03-10-2025, 05:48 PM
El eco de su risa, esa maldita risa, me atravesó el pecho como un cuchillo envuelto en terciopelo. No importaba cuántos años hubieran pasado, Rosse siempre supo cómo ponerme al borde entre la furia y el deseo. Y ahí estaba, pavoneándose frente a medio mercado, usando mi nombre, mi recuerdo, mi pasado, como parte de su espectáculo barato. La gente lo miraba, algunos reían, otros cuchicheaban, y yo sentía cómo la sangre me hervía en las venas.
Rosse nunca tuvo miedo de exhibirnos, ni de usar las palabras como dagas envenenadas. Yo, en cambio, siempre fui el muro, el que guardaba silencio, el que soportaba, pero ahora, bajo el calor sofocante de Samba, con esa chaqueta roja girando como si quisiera encandilar al mismo sol, me descubrí al borde de hacer algo que en otra época habría evitado, mostrar lo que me quemaba por dentro.
Di un paso hacia él, firme, pesado, las botas hundiéndose en la tierra reseca del mercado. La multitud abrió un pequeño hueco entre nosotros, expectante, como si estuvieran presenciando el inicio de una danza, mis ojos se clavaron en los suyos, esos ojos carmesíes que parecían divertirse con mi tensión, pero en el fondo, en esa grieta mínima de su sonrisa, noté lo que siempre quise ver, el temblor escondido.
—Rosse, Beeh —dejé escapar, con una media sonrisa torcida, cargada más de rabia que de burla. Cuando intentó apartarse tras tocar mi mano, no lo permití. Sujeté su muñeca con fuerza, no al punto de lastimarlo, pero lo bastante firme para que supiera que no estaba bromeando, lo atraje hacia mí, reduciendo el espacio a nada, tanto que pude oler la miel de su perfume mezclada con el sudor y el polvo de Samba.
—Eres un cabrón —murmuré, mi voz baja, grave, como si fuera un secreto destinado solo a él, aunque todos los presentes pudieran sentir la tensión —Siempre jugando, siempre riéndote y aun así, me buscas con los ojos como si yo fuera tu maldito puerto seguro. — El bullicio alrededor se volvió ruido de fondo. El mundo podía arder y yo seguiría clavado allí, en esos segundos que parecían eternos. Lo empujé suavemente contra el poste de un puesto de telas, quedando frente a frente, mis cuernos a apenas unos centímetros de su rostro.
—¿Qué haré ahora que te encontré? —repetí sus palabras, escupiéndolas como desafío. Mis ojos lo recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en su chaqueta, en sus labios pintados, en esa maldita sonrisa que me perseguía en sueños y pesadillas —Haré lo que siempre hago, Rosse. No retroceder. — Mi agarre en su muñeca aflojó un instante, lo suficiente para que él pudiera liberarse si lo deseaba. Pero no lo hizo, ese gesto, pequeño pero real, me dio más respuestas que cualquier carcajada suya.
—Pensé que me habías olvidado —admití al fin, con la voz ronca de tanto contener lo que nunca dije —Que lo nuestro había sido solo un juego para ti, un recuerdo enterrado bajo tus perfumes y tus malditas risas, pero aquí estás, y mírate sigues doliendo igual. — Mis palabras fueron duras, pero no frías. Había fuego en ellas, un fuego que ni yo mismo sabía si quería apagar o avivar.
Lo solté al fin, pero no di un paso atrás, mi cuerpo seguía ahí, cerca, tan cerca que hasta el aire parecía cortarse, bajé la voz, lo suficiente para que la multitud no escuchara lo siguiente. —Brillas mucho, Rosse, tanto que olvidas lo que pasa cuando alguien se acerca demasiado a la luz. Se quema y yo—mi respiración se agitó, mis ojos claros clavados en los suyos — Yo ya me quemé una vez contigo. — Enderecé la espalda, alzando el mentón, volviendo a mi porte imponente, al guerrero que el mundo ve. Pero dentro de mí, las palabras me sabían a confesión, a herida abierta.
