05-10-2025, 09:06 PM
Capitán, Capitán, Capitán... Capiii... Taaan...
¿Acaso ella había sido alguien que profano las tumbas? Información, debía conseguirla a cómo de lugar. Con nerviosismo sus ojos ambarinos comenzaron a moverse de lado a lado, y entonces tiró uno de los mechones de su flequillo obsidiana antes de depositarse un leve golpecito con esa misma mano mientras intentaba desesperadamente encontrar las palabras correctas para poder dirigirse a ella. Que difícil era hablar tras meses de silencio, pensó para sí antes de mirar hacia sus propios pies. Tenía frio y calor al mismo tiempo, su piel se erizaba en un escalofrío que recorría su cuerpo pero su pecho ardía como una fiebre inesperada.
— Eros... Focalor... Es el nombre de mi familia, soy un enterrador y cuidador de tumbas pero ya no hay tumbas que cuidar. Por eso las estoy buscando —Explicó quizás pecando de ser demasiado explicito, honesto y verborreico como era costumbre. Más no se llamó a reprimenda, en cambio decidiendo usar su honestidad como una bandera para poder llegar a un genuino entendimiento con la muchacha ¿Cómo podía pretender verdad si él mismo no la esgrimía? Inhalo con profundidad antes de exhalar lentamente. Rascó su nuca, mantuvo sus ojos color miel sobre la muchacha por unos momento y rascó su frente ya magullada. — ¿Han sido ustedes quienes profanaron el descanso eterno? —Esperaba que no fuese así, pues la muchacha era cordial y él, ante todo, no quería herir a quien con dulzura se manejaba.
Entonces, decidió justo responder a las dudas de la muchacha.
— No soy de aquí, pero si he nacido en éste mar hace 28 años en una noche de tormenta... No tolero bien el alcohol, mi padre me dejaba beber una copita cuando él hacía la guardia y mi mamá nos dejo hace mucho. Ahora mi papá está con tu dios espero, pero no lo encontrarán en el Paraiso que mencionas —Aclaró antes de levantar un dedo, sin reparar en que claro la joven no podía verlo. — Hay un cielo espiritual, un cielo físico, un cielo conceptual... Me gusta pensar que todos tienen su propio cielo. Si he de encontrarme con mi papito en ese lugar, espero que esté orgulloso de mi, pero para eso debo encontrar todo lo que fue arrebatado, rescatar a todos aquellos que no se pueden rescatar a si mismos —Explicó antes de suspirar.
Ladeó su cabeza tímidamente ante la excentricidad de la muchacha, y encontró en esta extraña persona cierto consuelo. Quizás el no era tan raro, o quizás había un entendimiento.
— No es común que la gente busque la religión, hay gente que se llama a si misma divina. Dragones celestiales, y la prohibición de culto. Eres hereje para ellos, son herejes para ti ¿Sabias eso Gwendolyn? Claro que lo sabe, tonto ¡Tonto! —Se golpeó nuevamente reprimiéndose en voz alta, casi sin quererlo. Era común, a veces callaba convencido de haber dicho lo pensado y otras veces sus pensamientos se derramaban de su boca floja.
— El dinero es frío porque para muchos vale mas que un sueño, vale mas que una historia, una vida y un propósito. La codicia me duele mucho, por eso yo no quiero nunca tener dinero —Su tono por un momento se mostró firme al hablar con vehemencia el empobrecido muchacho que solo buscaba riqueza filosófica. — No necesitas regresarme un favor desinteresado, pero si me regalas tu honestidad te ofrezco la mía, para siempre —Finalmente aclararía poniendo un trato sobre la mesa. — Solo tengo mi nombre, y mi palabra después de todo. No soy más que eso... Un ataud que camina llevando un alma que poquito vale —Añadió.
¿Acaso ella había sido alguien que profano las tumbas? Información, debía conseguirla a cómo de lugar. Con nerviosismo sus ojos ambarinos comenzaron a moverse de lado a lado, y entonces tiró uno de los mechones de su flequillo obsidiana antes de depositarse un leve golpecito con esa misma mano mientras intentaba desesperadamente encontrar las palabras correctas para poder dirigirse a ella. Que difícil era hablar tras meses de silencio, pensó para sí antes de mirar hacia sus propios pies. Tenía frio y calor al mismo tiempo, su piel se erizaba en un escalofrío que recorría su cuerpo pero su pecho ardía como una fiebre inesperada.
— Eros... Focalor... Es el nombre de mi familia, soy un enterrador y cuidador de tumbas pero ya no hay tumbas que cuidar. Por eso las estoy buscando —Explicó quizás pecando de ser demasiado explicito, honesto y verborreico como era costumbre. Más no se llamó a reprimenda, en cambio decidiendo usar su honestidad como una bandera para poder llegar a un genuino entendimiento con la muchacha ¿Cómo podía pretender verdad si él mismo no la esgrimía? Inhalo con profundidad antes de exhalar lentamente. Rascó su nuca, mantuvo sus ojos color miel sobre la muchacha por unos momento y rascó su frente ya magullada. — ¿Han sido ustedes quienes profanaron el descanso eterno? —Esperaba que no fuese así, pues la muchacha era cordial y él, ante todo, no quería herir a quien con dulzura se manejaba.
Entonces, decidió justo responder a las dudas de la muchacha.
— No soy de aquí, pero si he nacido en éste mar hace 28 años en una noche de tormenta... No tolero bien el alcohol, mi padre me dejaba beber una copita cuando él hacía la guardia y mi mamá nos dejo hace mucho. Ahora mi papá está con tu dios espero, pero no lo encontrarán en el Paraiso que mencionas —Aclaró antes de levantar un dedo, sin reparar en que claro la joven no podía verlo. — Hay un cielo espiritual, un cielo físico, un cielo conceptual... Me gusta pensar que todos tienen su propio cielo. Si he de encontrarme con mi papito en ese lugar, espero que esté orgulloso de mi, pero para eso debo encontrar todo lo que fue arrebatado, rescatar a todos aquellos que no se pueden rescatar a si mismos —Explicó antes de suspirar.
Ladeó su cabeza tímidamente ante la excentricidad de la muchacha, y encontró en esta extraña persona cierto consuelo. Quizás el no era tan raro, o quizás había un entendimiento.
— No es común que la gente busque la religión, hay gente que se llama a si misma divina. Dragones celestiales, y la prohibición de culto. Eres hereje para ellos, son herejes para ti ¿Sabias eso Gwendolyn? Claro que lo sabe, tonto ¡Tonto! —Se golpeó nuevamente reprimiéndose en voz alta, casi sin quererlo. Era común, a veces callaba convencido de haber dicho lo pensado y otras veces sus pensamientos se derramaban de su boca floja.
— El dinero es frío porque para muchos vale mas que un sueño, vale mas que una historia, una vida y un propósito. La codicia me duele mucho, por eso yo no quiero nunca tener dinero —Su tono por un momento se mostró firme al hablar con vehemencia el empobrecido muchacho que solo buscaba riqueza filosófica. — No necesitas regresarme un favor desinteresado, pero si me regalas tu honestidad te ofrezco la mía, para siempre —Finalmente aclararía poniendo un trato sobre la mesa. — Solo tengo mi nombre, y mi palabra después de todo. No soy más que eso... Un ataud que camina llevando un alma que poquito vale —Añadió.
