03-10-2025, 03:51 PM
El aire cálido de Samba me golpeó como un recuerdo disfrazado de presente. El bullicio del mercado, los aromas mezclados de especias, pescado y ron barato, el sonido de tambores que parecían querer meterse bajo la piel, todo estaba ahí, como un carnaval perpetuo que ni la miseria de los barrios junto al río podía apagar. Caminaba con la capa de oso sobre los hombros, la mirada fija, esquivando empujones y voceadores que me ofrecían mercancías que no pedí. Mi nariz detectaba demasiado, sudor, hambre, miedo, deseo, era un caos delicioso, pero yo ya estaba acostumbrado a esa clase de tempestades humanas.
Y entonces, entre tanto ruido, lo sentí, no primero con los ojos, sino con el olfato. Ese perfume inconfundible, una mezcla imposible de sudor dulce, especias, carmín y miel. Me detuve en seco, los dedos aferrándose instintivamente a la piel de mi capa, no podía ser, no aquí, no ahora, pero el destino parece disfrutar de jugar conmigo, giré la cabeza, y allí estaba. Rosse.
Caminaba entre los puestos como si todo el maldito mercado fuera su escenario personal, su andar era un baile, su risa un faro que atraía miradas, su voz un cuchillo brillante cortando el aire húmedo de Samba. Llevaba esas bolsas como si fueran parte del espectáculo, como si cargar papas fuera tan glamuroso como subir a un escenario., la gente lo seguía con la mirada, algunos fascinados, otros confundidos, y yo me quedé clavado al suelo, como un imbécil que no sabe si avanzar o esconderse.
Rosse Bellecour. Mi amigo, mi amante, mi tormenta de la isla Sorbet. Años sin verlo, y de repente, el destino nos vomita en la misma isla como si se riera de mí. La primera punzada fue de rabia. No por él, sino por mí. Porque todo este tiempo me había convencido de que la soledad era el precio justo para ser fuerte, para no depender de nadie. Había enterrado recuerdos, ahogado voces en ron y peleas, y ahora, verlo allí, brillando como si el tiempo no hubiera pasado, era como abrir esa tumba de un puñetazo.
Di un paso. El suelo crujió bajo mis botas, la gente seguía moviéndose a mi alrededor, pero yo ya no veía nada más, solo a él y, maldición, el corazón me golpeaba como en mis primeros combates, cuando todavía no sabía si saldría vivo o muerto. Avancé entre los puestos, la capa rozando frutas y telas. cuando estuve lo bastante cerca, lo vi entregarle pan a un chiquillo famélico. El gesto era tan suyo, tan jodidamente suyo, Rosse siempre tuvo esa mezcla de teatro y ternura, de exageración y verdad, yo nunca supe cómo odiarlo, ni siquiera cuando me hacía sentir pequeño con su luz.
—Beeh— la palabra salió sola, más ronca de lo que pretendía y él giró la cabeza. Sus ojos carmesí me encontraron, y por un instante el mercado entero desapareció, no había tambores, ni vendedores, ni calor, solo esa mirada que reconocí de inmediato, aunque me negara a admitirlo.
No sonreí. No podía. Mi mandíbula se tensó, los músculos de mi cuello se marcaron como cuerdas tirantes. No soy hombre de sonrisas fáciles, menos después de tanto tiempo, pero mis ojos, esos ojos que mi madre siempre dijo que eran mi arma más peligrosa, hablaron por mí. Había sorpresa, había rabia, había deseo, había una nostalgia que me dolía como una herida abierta.
—Nunca cambias, ¿eh?— murmuré, acercándome hasta quedar a apenas un metro, mi voz baja, grave, cargada de todo lo que no había dicho en años —Siempre robándote las miradas de todos. — No era un reproche, era una confesión disfrazada de burla. Extendí la mano y, sin darme cuenta, toqué la tela de una de sus bolsas, como si necesitara confirmar que estaba allí, de carne y hueso, no una visión provocada por el ron o la nostalgia, el contacto me estremeció más de lo que debería.
—Pensé que no volvería a verte, Rosse—admití al fin, la voz quebrándose apenas un instante antes de endurecerse de nuevo —Y sin embargo aquí estás, en Samba, brillando como siempre. Beeh —Me incliné un poco hacia él, lo suficiente para que mi sombra lo cubriera del sol abrasador, como solía hacerlo en Sorbet cuando se burlaba de mi manía de protegerlo.
