03-10-2025, 09:30 PM
El golpe de sus palabras me atravesó más que cualquier espada. Ese “¿por qué me dejaste allí abajo?” me heló la sangre, como si de pronto Sorbet hubiera vuelto a tragarme. Vi la grieta en su voz, la humedad en sus ojos, la máscara resquebrajada y, Beeh, lo odié, no a él, sino a mí. Porque cada sílaba era verdad.
La multitud estaba tan cerca que podía sentir sus respiraciones encima, los murmullos clavándose en mi nuca. Rosse brillaba incluso roto, incluso gritando su dolor en público, y yo nunca supe lidiar con la luz, ni con el espectáculo, ni con la condena. Mis dedos se crisparon, mi mandíbula tembló y entonces lo decidí.
—Basta. —mi voz tronó, grave, como un trueno que partió el aire en dos. Lo sujeté de la muñeca otra vez, pero esta vez no con dudas. Lo arrastré hacia adelante, apartando con el hombro a mercaderes, compradores y curiosos, la maldita gente murmuraba, algunos reían nerviosos, otros callaban, pero yo no miré atrás. solo escuchaba el crujido de mis botas y el sonido de sus anillos tintineando mientras tiraba de él. Rosse se resistió al principio, claro que sí, con esa teatralidad suya de muñeca frágil y fiera a la vez, pero yo no lo solté. No iba a dejar que nuestra historia fuera devorada por las risas de extraños, no iba a permitir que su dolor se volviera espectáculo de mercado.
El calor de Samba nos empapaba, el olor a especias, pescado y sudor seguía ahí, pero con cada paso, con cada esquina doblada, se iba apagando el bullicio, caminamos entre callejones, bajando la cuesta polvorienta, hasta que el aire cambió, salobre, fresco, cargado de mar, el puerto específicamente. Las gaviotas graznaban, el agua golpeaba contra los cascos de los barcos, el ruido del mercado era ya un murmullo lejano, solo entonces lo solté, no de golpe, sino despacio, como si mis dedos no quisieran dejarlo ir del todo.
Me quedé mirándolo, con mi capa todavía agitándose por el viento del mar, mi pecho subía y bajaba como si acabara de pelear diez combates seguidos. —Aquí no hay público, Rosse. —dije al fin, mi voz ronca, dura, pero con una grieta en el fondo —No hay risas, no hay aplausos. Solo tú y yo. — Di un paso hacia él, reduciendo la distancia, no con brusquedad esta vez, sino con un peso que venía de años de silencio.
—¿Quieres respuestas? —pregunté, clavando mis ojos en los suyos, que todavía ardían con lágrimas no caídas —Te las daré, pero no en un mercado, no frente a vendedores y putas que no saben quién demonios somos. — El viento agitaba su chaqueta roja, y por un instante, vi otra vez al niño del sótano. Ese niño que yo no pude salvar, el recuerdo me atravesó como una lanza.
—No me pidas que me defienda con aplausos alrededor. — continué, más bajo, más íntimo —No me pidas que convierta tu dolor en espectáculo. No me lo hagas. —Guardé silencio unos segundos, mis manos temblando a los costados, porque la verdad me estaba ahogando.
—Beeh — solté, como un suspiro, un gruñido desesperado —Te fallé, Rosse y no hay escenario en el mundo que cambie eso. — Mi voz se quebró, apenas un segundo, pero lo suficiente para que el mar lo escuchara.
Me acerqué un poco más, mi sombra cayendo sobre él, como tantas veces en Sorbet, como si el tiempo no hubiera pasado. —Pero ahora estamos aquí. Y si vas a romperme, hazlo. Si quieres respuestas, tómamelas con estas manos tuyas, pero no me obligues a fingir que somos un maldito acto de feria. Beeh— El puerto entero parecía contener el aliento. Mi pecho ardía, mis ojos lo devoraban, y aunque mi rostro seguía serio, por dentro todo era un grito.
—Estamos solos, Rosse. Ahora dime ¿quieres escuchar la verdad, o quieres que siga siendo tu monstruo silencioso? —
La multitud estaba tan cerca que podía sentir sus respiraciones encima, los murmullos clavándose en mi nuca. Rosse brillaba incluso roto, incluso gritando su dolor en público, y yo nunca supe lidiar con la luz, ni con el espectáculo, ni con la condena. Mis dedos se crisparon, mi mandíbula tembló y entonces lo decidí.
—Basta. —mi voz tronó, grave, como un trueno que partió el aire en dos. Lo sujeté de la muñeca otra vez, pero esta vez no con dudas. Lo arrastré hacia adelante, apartando con el hombro a mercaderes, compradores y curiosos, la maldita gente murmuraba, algunos reían nerviosos, otros callaban, pero yo no miré atrás. solo escuchaba el crujido de mis botas y el sonido de sus anillos tintineando mientras tiraba de él. Rosse se resistió al principio, claro que sí, con esa teatralidad suya de muñeca frágil y fiera a la vez, pero yo no lo solté. No iba a dejar que nuestra historia fuera devorada por las risas de extraños, no iba a permitir que su dolor se volviera espectáculo de mercado.
El calor de Samba nos empapaba, el olor a especias, pescado y sudor seguía ahí, pero con cada paso, con cada esquina doblada, se iba apagando el bullicio, caminamos entre callejones, bajando la cuesta polvorienta, hasta que el aire cambió, salobre, fresco, cargado de mar, el puerto específicamente. Las gaviotas graznaban, el agua golpeaba contra los cascos de los barcos, el ruido del mercado era ya un murmullo lejano, solo entonces lo solté, no de golpe, sino despacio, como si mis dedos no quisieran dejarlo ir del todo.
Me quedé mirándolo, con mi capa todavía agitándose por el viento del mar, mi pecho subía y bajaba como si acabara de pelear diez combates seguidos. —Aquí no hay público, Rosse. —dije al fin, mi voz ronca, dura, pero con una grieta en el fondo —No hay risas, no hay aplausos. Solo tú y yo. — Di un paso hacia él, reduciendo la distancia, no con brusquedad esta vez, sino con un peso que venía de años de silencio.
—¿Quieres respuestas? —pregunté, clavando mis ojos en los suyos, que todavía ardían con lágrimas no caídas —Te las daré, pero no en un mercado, no frente a vendedores y putas que no saben quién demonios somos. — El viento agitaba su chaqueta roja, y por un instante, vi otra vez al niño del sótano. Ese niño que yo no pude salvar, el recuerdo me atravesó como una lanza.
—No me pidas que me defienda con aplausos alrededor. — continué, más bajo, más íntimo —No me pidas que convierta tu dolor en espectáculo. No me lo hagas. —Guardé silencio unos segundos, mis manos temblando a los costados, porque la verdad me estaba ahogando.
—Beeh — solté, como un suspiro, un gruñido desesperado —Te fallé, Rosse y no hay escenario en el mundo que cambie eso. — Mi voz se quebró, apenas un segundo, pero lo suficiente para que el mar lo escuchara.
Me acerqué un poco más, mi sombra cayendo sobre él, como tantas veces en Sorbet, como si el tiempo no hubiera pasado. —Pero ahora estamos aquí. Y si vas a romperme, hazlo. Si quieres respuestas, tómamelas con estas manos tuyas, pero no me obligues a fingir que somos un maldito acto de feria. Beeh— El puerto entero parecía contener el aliento. Mi pecho ardía, mis ojos lo devoraban, y aunque mi rostro seguía serio, por dentro todo era un grito.
—Estamos solos, Rosse. Ahora dime ¿quieres escuchar la verdad, o quieres que siga siendo tu monstruo silencioso? —
