25-08-2025, 12:31 AM
En Samba, por estas épocas, el calorcito siempre invita a buscar distracciones, ¡y qué mejor que una buena carrera de botes en el río! El bullicio era increíble: gente gritando, apostando, discutiendo sobre los navegantes era un espectáculo tan emocionante que hasta yo podía perder la noción del tiempo viéndolo.
—¡¡VAMOOOH KASUUUU, VAMOOHH!!—
Mi voz tronó entre la multitud con tanta fuerza que varias cabezas voltearon. WUAWUAWUAWUA, nunca he sabido ser discreta; mi tamaño, mis pasos fuertes y mi tono de voz me delatan siempre.
Un par de ancianos a mi lado murmuraban que los botes de antes eran mejores, que ya no los hacían tan resistentes como antes. No pude evitar meterme en la conversación, con mi sonrisa más brillante y una mano ajustando mi bufanda morada, esa que nunca suelto.
—¡No diga eso, viejoh! Estos botes son una belleza, ¡nama vea ese del número 46! ¿A poco no es una maravilla?—
El anciano me miró raro, no porque no me hubiera visto, era imposible pasar desapercibida entre tanta gente, sino porque tal vez mi cuerno o mi rostro oni le inspiraban desconfianza. Pero yo trato a todos igual, con alegría y sin reservas. De pronto, dos botes adelantaron al 46 y se me escapó otro grito.
—¡¡KASUUU, MANEJA BIEN ESE BOTE, NO SEAH TARADOO!!—
Mi voz retumbó más fuerte que muchas otras, mezclándose con los cientos de gargantas que alentaban a sus favoritos. Estaba extasiada, como si cada golpe de remo me atravesara el corazón.
—¿Hará su apuesta, señorita?—
Un hombre se acercó con amabilidad, aunque ya era obvio, yo no me pierdo una apuesta en estas competencias.
—¡WUAWUAWUAWUA! Claro que sí, viejoh póngale quince mil berries al 46—.
Apreté los dientes con emoción mientras el río seguía rugiendo con los botes que avanzaban, cada uno empujado por el esfuerzo, la pasión y mis gritos desbordados que parecían querer llegar hasta los navegantes.
—¡¡VAMOOOH KASUUUU, VAMOOHH!!—
Mi voz tronó entre la multitud con tanta fuerza que varias cabezas voltearon. WUAWUAWUAWUA, nunca he sabido ser discreta; mi tamaño, mis pasos fuertes y mi tono de voz me delatan siempre.
Un par de ancianos a mi lado murmuraban que los botes de antes eran mejores, que ya no los hacían tan resistentes como antes. No pude evitar meterme en la conversación, con mi sonrisa más brillante y una mano ajustando mi bufanda morada, esa que nunca suelto.
—¡No diga eso, viejoh! Estos botes son una belleza, ¡nama vea ese del número 46! ¿A poco no es una maravilla?—
El anciano me miró raro, no porque no me hubiera visto, era imposible pasar desapercibida entre tanta gente, sino porque tal vez mi cuerno o mi rostro oni le inspiraban desconfianza. Pero yo trato a todos igual, con alegría y sin reservas. De pronto, dos botes adelantaron al 46 y se me escapó otro grito.
—¡¡KASUUU, MANEJA BIEN ESE BOTE, NO SEAH TARADOO!!—
Mi voz retumbó más fuerte que muchas otras, mezclándose con los cientos de gargantas que alentaban a sus favoritos. Estaba extasiada, como si cada golpe de remo me atravesara el corazón.
—¿Hará su apuesta, señorita?—
Un hombre se acercó con amabilidad, aunque ya era obvio, yo no me pierdo una apuesta en estas competencias.
—¡WUAWUAWUAWUA! Claro que sí, viejoh póngale quince mil berries al 46—.
Apreté los dientes con emoción mientras el río seguía rugiendo con los botes que avanzaban, cada uno empujado por el esfuerzo, la pasión y mis gritos desbordados que parecían querer llegar hasta los navegantes.
