27-08-2025, 11:28 AM
La broma no había resultado ser especialmente graciosa, o al menos no para Kenzo, que en cuanto la escuchó frunció el ceño con gesto de fastidio, cargado de un enfado que no intentó disimular para luegodarme un pequeño sermón, pero tenía razón, nadie en este mundo querría ver a la bruja malvada Triana recién despierta, solo imaginarlo ya me arrancaba una media sonrisa que tuve que ocultar para no echar más leña al fuego. Sin embargo, pese a su enfado inicial, me dijo que la broma había estado bien, pobre chaval, se notaba que era buena persona. Me daba lástima, incluso ternura, verlo así, tratando de mantener una fachada de dureza que a duras penas le salía. Tras esto le pregunté que hacía despierto y me apartó la mirada mientras agacahaba la cabeza y al cabo de unos pocos segundos de preocupación confesó que se sentaba mal por algo. Aún cabizbajo dijo que no había podido hacer nada contra aquel marine, el de Momoiro, y parecía que esa impotencia lo estaba devorando por dentro.
Lo entendía. Vaya si lo entendía. Esa sensación ya la había vivido antes, y por no haber sido lo suficientemente fuerte Peixe había muerto delante de mis narices, así que entendía perfectamente como se podía estar sintiendo en ese momento, pero no podía permitirlo. Ellos estaban en mi tripulación, navegaban conmigo porque habían confiado en seguir mi sueño. Si había alguien que debía cargar con el peso de las pérdidas, si había alguien que debía asumir la responsabilidad de que el grupo se mantuviera vivo y unido, ese alguien era yo. Nadie más. Yo era el capitán, y eso significaba que el dolor de los míos también era mío, que no podía dejar que sus hombros se quebraran bajo una carga que me correspondía soportar. Por eso, y solo por eso, me había prometido que encontraría a la División de Joe. Y cuando lo hiciera, no me temblaría la mano: iba a matar a la serpiente empezando por la cabeza.
Sin levantar la mirada de la madera del barco que pisaban sus pies, el joven Kenzo añadió que Aspros se había quedado en la isla a raiz del ataque de la marina, ya que no querría estar con alguien tan débil. Esa confesión me arrancó una sonrisa, suave, casi inevitable. No porque me alegrara de lo ocurrido, sino porque en ese instante comprendí que Kenzo aún no había entendido algo fundamental: la fuerza no siempre se mide por la capacidad de derrotar enemigos, sino por la voluntad de seguir adelante pese a todo.
Me quedé observándolo un momento en silencio. Kenzo seguía con la cabeza gacha, los hombros tensos y la respiración cargada de frustración. Era un muchacho fuerte, lo había demostrado más de una vez, pero no estaba entendiendo en que consiste ser fuerte. A veces, incluso los más bravos necesitan recordar que no están solos. Sin pensarlo demasiado, levanté la mano y la apoyé suavemente sobre su cabeza, despeinando un poco su cabello en un gesto que parecía torpe, pero que tenía una intención clara, que levantara la mirada del suelo.
-No digas tonterías. -dije con voz firme pero calmada. -Un mar en calma nunca hizo a un marinero experto. -parafraseé a mi padre. -Esta tripulación está formada por gente valiente, pero valiente de verdad. Gente que no se conforma con lo que le dicen, somos las alas de la libertad. Pero nuestros nakamas no solo son valientes, son las personas más fuertes que conozco. No porque ganen más o menos batallas, sino porque nunca abandonarían a los suyos, confían los unos en los otros. Y tú... -dije mientras le levantaba levemente la cabeza para que me mirara directamente. -... tú también eres así.
Aparté mi mano de su cabeza y me giré hacia la inmensidad del mar.
-Aspros no se quedó en Momoiro porque no quisiera estar contigo. Se quedó porque encontró su camino, no te creas tan importante... -le dije en tono de burlón. -Ahora en serio, mientras yo sea el capitán de los Alas Negras no voy a dejar que ninguno de los míos se hunda por pensar que no es suficiente.
Lo entendía. Vaya si lo entendía. Esa sensación ya la había vivido antes, y por no haber sido lo suficientemente fuerte Peixe había muerto delante de mis narices, así que entendía perfectamente como se podía estar sintiendo en ese momento, pero no podía permitirlo. Ellos estaban en mi tripulación, navegaban conmigo porque habían confiado en seguir mi sueño. Si había alguien que debía cargar con el peso de las pérdidas, si había alguien que debía asumir la responsabilidad de que el grupo se mantuviera vivo y unido, ese alguien era yo. Nadie más. Yo era el capitán, y eso significaba que el dolor de los míos también era mío, que no podía dejar que sus hombros se quebraran bajo una carga que me correspondía soportar. Por eso, y solo por eso, me había prometido que encontraría a la División de Joe. Y cuando lo hiciera, no me temblaría la mano: iba a matar a la serpiente empezando por la cabeza.
Sin levantar la mirada de la madera del barco que pisaban sus pies, el joven Kenzo añadió que Aspros se había quedado en la isla a raiz del ataque de la marina, ya que no querría estar con alguien tan débil. Esa confesión me arrancó una sonrisa, suave, casi inevitable. No porque me alegrara de lo ocurrido, sino porque en ese instante comprendí que Kenzo aún no había entendido algo fundamental: la fuerza no siempre se mide por la capacidad de derrotar enemigos, sino por la voluntad de seguir adelante pese a todo.
Me quedé observándolo un momento en silencio. Kenzo seguía con la cabeza gacha, los hombros tensos y la respiración cargada de frustración. Era un muchacho fuerte, lo había demostrado más de una vez, pero no estaba entendiendo en que consiste ser fuerte. A veces, incluso los más bravos necesitan recordar que no están solos. Sin pensarlo demasiado, levanté la mano y la apoyé suavemente sobre su cabeza, despeinando un poco su cabello en un gesto que parecía torpe, pero que tenía una intención clara, que levantara la mirada del suelo.
-No digas tonterías. -dije con voz firme pero calmada. -Un mar en calma nunca hizo a un marinero experto. -parafraseé a mi padre. -Esta tripulación está formada por gente valiente, pero valiente de verdad. Gente que no se conforma con lo que le dicen, somos las alas de la libertad. Pero nuestros nakamas no solo son valientes, son las personas más fuertes que conozco. No porque ganen más o menos batallas, sino porque nunca abandonarían a los suyos, confían los unos en los otros. Y tú... -dije mientras le levantaba levemente la cabeza para que me mirara directamente. -... tú también eres así.
Aparté mi mano de su cabeza y me giré hacia la inmensidad del mar.
-Aspros no se quedó en Momoiro porque no quisiera estar contigo. Se quedó porque encontró su camino, no te creas tan importante... -le dije en tono de burlón. -Ahora en serio, mientras yo sea el capitán de los Alas Negras no voy a dejar que ninguno de los míos se hunda por pensar que no es suficiente.
![[Imagen: fqQSUZC.png]](https://i.imgur.com/fqQSUZC.png)
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