—Maldición, ¡Beeh! — dejé escapar con una sonrisa torcida, mitad amenaza, mitad rendición y mientras la multitud murmuraba y se apartaba, yo solo podía pensar en algo: no importa cuánto me haya esforzado en forjarme como solitario, Rosse Bellecour había logrado en un instante tambalear la fortaleza que me tomó años construir.
Rosse nunca tuvo miedo de exhibirnos, ni de usar las palabras como dagas envenenadas. Yo, en cambio, siempre fui el muro, el que guardaba silencio, el que soportaba, pero ahora, bajo el calor sofocante de Samba, con esa chaqueta roja girando como si quisiera encandilar al mismo sol, me descubrí al borde de hacer algo que en otra época habría evitado, mostrar lo que me quemaba por dentro.
Di un paso hacia él, firme, pesado, las botas hundiéndose en la tierra reseca del mercado. La multitud abrió un pequeño hueco entre nosotros, expectante, como si estuvieran presenciando el inicio de una danza, mis ojos se clavaron en los suyos, esos ojos carmesíes que parecían divertirse con mi tensión, pero en el fondo, en esa grieta mínima de su sonrisa, noté lo que siempre quise ver, el temblor escondido.
—Rosse, Beeh —dejé escapar, con una media sonrisa torcida, cargada más de rabia que de burla. Cuando intentó apartarse tras tocar mi mano, no lo permití. Sujeté su muñeca con fuerza, no al punto de lastimarlo, pero lo bastante firme para que supiera que no estaba bromeando, lo atraje hacia mí, reduciendo el espacio a nada, tanto que pude oler la miel de su perfume mezclada con el sudor y el polvo de Samba.
—Eres un cabrón —murmuré, mi voz baja, grave, como si fuera un secreto destinado solo a él, aunque todos los presentes pudieran sentir la tensión —Siempre jugando, siempre riéndote y aun así, me buscas con los ojos como si yo fuera tu maldito puerto seguro. — El bullicio alrededor se volvió ruido de fondo. El mundo podía arder y yo seguiría clavado allí, en esos segundos que parecían eternos. Lo empujé suavemente contra el poste de un puesto de telas, quedando frente a frente, mis cuernos a apenas unos centímetros de su rostro.
—¿Qué haré ahora que te encontré? —repetí sus palabras, escupiéndolas como desafío. Mis ojos lo recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en su chaqueta, en sus labios pintados, en esa maldita sonrisa que me perseguía en sueños y pesadillas —Haré lo que siempre hago, Rosse. No retroceder. — Mi agarre en su muñeca aflojó un instante, lo suficiente para que él pudiera liberarse si lo deseaba. Pero no lo hizo, ese gesto, pequeño pero real, me dio más respuestas que cualquier carcajada suya.
—Pensé que me habías olvidado —admití al fin, con la voz ronca de tanto contener lo que nunca dije —Que lo nuestro había sido solo un juego para ti, un recuerdo enterrado bajo tus perfumes y tus malditas risas, pero aquí estás, y mírate sigues doliendo igual. — Mis palabras fueron duras, pero no frías. Había fuego en ellas, un fuego que ni yo mismo sabía si quería apagar o avivar.
Lo solté al fin, pero no di un paso atrás, mi cuerpo seguía ahí, cerca, tan cerca que hasta el aire parecía cortarse, bajé la voz, lo suficiente para que la multitud no escuchara lo siguiente. —Brillas mucho, Rosse, tanto que olvidas lo que pasa cuando alguien se acerca demasiado a la luz. Se quema y yo—mi respiración se agitó, mis ojos claros clavados en los suyos — Yo ya me quemé una vez contigo. — Enderecé la espalda, alzando el mentón, volviendo a mi porte imponente, al guerrero que el mundo ve. Pero dentro de mí, las palabras me sabían a confesión, a herida abierta.
—Maldición, ¡Beeh! — dejé escapar con una sonrisa torcida, mitad amenaza, mitad rendición y mientras la multitud murmuraba y se apartaba, yo solo podía pensar en algo: no importa cuánto me haya esforzado en forjarme como solitario, Rosse Bellecour había logrado en un instante tambalear la fortaleza que me tomó años construir.
