Tras el estallido de Haoshoku, mi corazón bombeaba tan fuerte y con tanta intensidad que sentía que se me iba a salir del pecho. Eso probablemente era mi máxima capacidad con aquel poder... por ahora. Estaba bien poder comprobar los límites, aunque no podía ni debía ser descuidado ya en el Nuevo Mundo. Ahora no podría usar mi Kenbunshoku o mi Busoshoku con soltura ni a la ligera, y tendría que dedicarme a descansar un poco para poder estar dispuesto más adelante.
Entonces comencé a caminar, y cuando conseguí poner un pie dentro de la habitación lo único que vi fue a una mujer tirada en el suelo, con algunos fragmentos y escombros, algos objetos diversos, y a Viktor de pie a poca distancia de ella. Abrí los ojos de par en par, y de pronto la satisfacción de haber liberado mi propio poder se volvió incredulidad — ¡Oe oe venga ya! — dije, y chasqueé la lengua, mirando a Viktor — ¿De verdad no me has esperado ni cinco putos minutos? — le recriminé, dando varios pasos más acercándome al cuerpo de la mujer, pudiendo ver la espuma de su boca y reconociendo que ahora estaba inconsciente por el poder de mi Haoshoku, y no por culpa de Viktor — ¡No me jodas! — grité, pasando de incredulidad y furia — ¿Y ya está? — pregunté retóricamente, molesto e indignado, bastante desilusionado — ¡Pero que esto se supone que es un Shichibukai, por el amor de una madre! — dije mientras le daba una ligera patada en la bota a la mujer tendida en el suelo frente a mi — ¡Vamos joder! Que llevo todo el puto día caminando... ¡y hasta he corrido! — recriminé, sin recibir respuesta por su parte.
Miré a Viktor atónito, y volví a mirar a la mujer, acuclillándome a su lado y esta vez llevando el kanabo por delante y dándole un par de toques gentiles con el extremo roma del arma en el cuerpo — Vamos... haz algo... — dije en tono muy bajo, tan bajo que me di asco a mi mismo, y volví a chasquear la lengua, levantándome y girando sobre mi mismo para mirar por donde había venido — ¡¡Shoto despierta a est...!! — grité, interrumpiéndome a mi mismo viendo a Shoto tendido en el suelo, seguramente también fruto del ataque de mi Haoshoku. Entonces dejé caer el kanabo al suelo - o lo lancé - con relativa fuerza, como el niño que lanza un juguete — ¡¡Pero me cagüen los D.!! — maldije con fuerza — ¡Estoy hasta los cojones! — exclamé, y me agaché a recoger mi arma, suspirando pesadamente dándome unos segundos de silencio.
Me giré hacia Viktor señalándole con mi arma — Vete a por Endongo y tráelo aquí, consciente... o al menos vivo. Mata al resto — y guardé mi kanabo de nuevo hacia mi espalda, mirando ahora con los ojos entrecerrados a mi compañero... ¿él no había sido afectado por mi Haoshoku?
Chasqueé la lengua de nuevo, estaba bastante decepcionado. Viktor se encargaría de localizar al objetivo - como siempre - y Shoto estaba dormido, que era lo mismo que estar desaparecido haciendo jibiris científicos por todas partes - como siempre - y yo era el único que no podía hacer lo de siempre. Me dirigí hacia la mujer tendida en el suelo y me dispuse a cachearla rebuscando en todos sus bolsillos, bolsas, y cualquier lugar de la ropa donde pudiera esconder algo — E intenta no cargarte más nuestra puta casa, Vik — le dije al espadachín níveo.
Entre los enseres de la muchacha encontré varios paquetes de balas, que deseché lanzando hacia atrás, por encima de mis hombros y sin mirar. Seguidamente un trozo de papel blanco que también lancé al suelo. Un Eternal Pose que guardé en el bolsillo derecho de mi chaqueta, y un par de Den Den Mushi, igualmente lanzados un par de metros de mi... unas bolas picudas, semillas de colores, partes de armas, un rifle, un par de pistolas y un par de dagas. Todo lanzado a mis espaldas sin mirar, a excepción de una pistola blanca con un grabado que me guardé en el cinturón, en la espalda, y un cuchillo de combate, con dientes aserrados, que me dejé en la bota izquierda — Pero bueno... — dije al verle en la mano un anillo de oro, un sello que estaba con un pequeño matiz enrojecido — Algo decente — dije, sacándome el casco y dejándolo a mi lado, sacándole el anillo del dedo y poniéndomelo con torpeza en el meñique, el único dedo en el que me entraba, terminando de colocarlo con mi boca y mirándolo en mi mano tras hacerlo — Wry ha ha ha.... — reí entre dientes satisfecho al menos con ese pequeño tesoro — Hay que empezar a tener símbolos de estatus ¿eh? — me dije a mi mismo, y seguí rebuscando, pero lo único que encontré fue una ración de comida militar, que no lancé y dejé al lado de la mujer. Entonces la miré y suspiré con desgana.
