03-10-2025, 05:23 PM
Vaya puta pena.
Cuando Sohem irrumpió en la sala, se hizo el silencio momentáneamente. El enmascarado líder del gremio acudió molesto por no haberle esperado mientras se acercaba rápidamente a la sichibukai que él mismo había derrotado. Suspiré profundamente mientras soltaba mis armas enfundadas y sostenidas por mi cinturón y relajaba mi postura. El jefe tenía razón en que llevábamos todo el día caminando para esto, y que hubiera tenido que correr era el putísimo acabóse, pues no había visto a Sohem hacerlo nunca. Tras darle varios toques con Ein Hauch intentando que se despertada, este se giró para llamar a Shoto, al que pude ver a lo lejos totalmente dormido en el suelo en el mismo estado que la sichibukai. Tras esto maldijo a los cuatro vientos, recogiendo su arma y suspirando para posteriormente guardar silencio mientras yo le espectaba con cara de circunstancia y me cruzaba de brazos, sacudiendo con la blanca cola de lado a lado de manera tranquila. Finalmente se giró hacia mí y, con tono molesto, me ordenó traer a Nitobo vivo ante él, no dejando a nadie más vivo en la mansión. — Oído jefe. — respondí con cierta ironía mientras me giraba y partía hacia la puerta para recibir la última orden de que no reventara más la casa. — Olía mucho a cerrado... — pensé a la vez que crujía mi cuello de lado a lado y atravesaba el portón de la enorme mansión.
Una vez pasado el umbral, giré a mi derecha mientras comenzaba a observar a mi alrededor. La mullida alfombra aterciopelada del suelo brillaba en color rojo como la sangre derramada y el pasillo, largo y recargado de decoraciones, estaba abarrotado por cuadros del mismo hombre que regía el lugar: Nitobo. Comencé a recorrer el pasillo en dirección al ala este, extendiendo mis brazos a la altura de los cuadros dejando que se caigan al suelo. Era el signo inequívoco de que una era caía para que otra se alzara. — Nada empieza si otra cosa no acaba. — dije mientras atravesaba el pasillo principal hacia el ala este. — ¿Donde hemos leído esa frase? — cuestionó el lobo mientras me alzaba por las escaleras hacia el piso superior y me colocaba delante de la puerta donde había detectado anteriormente al magnate con sus ejércitos. — Es mía. Pero eso no la convierte en menos cierta. — contesté, visiblemente enfadado, rompiendo la tradición de citar versos ajenos mientras empujaba la puerta con mis manos a la altura de la cara y avanzaba al interior.
Más de doscientos hombres en una habitación con un magnate y miles de millones. Los ejércitos de Nitobo se encararon hacia mí, como si una manada de cachorros pudieran pararme. — Los lobos de Foodvalten, dijeron. — dije mientras avanzaba unos pasos — Pero yo no veo lobos… — llevé mi mano derecha a Shimei Kaeru mientras bajaba mi posición levemente y enfocaba a Nitobo. — Solo hombres muertos. — y la muerte fue acompañada de una explosión. Un pulso poderoso de haki que explotó desde mis adentros, fruto de la furia y el deseo de derrotar al magnate. Una esfera invisible de Haki del Conquistador del que no fui consciente emanó de mis adentros haciendo que todos los presentes quedaran totalmente paralizados y horrorizados mientras yo me lanzaba a realizar un potente ataque. Desenfundando a Shimei Kaeru en horizontal a escasos metros del ejército de escuderos del magnate, un audible sonido de vacío llenó la sala y mandó a volar hechos jirones a los enemigos, bañados en la sangre que un día juraron derramar por su benefactor. Más de doscientos hombres en el suelo, bañando lo que otrora pudo ser una alfombra y lo convirtió en un cenagal de vísceras y carne sanguinolenta mientras un lobo blanco enfundaba su arma y se acercaba al anteriormente dueño de estas tierras, aterrorizado y paralizado. Extendí mi mano derecha hacia él, asiéndolo con fuerza de la mandíbula que, por nuestra diferencia de tamaño, abarcó tanto su boca como su nariz. Miré a sus ojos fijamente hasta que finalmente giré y anduve mis pasos de vuelta hasta la sala donde Sohem sentado esperaba con una desnuda Sichibukai a la que con toda seguridad había registrado para, finalmente, comer su propia comida sentado sobre su espalda. Lancé al pequeño hombre a sus pies quedando este boca abajo y justo a escaso medio metro del jefe. — He traído un cadáver. — anuncié mientras desactivaba mi transformación y reducía tanto mi tamaño como musculatura y perdía mi pelaje blanco.
Mi vista estaba algo borrosa y sentía que me mareaba un poco, probablemente por el enorme gasto de energía y fuerza mental del haki pero, todo había acabado ya.
Todo había acabado.
