Soledad [Pasado/Cao]
#3
Para cualquiera que careciera de ojo clínico, resultaba evidente que los hombros marmóreos de la morena habían adoptado un cariz tensional.
Se advertía en las contracciones involuntarias, en aquel modo —casi imperceptible— en que el estrés reptaba bruscamente por el cuello hasta endurecerlo, alterando las venas por su paso, ahora marcadas, y apretandole la mandíbula.

Sí, estaba nerviosa; estaba tensa. Y todo porque su mente, habituada al tempo del pensar, avanzaba con mayor premura de la que su lengua lograba acompañar haciéndo que el silencio se instaurase en su boca.

De repente, y en medio de aquel intercambio de insultos unidireccionales, se llevó una mano a la frente.

Sus labios se torcieron en un gesto de irritación, revelando que algo dentro de ella se desbordaba; y, entonces, como si un yelmo opresivo se cerrase sobre su cabeza, se instaló en ella un dolor tan agudo como desconcertante. Era migraña. Los dientes le rechinaron, la mano se crispó con fuerza y, al fin, exclamó un:《¡Basta ya!》, que, en realidad, sonó con la misma fuerza que un cachorro al intentar ladrar.
En efecto, no tenía por costumbre discutir de esa manera ni elevar la voz.
Y eso la delataba.

Sin embargo, la fortuna no la había abandonado.

Porque justo cuando el suelo comenzó a oscilar bajo sus pies, y sus propios ojos —empeñados en asegurarle que nada se movía— le devolvían un temblor más sentido que percibido, apareció un hombre, raudo como el rayo, que, al parecer, sintió cierta compasión por ella.

Sus ojos se empañaron y su corazón, ya desbocado, se contrajo en un instante, arrancándole una punzada de dolor que la dejó sin aliento. A ello se sumó una contracción involuntaria que le robó el aire, mostrando que, incluso el propio cuerpo se había rendido al peso de la emoción.

Y es que, frente a ella, se desplegaba una escena tan noble como inesperada; había sido el propio desasosiego —terrible enfermedad del alma donde las haya—, unido a la mezcla de recelo y cálculo por parte de la comunidad, lo que la había hecho sentirse poco a poco deshumanizada. Porque, aunque se negara a aceptar tal verdad, lo cierto es que, a los ojos de muchos, había quedado reducida a una cifra: al número de Berries que portaba.
Y todo se resolvía en una única pregunta, siempre la misma, inmutable, cruda y cruel: ¿cuánto?. ¿Cuánto puedo sacar de ella? O, en su defecto, ¿cuánto necesita ella de mí?
Si la veían con víveres, la balanza se inclinaba hacia lo primero. Si en cambio iba con las manos vacías, con la mirada quizás demasiado fija en lo ajeno o lo desconocido, entonces recaía en lo segundo.

Y aquella balanza, como toda injusticia, se revelaba desproporcionada. Al fin y al cabo, cuando el miedo somete al individuo de tal manera, no cabe esperar otra respuesta.

No es que en ella imperara lo intimidante; no. Al contrario, solía poseer la gracia de la dulzura y la suavidad. Pero la incertidumbre —la mera concepción de una posibilidad, especialmente si la magnitud del mal es grande para quien la enfrenta— podía generar un temor intenso, incluso cuando la probabilidad de que ocurriera algo malo era mínima.

Y, Bai, solía justificarlo: como actos banales de personas sin juicio crítico, gobernadas por sus pasiones.

Y no, no solía afectarle en exceso, pues contaba con la compañía leal de su amigo felino, refugio funcional contra la hostilidad del entorno. Pero desde hacía unos días, esa enfermedad invisible, se había ido enraizando cada vez más hondo en su espíritu. Tan profundamente que, al final, le habían hecho sentir algo todavía más inquietante: la sospecha de haberse convertido en una mera cosa sujeta al estado de animo del nativo.

Por eso, cuando vió aquel gesto de resistencia moral, sintió que le devolvían la conciencia de ser un ser sapiente y no mera cosa. Y, en consecuencia, una lágrima perlada asomó, tímida y curiosa, en el rincón de su ojo izquierdo.

Presta, Bai se la enjugó con el dorso de la mano; mas en vano fue, pues otra, testaruda, rodó desde su ojo derecho.

Así, mientras su respiración intentaba recobrar la calma y su corazón hallaba de nuevo su compás, ocurrió un hecho tan insólito como enternecedor.

Después, como si el destino —ese ser de caprichosas costumbres— quisiera que la vieran en aquella frágil posición, el hombre se volvió hacia ella mientras varias lágrimas recorrían sus mejillas en un llanto mudo, semejante a una fina lluvia de verano que apenas se siente.

—Por favor… —murmuró en su lengua olvidada—. Disculpe —añadió, haciendo un gesto con la mano para pedir tiempo. Tiempo para borrar el camino húmedo que habían trazado las liberadoras lágrimas de Bai.

Y, tras ello, para su sorpresa, el hombre le ofreció aquello que hasta entonces había sido parte de su mal.

Conmovida por las acciones del samaritano, Bai no pudo hacer otra cosa que llevar su diestra hasta el pecho, en un gesto que expresaba tanto respeto como  agradecimiento. Pero su corazón y su alma, tocados por aquel buen hacer, querían liberarse aún más; y, presa de la emoción, las lágrimas brotaron de nuevo, inevitables e incontenibles.

Tratando de controlarse, Bai respiró hondo, intentando calmar el temblor que recorría sus hombros y su torso, ahora tensos por otro motivo. Se limpió de nuevo las lágrimas y, con las manos aún temblorosas, agarró con fuerza el cesto.

—Muchísimas gracias —balbuceó, consciente de que probablemente no la entendería, pero tan llena de gratitud que debía intentarlo.

En ese instante, sintió cómo la tensión que había aferrado su cuerpo durante días comenzaba a ceder, como si lentamente se desprendiera de ella, un hilo a hilo. A aquella liberación se sumaba, sin embargo, el dolor físico que dejaba el llanto: una jaqueca punzante y persistente que recorría su sien.

El dolor era intenso, y una mueca torcida apareció en su rostro, mezcla de incomodidad y alivio; pero incluso en ella, en aquel gesto involuntario, había un indicio de relajación: los hombros descendían suavemente y su pecho respiraba con más naturalidad.

Por desgracia, igual que todo lo que sube debe bajar, la adrenalina necesitaba ser expulsada.

Tan pronto como su cuerpo cedió a la relajación, Bai se vio obligada a cerrar los ojos, pues, una oleada de náuseas le recorrió el estómago —un reflejo inesperado de todo lo que su cuerpo acababa de liberar—, recordándole cuán intenso había sido el cúmulo de emociones que apenas comenzaba a desvanecerse.
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Mensajes en este tema
Soledad [Pasado/Cao] - por Bai Mudan - 07-09-2025, 04:13 PM
RE: Soledad [Pasado/Cao] - por Cao Guojiu - 07-09-2025, 05:32 PM
RE: Soledad [Pasado/Cao] - por Bai Mudan - 15-09-2025, 01:18 PM
RE: Soledad [Pasado/Cao] - por Cao Guojiu - 06-10-2025, 11:21 PM
RE: Soledad [Pasado/Cao] - por Bai Mudan - 18-10-2025, 12:35 AM

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