03-10-2025, 02:52 PM
(Última modificación: 03-10-2025, 02:53 PM por Rosse Bellecour.)
El sol de Samba brillaba con esa luz intensa que parecía querer competir conmigo, cariño. Poor thing, no sabía que la verdadera estrella había llegado al mercado.
Avancé entre los puestos como quien desfila sobre una pasarela invisible. Cada paso mío llevaba un swing ligero, cada cadera moviéndose al ritmo de la música callejera que un grupo de tamborileros tocaba al fondo. ¡Ay, honey! Samba siempre sabe recibir a un artista como yo, ruido, color, olores que se mezclan en un caos delicioso, pescado fresco, frutas exóticas, especias tan picantes que hacían estornudar hasta a los gatos callejeros.
—¡Cariñooo! —canturreé al pasar frente a un puesto de frutas, tomando una manzana roja sin pedir permiso —¿Qué me recomiendas hoy para endulzar mis labios? —El comerciante, un hombre robusto con bigote enroscado, me miró primero con desconfianza, pero luego, cuando mis ojos carmesí se clavaron en los suyos, se derritió como mantequilla al sol. Easy, darling, demasiado fácil. Le di una mordida a la manzana y dejé que el jugo se escurriera lentamente por mis labios pintados de carmín, haciendo un pequeño espectáculo sin necesidad de tarima.
—La paga es por adelantado —dijo él, nervioso, intentando recuperar la compostura.
—Claro que sí, honey —respondí sacando unas monedas que tintinearon como campanitas —Porque la belleza, a diferencia de tu mercancía, siempre viene con un precio. — Mi risa se expandió como si los toldos del mercado fueran mi propio techo de cabaret, algunos clientes voltearon, otros cuchichearon y unos pocos sonrieron, atrapados en el hechizo.
Seguí caminando con una bolsa en cada mano, llenándola de provisiones, pan duro para los días largos en el mar, un saco pequeño de papas, oh, darling, mis amadas papas fritas vendrían de aquí, y por supuesto botellitas de salsa dulce. Never forget the sauce. Sin ella, la carne era apenas un cadáver sin gracia. En un rincón encontré un tendero vendiendo espejos pequeños. ¡Mi debilidad! Tomé uno con marco dorado, lo alcé a la luz y me miré con un gesto dramático. Me arreglé un mechón de pelo que no necesitaba ser arreglado y guiñé a mi reflejo.
—Still gorgeous, baby. — El vendedor rió nervioso, sin saber si estaba bromeando o simplemente loco. Spoiler: eran las dos.
De pronto, un muchacho pasó corriendo entre los puestos y casi me tira la bolsa con las papas. ¡Sacrilegio! Lo detuve de un movimiento felino, colocando mi brazo frente a él como si fuera parte de una coreografía, el chico me miró con susto, cargaba pan robado y sus manos temblaban, entonces lo observé un momento, inclinando la cabeza como un gato curioso, luego, con suavidad, le acaricié la mejilla.
—Tranquilo, cariño yo también he corrido con hambre alguna vez. — El chiquillo, confundido, solo asintió. Saqué un pan de mi bolsa, se lo puse en las manos y le di una palmadita.
—Corre antes de que alguien menos encantador que yo te atrape. — El niño se fue, y yo me quedé con esa mezcla de dulzura y melancolía que a veces me brota sin permiso. Pero no podía permitir que la nostalgia robara la función, enderecé la espalda, lancé un beso al aire y volví a internarme en el bullicio del mercado.
Las miradas me seguían, algunas divertidas, otras incómodas, pero todas, cariño, todas atrapadas en el espectáculo que soy, porque donde piso yo, no queda silencio ni olvido y mientras acomodaba mis bolsas, pensé en mi barco esperando en el puerto, vacío de tripulación, pero lleno de promesas. Oh, sí, necesitaba provisiones, pero también necesitaba algo más, audience.
Avancé entre los puestos como quien desfila sobre una pasarela invisible. Cada paso mío llevaba un swing ligero, cada cadera moviéndose al ritmo de la música callejera que un grupo de tamborileros tocaba al fondo. ¡Ay, honey! Samba siempre sabe recibir a un artista como yo, ruido, color, olores que se mezclan en un caos delicioso, pescado fresco, frutas exóticas, especias tan picantes que hacían estornudar hasta a los gatos callejeros.
—¡Cariñooo! —canturreé al pasar frente a un puesto de frutas, tomando una manzana roja sin pedir permiso —¿Qué me recomiendas hoy para endulzar mis labios? —El comerciante, un hombre robusto con bigote enroscado, me miró primero con desconfianza, pero luego, cuando mis ojos carmesí se clavaron en los suyos, se derritió como mantequilla al sol. Easy, darling, demasiado fácil. Le di una mordida a la manzana y dejé que el jugo se escurriera lentamente por mis labios pintados de carmín, haciendo un pequeño espectáculo sin necesidad de tarima.
—La paga es por adelantado —dijo él, nervioso, intentando recuperar la compostura.
—Claro que sí, honey —respondí sacando unas monedas que tintinearon como campanitas —Porque la belleza, a diferencia de tu mercancía, siempre viene con un precio. — Mi risa se expandió como si los toldos del mercado fueran mi propio techo de cabaret, algunos clientes voltearon, otros cuchichearon y unos pocos sonrieron, atrapados en el hechizo.
Seguí caminando con una bolsa en cada mano, llenándola de provisiones, pan duro para los días largos en el mar, un saco pequeño de papas, oh, darling, mis amadas papas fritas vendrían de aquí, y por supuesto botellitas de salsa dulce. Never forget the sauce. Sin ella, la carne era apenas un cadáver sin gracia. En un rincón encontré un tendero vendiendo espejos pequeños. ¡Mi debilidad! Tomé uno con marco dorado, lo alcé a la luz y me miré con un gesto dramático. Me arreglé un mechón de pelo que no necesitaba ser arreglado y guiñé a mi reflejo.
—Still gorgeous, baby. — El vendedor rió nervioso, sin saber si estaba bromeando o simplemente loco. Spoiler: eran las dos.
De pronto, un muchacho pasó corriendo entre los puestos y casi me tira la bolsa con las papas. ¡Sacrilegio! Lo detuve de un movimiento felino, colocando mi brazo frente a él como si fuera parte de una coreografía, el chico me miró con susto, cargaba pan robado y sus manos temblaban, entonces lo observé un momento, inclinando la cabeza como un gato curioso, luego, con suavidad, le acaricié la mejilla.
—Tranquilo, cariño yo también he corrido con hambre alguna vez. — El chiquillo, confundido, solo asintió. Saqué un pan de mi bolsa, se lo puse en las manos y le di una palmadita.
—Corre antes de que alguien menos encantador que yo te atrape. — El niño se fue, y yo me quedé con esa mezcla de dulzura y melancolía que a veces me brota sin permiso. Pero no podía permitir que la nostalgia robara la función, enderecé la espalda, lancé un beso al aire y volví a internarme en el bullicio del mercado.
Las miradas me seguían, algunas divertidas, otras incómodas, pero todas, cariño, todas atrapadas en el espectáculo que soy, porque donde piso yo, no queda silencio ni olvido y mientras acomodaba mis bolsas, pensé en mi barco esperando en el puerto, vacío de tripulación, pero lleno de promesas. Oh, sí, necesitaba provisiones, pero también necesitaba algo más, audience.