Cuando Sohem irrumpió en la sala, se hizo el silencio momentáneamente. El enmascarado líder del gremio acudió molesto por no haberle esperado mientras se acercaba rápidamente a la sichibukai que él mismo había derrotado. Suspiré profundamente mientras soltaba mis armas enfundadas y sostenidas por mi cinturón y relajaba mi postura. El jefe tenía razón en que llevábamos todo el día caminando para esto, y que hubiera tenido que correr era el putísimo acabóse, pues no había visto a Sohem hacerlo nunca. Tras darle varios toques con Ein Hauch intentando que se despertada, este se giró para llamar a Shoto, al que pude ver a lo lejos totalmente dormido en el suelo en el mismo estado que la sichibukai. Tras esto maldijo a los cuatro vientos, recogiendo su arma y suspirando para posteriormente guardar silencio mientras yo le espectaba con cara de circunstancia y me cruzaba de brazos, sacudiendo con la blanca cola de lado a lado de manera tranquila. Finalmente se giró hacia mí y, con tono molesto, me ordenó traer a Nitobo vivo ante él, no dejando a nadie más vivo en la mansión. — Oído jefe. — respondí con cierta ironía mientras me giraba y partía hacia la puerta para recibir la última orden de que no reventara más la casa. — Olía mucho a cerrado... — pensé a la vez que crujía mi cuello de lado a lado y atravesaba el portón de la enorme mansión.
Una vez pasado el umbral, giré a mi derecha mientras comenzaba a observar a mi alrededor. La mullida alfombra aterciopelada del suelo brillaba en color rojo como la sangre derramada y el pasillo, largo y recargado de decoraciones, estaba abarrotado por cuadros del mismo hombre que regía el lugar: Nitobo. Comencé a recorrer el pasillo en dirección al ala este, extendiendo mis brazos a la altura de los cuadros dejando que se caigan al suelo. Era el signo inequívoco de que una era caía para que otra se alzara. — Nada empieza si otra cosa no acaba. — dije mientras atravesaba el pasillo principal hacia el ala este. — ¿Donde hemos leído esa frase? — cuestionó el lobo mientras me alzaba por las escaleras hacia el piso superior y me colocaba delante de la puerta donde había detectado anteriormente al magnate con sus ejércitos. — Es mía. Pero eso no la convierte en menos cierta. — contesté, visiblemente enfadado, rompiendo la tradición de citar versos ajenos mientras empujaba la puerta con mis manos a la altura de la cara y avanzaba al interior.
Más de doscientos hombres en una habitación con un magnate y miles de millones. Los ejércitos de Nitobo se encararon hacia mí, como si una manada de cachorros pudieran pararme. — Los lobos de Foodvalten, dijeron. — dije mientras avanzaba unos pasos — Pero yo no veo lobos… — llevé mi mano derecha a Shimei Kaeru mientras bajaba mi posición levemente y enfocaba a Nitobo. — Solo hombres muertos. — y la muerte fue acompañada de una explosión. Un pulso poderoso de haki que explotó desde mis adentros, fruto de la furia y el deseo de derrotar al magnate. Una esfera invisible de Haki del Conquistador del que no fui consciente emanó de mis adentros haciendo que todos los presentes quedaran totalmente paralizados y horrorizados mientras yo me lanzaba a realizar un potente ataque. Desenfundando a Shimei Kaeru en horizontal a escasos metros del ejército de escuderos del magnate, un audible sonido de vacío llenó la sala y mandó a volar hechos jirones a los enemigos, bañados en la sangre que un día juraron derramar por su benefactor. Más de doscientos hombres en el suelo, bañando lo que otrora pudo ser una alfombra y lo convirtió en un cenagal de vísceras y carne sanguinolenta mientras un lobo blanco enfundaba su arma y se acercaba al anteriormente dueño de estas tierras, aterrorizado y paralizado. Extendí mi mano derecha hacia él, asiéndolo con fuerza de la mandíbula que, por nuestra diferencia de tamaño, abarcó tanto su boca como su nariz. Miré a sus ojos fijamente hasta que finalmente giré y anduve mis pasos de vuelta hasta la sala donde Sohem sentado esperaba con una desnuda Sichibukai a la que con toda seguridad había registrado para, finalmente, comer su propia comida sentado sobre su espalda. Lancé al pequeño hombre a sus pies quedando este boca abajo y justo a escaso medio metro del jefe. — He traído un cadáver. — anuncié mientras desactivaba mi transformación y reducía tanto mi tamaño como musculatura y perdía mi pelaje blanco.
Mi vista estaba algo borrosa y sentía que me mareaba un poco, probablemente por el enorme gasto de energía y fuerza mental del haki pero, todo había acabado ya.
Todo había acabado.
Resumen
Haki
Bélico
Gastos
Inventario

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