07-09-2025, 04:13 PM
Es por todos bien sabido que el hombre no es otra cosa que una síntesis de lo psíquico y lo corporal. Pero lo que muchos desconocen es que en él también vive lo temporal. Por eso, para Bai, como para tantos otros —ni mucho menos vayas a creer que ella es especial, mi querido lector—, cuando lo temporal se estira hasta volverse perenne, aparece un extraño sentimiento que pocos desean abrazar: la soledad. Y con ella acontece algo más: la ansiedad ante la posibilidad de estar solo en este mundo, olvidado por las divinidades.
Y eso es lo que le pasa a ella.
No hablamos de un camino de soledad forjado por su espíritu inquebrantable, de esa vida de lobo estepario escogida por uno mismo en la que los vínculos quedan reducidos a una mera carnalidad. No. Hablamos del más profundo y palpable desasosiego que alguien puede soportar, de la figura de ese ser cultivado, espiritual y con aspiraciones elevadas que, pese a amar al hombre y a la vida, es incapaz de participar de ellos.
Y si al menos fuera un consuelo para ella saber que simplemente estaba condenada a vivir en soledad, a no hallar felicidad alguna en ninguno de los mundos que le eran accesibles, quizá podría sentir cierta satisfacción en la vida contemplativa. Mas, sin embargo, cuando sabes que la privación de tu vida social no es otra cosa que fruto del lenguaje, ¿cómo puedes aceptar eso?, ¿cómo hacerlo cuando sabes que, en algún lugar del vasto mundo, hay gente que sí te comprende, que te entiende y que, por ende, puede arrancar ese sentimiento de tu psique?
Quizá todo esto sea palabrería para ti. Una sarta de intrincados pensamientos que no te provocan nada más que un juicio de “pobre desgraciada”. Pero es importante comprenderlo. Porque aquella mañana, en un día como cualquier otro, cuando Bai salió a contemplar las rarezas que ofrecían en el mercado dominical de la zona sur, fue acusada de un agravio que jamás cometería. Alguien había robado —un pequeño hurto de poco más de dos o tres berries—, pero que en realidad se volvió algo extremadamente doloroso para alguien como ella. Y es que, en su paso por uno de los puestos de fruta —ese delicado y jugoso manjar que tanto agradaba a la forastera—, alguien que estaba a su lado decidió robar un par de piezas y gritar que la había visto a ella hurtar.
Como era de esperar, ella no entendía nada. Ni siquiera podía expresarse. No porque sus labios estuvieran sellados, sino porque, simplemente, no conocía aquel lenguaje.
De esta forma terminó siendo humillada. Suerte tenía de su estatura pues, de no ser por eso, quizá las cosas habrían sido peores.
Y mientras tanto, en su interior, la cabeza le daba vueltas, entremezclándose sus pensamientos de dolor y soledad con los gritos del tendero, que no hacía más que insultarla mientras ella intentaba por todos los medios explicar que no había hecho nada.
Y eso es lo que le pasa a ella.
No hablamos de un camino de soledad forjado por su espíritu inquebrantable, de esa vida de lobo estepario escogida por uno mismo en la que los vínculos quedan reducidos a una mera carnalidad. No. Hablamos del más profundo y palpable desasosiego que alguien puede soportar, de la figura de ese ser cultivado, espiritual y con aspiraciones elevadas que, pese a amar al hombre y a la vida, es incapaz de participar de ellos.
Y si al menos fuera un consuelo para ella saber que simplemente estaba condenada a vivir en soledad, a no hallar felicidad alguna en ninguno de los mundos que le eran accesibles, quizá podría sentir cierta satisfacción en la vida contemplativa. Mas, sin embargo, cuando sabes que la privación de tu vida social no es otra cosa que fruto del lenguaje, ¿cómo puedes aceptar eso?, ¿cómo hacerlo cuando sabes que, en algún lugar del vasto mundo, hay gente que sí te comprende, que te entiende y que, por ende, puede arrancar ese sentimiento de tu psique?
Quizá todo esto sea palabrería para ti. Una sarta de intrincados pensamientos que no te provocan nada más que un juicio de “pobre desgraciada”. Pero es importante comprenderlo. Porque aquella mañana, en un día como cualquier otro, cuando Bai salió a contemplar las rarezas que ofrecían en el mercado dominical de la zona sur, fue acusada de un agravio que jamás cometería. Alguien había robado —un pequeño hurto de poco más de dos o tres berries—, pero que en realidad se volvió algo extremadamente doloroso para alguien como ella. Y es que, en su paso por uno de los puestos de fruta —ese delicado y jugoso manjar que tanto agradaba a la forastera—, alguien que estaba a su lado decidió robar un par de piezas y gritar que la había visto a ella hurtar.
Como era de esperar, ella no entendía nada. Ni siquiera podía expresarse. No porque sus labios estuvieran sellados, sino porque, simplemente, no conocía aquel lenguaje.
De esta forma terminó siendo humillada. Suerte tenía de su estatura pues, de no ser por eso, quizá las cosas habrían sido peores.
Y mientras tanto, en su interior, la cabeza le daba vueltas, entremezclándose sus pensamientos de dolor y soledad con los gritos del tendero, que no hacía más que insultarla mientras ella intentaba por todos los medios explicar que no había hecho nada.
