27-09-2023, 05:53 PM
El local que el panda había escogido era bastante grande, con una arquitectura particular y posiblemente con siglos de historia, a diferencia de los bares de muchos pueblos que eran casas acondicionadas para servir bebidas y poco más. La pregunta del peliblanco era meritoria de reflexión, pero el panda encontró la respuesta encerrada en sus pensamientos. —Creo que todo el mundo pasa por Loguetown, tanto quien es alguien como quien no lo es. —Es decir, que la grandeza no viene de haber visitado o no la ciudad, sino que sencillamente todo el mundo la visitaba porque tenía historia, porque sus fantasías sintonizaban una melodía con las leyendas que de la ciudad emanaban. Sobre aquellas calles, en aquellos lugares emblemáticos, los sueños se materializaban en deseos y los deseos se transformaban en aventuras. —Quizás nuestra presencia aquí sea recordada algún día como predecesora de nuestra grandeza. —Y lo dejó ahí, en el aire. No añadió más a aquella oración porque no sintió la necesidad de hacerlo. La solemnidad de aquellas palabras fue interrumpida por la presencia de demasiadas especias sobre un trozo de carne situado a escasos centímetros del torso del panda. Don Bambú miró hacia abajo y se dio cuenta de que un señor árabe, bajito y con una media sonrisa cautivadora le estaba ofreciendo comida callejera. —¡No arrepentir amigo monstruuuuo! —Kovashi empezó a reírse y el panda no pudo evitar sonreír un poco. Al ver que el panda no le ignoraba, el comerciante colocó su mano en el lateral de su cara, como pretendiendo tapar aquella conversación y adoptando un gesto de complicidad. —Trss moneditssss ¡Y Voy A La Ruina! —Eso último sonaba ensayado. Sin duda un comerciante de aquel calibre merecía vender algo. El panda sacó de su bolsillo exactamente tres monedas y se las tendió al comerciante. Con un rápido movimiento de manos, las monedas ya no estaban en posesión del panda, pero sí lo estaba una especie de bocadillo raro. Nunca había comido nada parecido, porque en Isla Conomi no vendían esas cosas. —Grac... —Pero el comerciante ya estaba otra vez junto a su puesto, ofreciendo el mismo trato a todo el mundo como si fuera la mejor oferta del mundo. A ojos del panda era enano y muy escurridizo.
Don Bambú siguió a Kovashi al interior de la taberna con la humeante delicatessen en su mano derecha. El local tenía pinta de medio restaurante, pero podría ser un bar donde sencillamente se servía comida. El panda seleccionó la silla más robusta que encontró y se sentó a un lado del peliblanco. Aunque la silla no era tan alta como un taburete, la cabeza del panda daba más o menos donde la de su compañero por la diferencia de alturas al sentarse. Kovashi pidió una cerveza y el panda aprovechó la presencia de la camarera. —Para mí otra, lo más grande que pueda ser. —Y se la sirvió también al momento. La jarra era de litro y medio, una auténtica monstruosidad. Antes de irse después de unos momentos tensos con el peliblanco, la camarera le echó un ojo a la comida que llevaba el panda. —No se puede... La comida de fuera no está permitida. —Esa sí que no se la esperaba. Las ciudades eran una cosa rara, pero al panda ni le apetecía discutir ni irse fuera a comer, así que abrió el envoltorio de aquella cosa y se la metió entera en la boca. Estaba medio caliente y medio fría, como si la carne se hubiera calentado separada de las verduras y las salsas, pero no estaba mala. Las especias le daban un sabor bastante picante. Para la enorme boca del panda aquella cosa era como un aperitivo. Al ver eso, la camarera decidió que decirle algo sería una pérdida de tiempo y energía y se fue con unos hombrecillos verdes cuya raza el panda no logró identificar. El panda se bajó la comida con ayuda de un largo trago de cerveza y no pudo evitar comentarlo. —El primer bar que veo que no deja comida de fuera. —Y se encogió de hombros. El panda miró a la otra camarera. Tenía el pelo de un color indeterminado, seguramente lo que la gente que percibía los colores correctamente denominaba rojo o rubio. Debía de ser guapa para estándares humanos, porque tenía babeando a un par de clientes al otro lado de la barra. Aquellos dos sujetos, supo reconocer el panda, eran feos de cojones.
Y allí estaban. Dos sujetos que en principio no podían mantener una conversación de 15 minutos sin insultarse el uno al otro, sin lanzarse puyas o enfadarse con la personalidad tan antagónica de su compañero, bebiendo pacíficamente cerveza en un bar restaurante con posiblemente siglos de historia y una clientela extremadamente desagradable. Don Bambú decidió preguntarle a su compañero algo que rondaba su cabeza desde hacía un tiempo ya. —¿De dónde eres? —Para algunas personas su origen era algo de lo que sencillamente no se hablaba, pero no sabía qué filosofía de vida llevaba su compañero más allá del alcohol, las mujeres, la fiesta y la fama.