— Una puta Shichibukai, la madre que me parió... — dije con resignación negando con la cabeza — Pues como sean todos así tiene cojones — maticé, y llevé mi mano hacia la tela de la camiseta negra sin mangas y vientre descubierto que portaba, a la altura del escote, y tirando de ella para rajarla y arrancarla de su cuerpo con un movimiento seco, desnudando su torso. Seguí con las fundas de cuero que llevaba en los hombros, las cuales arranqué de un tirón más fuerte, dejándola sin cobertura textil en la parte superior de su cuerpo — Nada — dije en un susurro y procedí a hacer lo mismo con sus pantalones, cortos y vaqueros, los cuales arrastré por sus piernas y saqué por sus pies. Estos los observé por un segundo y encogiéndome de hombros, los descalcé también desabrochando los cordones y sacando las botas, terminando de desnudarla por completo a excepción del par de guantes que tenía aun en las manos — No esconde absolutamente nada — dije con resignación. No tenía nada de utilidad ni de valor que no fuera ese anillo, y esa ración, así que suspirando de nuevo la giré para colocarla en posición prono - bocabajo - y me senté sobre su espalda apoyando el trasero y flexionando las rodillas, abriendo la ración y comenzando a comerla con calma mientras miraba el inventario que le había desprovisto y había lanzado - junto con su ropa hecha jirones - por la habitación.
¿Realmente hacía falta romper y quitarle su ropa? Por supuesto que no, pero - y dado que esto no me producía ningún tipo de excitación ni cumplía ningún tipo de fetiche - lo hacía simplemente para humillarla, para demostrarla cuando despertase que estaba acabada, que yo ahora era su dueño y que podía hacer con ella lo que quisiera y estuviera en mi mano. El hecho de arrebatarle todo su equipo era una cuestión de seguridad. El hecho de arrebatarle su ropa era una cuestión de simple y pura maldad. El hecho de arrebatarle su dignidad era una cuestión de juego psicológico. Y el hecho de arrebatarle su vida era algo que me reservaba para más adelante.
— Sé que no estás muerta — dije masticando su comida — Así que vamos a ver de qué pasta estás hecha cuando te despiertes — añadí, tragando y girando mi cara hacia la suya, sonriendo maquiavélicamente ocupando mi sonrisa la totalidad horizontal de mi deformado rostro por la cicatriz que lo surcaba — Esta vez va a ser divertido — y continué comiendo, mirando un punto fijo frente a mi y esperando pacientemente la llegada de mi compañero.
Entonces comencé a caminar, y cuando conseguí poner un pie dentro de la habitación lo único que vi fue a una mujer tirada en el suelo, con algunos fragmentos y escombros, algos objetos diversos, y a Viktor de pie a poca distancia de ella. Abrí los ojos de par en par, y de pronto la satisfacción de haber liberado mi propio poder se volvió incredulidad — ¡Oe oe venga ya! — dije, y chasqueé la lengua, mirando a Viktor — ¿De verdad no me has esperado ni cinco putos minutos? — le recriminé, dando varios pasos más acercándome al cuerpo de la mujer, pudiendo ver la espuma de su boca y reconociendo que ahora estaba inconsciente por el poder de mi Haoshoku, y no por culpa de Viktor — ¡No me jodas! — grité, pasando de incredulidad y furia — ¿Y ya está? — pregunté retóricamente, molesto e indignado, bastante desilusionado — ¡Pero que esto se supone que es un Shichibukai, por el amor de una madre! — dije mientras le daba una ligera patada en la bota a la mujer tendida en el suelo frente a mi — ¡Vamos joder! Que llevo todo el puto día caminando... ¡y hasta he corrido! — recriminé, sin recibir respuesta por su parte.
Miré a Viktor atónito, y volví a mirar a la mujer, acuclillándome a su lado y esta vez llevando el kanabo por delante y dándole un par de toques gentiles con el extremo roma del arma en el cuerpo — Vamos... haz algo... — dije en tono muy bajo, tan bajo que me di asco a mi mismo, y volví a chasquear la lengua, levantándome y girando sobre mi mismo para mirar por donde había venido — ¡¡Shoto despierta a est...!! — grité, interrumpiéndome a mi mismo viendo a Shoto tendido en el suelo, seguramente también fruto del ataque de mi Haoshoku. Entonces dejé caer el kanabo al suelo - o lo lancé - con relativa fuerza, como el niño que lanza un juguete — ¡¡Pero me cagüen los D.!! — maldije con fuerza — ¡Estoy hasta los cojones! — exclamé, y me agaché a recoger mi arma, suspirando pesadamente dándome unos segundos de silencio.
