29-08-2025, 02:52 AM
El bullicio seguía en aumento, cada bote parecía dar un espectáculo distinto con los remeros sudando la vida en el río. Yo ya estaba ronca de tanto gritar, pero eso nunca me detiene. —¡WUAWUAWUAWUA!— Con una mano me sujetaba el sombrero para que no saliera volando y con la otra agitaba mi bufanda como si con eso pudiera empujar al bote 46 hasta la meta.
Fue entonces que lo noté. No por casualidad, claro, un gigantón destacaba incluso más que yo entre toda la multitud. Desde la linde del bosque, allá atrás, su sombra era tan clara como un faro en la noche, no estaba gritando como los demás, al contrario, parecía querer pasar desapercibido, lo cual resultaba raro para alguien de ese tamaño.
—¡Oyeh, grandulón!— troné con toda naturalidad, como si fuera un viejo conocido. Varias personas a mi alrededor se callaron de golpe, sorprendidas de que me atreviera a alzarle la voz a un gigante, pero yo nunca he sabido medir esas cosas.
Le sonreí de oreja a oreja, con la mano en la cintura y el dedo señalándolo como si estuviera a un metro, aunque estaba bastante más lejos. —¿No va a apostar, amigoh? ¡Si se queda tan quieto se va a oxidar!—
Algunos murmuraban cosas, otros miraban con cierta tensión, pero yo solo veía a alguien enorme que, como yo, había decidido detenerse a mirar la fiesta del río.
Di un par de pasos fuertes entre la multitud, abriéndome paso sin problema, el suelo retumbaba un poco con mis botas mientras seguía hablándole a voces. —¡Vengaseh pa’ acá, que de tan arriba seguro ve quién va ganando mejor que todos nosotros!—
Con un brillo en los ojos y la emoción todavía encendida por la carrera, mi voz resonaba como un tambor entre los gritos, para mí no era un gigante extraño ni un posible peligro, era simplemente otro espectador que merecía disfrutar el espectáculo y quizá apostar unos berries conmigo.
Algunos en la multitud me miraban raro, cuchicheando por mi cuerno o por mi manera de hablar, pero eso nunca me ha importado. Yo seguía abriéndome paso como si fuera parte de la fiesta misma, saludando a diestra y siniestra, con mi sonrisa plantada como estandarte. El calor, los gritos, el olor a río y a apuestas me hacían sentir viva, y la idea de que un gigantón se quedara sin disfrutar todo eso simplemente no me cabía en la cabeza.
—¡WUAWUAWUAWUA!— solté otra carcajada, dándole una palmada amistosa en la espalda a un viejoh que casi se cae del susto. —¡Vamos, que hoy la suerte está de nuestro lado!—. Mis ojos ámbar buscaron de nuevo al coloso entre la arboleda, brillando con un reto juguetón. —Si no viene pa’ acá, le mando un plato de arroz con sake pa’ convencerlo, ¡pero apuesteh algo, que el río no espera!—.
Fue entonces que lo noté. No por casualidad, claro, un gigantón destacaba incluso más que yo entre toda la multitud. Desde la linde del bosque, allá atrás, su sombra era tan clara como un faro en la noche, no estaba gritando como los demás, al contrario, parecía querer pasar desapercibido, lo cual resultaba raro para alguien de ese tamaño.
—¡Oyeh, grandulón!— troné con toda naturalidad, como si fuera un viejo conocido. Varias personas a mi alrededor se callaron de golpe, sorprendidas de que me atreviera a alzarle la voz a un gigante, pero yo nunca he sabido medir esas cosas.
Le sonreí de oreja a oreja, con la mano en la cintura y el dedo señalándolo como si estuviera a un metro, aunque estaba bastante más lejos. —¿No va a apostar, amigoh? ¡Si se queda tan quieto se va a oxidar!—
Algunos murmuraban cosas, otros miraban con cierta tensión, pero yo solo veía a alguien enorme que, como yo, había decidido detenerse a mirar la fiesta del río.
Di un par de pasos fuertes entre la multitud, abriéndome paso sin problema, el suelo retumbaba un poco con mis botas mientras seguía hablándole a voces. —¡Vengaseh pa’ acá, que de tan arriba seguro ve quién va ganando mejor que todos nosotros!—
Con un brillo en los ojos y la emoción todavía encendida por la carrera, mi voz resonaba como un tambor entre los gritos, para mí no era un gigante extraño ni un posible peligro, era simplemente otro espectador que merecía disfrutar el espectáculo y quizá apostar unos berries conmigo.
Algunos en la multitud me miraban raro, cuchicheando por mi cuerno o por mi manera de hablar, pero eso nunca me ha importado. Yo seguía abriéndome paso como si fuera parte de la fiesta misma, saludando a diestra y siniestra, con mi sonrisa plantada como estandarte. El calor, los gritos, el olor a río y a apuestas me hacían sentir viva, y la idea de que un gigantón se quedara sin disfrutar todo eso simplemente no me cabía en la cabeza.
—¡WUAWUAWUAWUA!— solté otra carcajada, dándole una palmada amistosa en la espalda a un viejoh que casi se cae del susto. —¡Vamos, que hoy la suerte está de nuestro lado!—. Mis ojos ámbar buscaron de nuevo al coloso entre la arboleda, brillando con un reto juguetón. —Si no viene pa’ acá, le mando un plato de arroz con sake pa’ convencerlo, ¡pero apuesteh algo, que el río no espera!—.