—Dime, ¿qué demonios haces aquí? Beeh.—pregunté, con la seriedad de quien necesita una respuesta, aunque en el fondo sabía que no importaba. Lo único que importaba era que estaba allí y aunque mi rostro seguía serio, mi corazón rugía con una sola certeza, la soledad que había cargado todo este tiempo acababa de tambalearse.
.
Y entonces, entre tanto ruido, lo sentí, no primero con los ojos, sino con el olfato. Ese perfume inconfundible, una mezcla imposible de sudor dulce, especias, carmín y miel. Me detuve en seco, los dedos aferrándose instintivamente a la piel de mi capa, no podía ser, no aquí, no ahora, pero el destino parece disfrutar de jugar conmigo, giré la cabeza, y allí estaba. Rosse.
Caminaba entre los puestos como si todo el maldito mercado fuera su escenario personal, su andar era un baile, su risa un faro que atraía miradas, su voz un cuchillo brillante cortando el aire húmedo de Samba. Llevaba esas bolsas como si fueran parte del espectáculo, como si cargar papas fuera tan glamuroso como subir a un escenario., la gente lo seguía con la mirada, algunos fascinados, otros confundidos, y yo me quedé clavado al suelo, como un imbécil que no sabe si avanzar o esconderse.
Rosse Bellecour. Mi amigo, mi amante, mi tormenta de la isla Sorbet. Años sin verlo, y de repente, el destino nos vomita en la misma isla como si se riera de mí. La primera punzada fue de rabia. No por él, sino por mí. Porque todo este tiempo me había convencido de que la soledad era el precio justo para ser fuerte, para no depender de nadie. Había enterrado recuerdos, ahogado voces en ron y peleas, y ahora, verlo allí, brillando como si el tiempo no hubiera pasado, era como abrir esa tumba de un puñetazo.
Di un paso. El suelo crujió bajo mis botas, la gente seguía moviéndose a mi alrededor, pero yo ya no veía nada más, solo a él y, maldición, el corazón me golpeaba como en mis primeros combates, cuando todavía no sabía si saldría vivo o muerto. Avancé entre los puestos, la capa rozando frutas y telas. cuando estuve lo bastante cerca, lo vi entregarle pan a un chiquillo famélico. El gesto era tan suyo, tan jodidamente suyo, Rosse siempre tuvo esa mezcla de teatro y ternura, de exageración y verdad, yo nunca supe cómo odiarlo, ni siquiera cuando me hacía sentir pequeño con su luz.
—Beeh— la palabra salió sola, más ronca de lo que pretendía y él giró la cabeza. Sus ojos carmesí me encontraron, y por un instante el mercado entero desapareció, no había tambores, ni vendedores, ni calor, solo esa mirada que reconocí de inmediato, aunque me negara a admitirlo.
No sonreí. No podía. Mi mandíbula se tensó, los músculos de mi cuello se marcaron como cuerdas tirantes. No soy hombre de sonrisas fáciles, menos después de tanto tiempo, pero mis ojos, esos ojos que mi madre siempre dijo que eran mi arma más peligrosa, hablaron por mí. Había sorpresa, había rabia, había deseo, había una nostalgia que me dolía como una herida abierta.
—Nunca cambias, ¿eh?— murmuré, acercándome hasta quedar a apenas un metro, mi voz baja, grave, cargada de todo lo que no había dicho en años —Siempre robándote las miradas de todos. — No era un reproche, era una confesión disfrazada de burla. Extendí la mano y, sin darme cuenta, toqué la tela de una de sus bolsas, como si necesitara confirmar que estaba allí, de carne y hueso, no una visión provocada por el ron o la nostalgia, el contacto me estremeció más de lo que debería.
—Pensé que no volvería a verte, Rosse—admití al fin, la voz quebrándose apenas un instante antes de endurecerse de nuevo —Y sin embargo aquí estás, en Samba, brillando como siempre. Beeh —Me incliné un poco hacia él, lo suficiente para que mi sombra lo cubriera del sol abrasador, como solía hacerlo en Sorbet cuando se burlaba de mi manía de protegerlo.
—Dime, ¿qué demonios haces aquí? Beeh.—pregunté, con la seriedad de quien necesita una respuesta, aunque en el fondo sabía que no importaba. Lo único que importaba era que estaba allí y aunque mi rostro seguía serio, mi corazón rugía con una sola certeza, la soledad que había cargado todo este tiempo acababa de tambalearse.
.