Me giré hacia Viktor señalándole con mi arma — Vete a por Endongo y tráelo aquí, consciente... o al menos vivo. Mata al resto — y guardé mi kanabo de nuevo hacia mi espalda, mirando ahora con los ojos entrecerrados a mi compañero... ¿él no había sido afectado por mi Haoshoku?
Chasqueé la lengua de nuevo, estaba bastante decepcionado. Viktor se encargaría de localizar al objetivo - como siempre - y Shoto estaba dormido, que era lo mismo que estar desaparecido haciendo jibiris científicos por todas partes - como siempre - y yo era el único que no podía hacer lo de siempre. Me dirigí hacia la mujer tendida en el suelo y me dispuse a cachearla rebuscando en todos sus bolsillos, bolsas, y cualquier lugar de la ropa donde pudiera esconder algo — E intenta no cargarte más nuestra puta casa, Vik — le dije al espadachín níveo.
Entre los enseres de la muchacha encontré varios paquetes de balas, que deseché lanzando hacia atrás, por encima de mis hombros y sin mirar. Seguidamente un trozo de papel blanco que también lancé al suelo. Un Eternal Pose que guardé en el bolsillo derecho de mi chaqueta, y un par de Den Den Mushi, igualmente lanzados un par de metros de mi... unas bolas picudas, semillas de colores, partes de armas, un rifle, un par de pistolas y un par de dagas. Todo lanzado a mis espaldas sin mirar, a excepción de una pistola blanca con un grabado que me guardé en el cinturón, en la espalda, y un cuchillo de combate, con dientes aserrados, que me dejé en la bota izquierda — Pero bueno... — dije al verle en la mano un anillo de oro, un sello que estaba con un pequeño matiz enrojecido — Algo decente — dije, sacándome el casco y dejándolo a mi lado, sacándole el anillo del dedo y poniéndomelo con torpeza en el meñique, el único dedo en el que me entraba, terminando de colocarlo con mi boca y mirándolo en mi mano tras hacerlo — Wry ha ha ha.... — reí entre dientes satisfecho al menos con ese pequeño tesoro — Hay que empezar a tener símbolos de estatus ¿eh? — me dije a mi mismo, y seguí rebuscando, pero lo único que encontré fue una ración de comida militar, que no lancé y dejé al lado de la mujer. Entonces la miré y suspiré con desgana.
— Una puta Shichibukai, la madre que me parió... — dije con resignación negando con la cabeza — Pues como sean todos así tiene cojones — maticé, y llevé mi mano hacia la tela de la camiseta negra sin mangas y vientre descubierto que portaba, a la altura del escote, y tirando de ella para rajarla y arrancarla de su cuerpo con un movimiento seco, desnudando su torso. Seguí con las fundas de cuero que llevaba en los hombros, las cuales arranqué de un tirón más fuerte, dejándola sin cobertura textil en la parte superior de su cuerpo — Nada — dije en un susurro y procedí a hacer lo mismo con sus pantalones, cortos y vaqueros, los cuales arrastré por sus piernas y saqué por sus pies. Estos los observé por un segundo y encogiéndome de hombros, los descalcé también desabrochando los cordones y sacando las botas, terminando de desnudarla por completo a excepción del par de guantes que tenía aun en las manos — No esconde absolutamente nada — dije con resignación. No tenía nada de utilidad ni de valor que no fuera ese anillo, y esa ración, así que suspirando de nuevo la giré para colocarla en posición prono - bocabajo - y me senté sobre su espalda apoyando el trasero y flexionando las rodillas, abriendo la ración y comenzando a comerla con calma mientras miraba el inventario que le había desprovisto y había lanzado - junto con su ropa hecha jirones - por la habitación.
¿Realmente hacía falta romper y quitarle su ropa? Por supuesto que no, pero - y dado que esto no me producía ningún tipo de excitación ni cumplía ningún tipo de fetiche - lo hacía simplemente para humillarla, para demostrarla cuando despertase que estaba acabada, que yo ahora era su dueño y que podía hacer con ella lo que quisiera y estuviera en mi mano. El hecho de arrebatarle todo su equipo era una cuestión de seguridad. El hecho de arrebatarle su ropa era una cuestión de simple y pura maldad. El hecho de arrebatarle su dignidad era una cuestión de juego psicológico. Y el hecho de arrebatarle su vida era algo que me reservaba para más adelante.
— Sé que no estás muerta — dije masticando su comida — Así que vamos a ver de qué pasta estás hecha cuando te despiertes — añadí, tragando y girando mi cara hacia la suya, sonriendo maquiavélicamente ocupando mi sonrisa la totalidad horizontal de mi deformado rostro por la cicatriz que lo surcaba — Esta vez va a ser divertido — y continué comiendo, mirando un punto fijo frente a mi y esperando pacientemente la llegada de mi compañero.
Resumen
Inventario
Bélico

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