro, completamente ajeno a tu presencia e ignorando los quejidos del animal. A su lado, otro ser humano más bajito, de piel morena, rapado y lleno de tatuajes se encarga de transmitir los sentimientos de su capitán a base de latigazos. Aquel que no trabaje adecuadamente se lleva una buena azotaina. Esa parece ser la norma.
—Son esos dos, pífate.
—El capitán es el alto, páfate.
—Y el contramaestre el bajito, pífate.
—Pobre chucho, páfate.
—Me recuerda a nosotros, pífate...
—Buena suerte, páfate.
—No creo que podamos ayudarte aquí, pífate.
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