El sol del mediodía cae oblicuo sobre el valle al pie de la gran montaña central de la Isla Karate. Los rayos dorados se reflejan en las verdes terrazas de arroz que rodean el poblado, extendiéndose como un mosaico vivo. El aire está cargado del aroma de arroz cocido, especias dulces y el olor a madera recién tallada proveniente de los dojos cercanos. Una ligera brisa baja de la montaña, trayendo consigo el murmullo de los entrenamientos que nunca se detienen, el choque de puños contra troncos, los gritos disciplinados de los aprendices, y el repiqueteo metálico de los cencerros colgados en los templos marciales.
El mercado principal se alza en una gran explanada de piedra lisa, donde los puestos se alinean formando calles estrechas y vivas. Toldos de tela color bermellón, verde jade y blanco marfil ondean suavemente bajo el viento, proyectando sombras irregulares sobre el gentío. Se escuchan risas, regateos, pasos sobre la piedra y, de vez en cuando, el sonido hueco de un tambor de exhibición marcial, pues muchos vendedores aprovechan para mostrar sus técnicas en mini-duelos amistosos que atraen a curiosos y compradores por igual.
Los puestos están repletos de artículos ligados al combate y la disciplina física: vendas impregnadas en hierbas curativas, guantes reforzados con conchas marinas, cintos ceremoniales bordados a mano, e incluso armas exóticas traídas por comerciantes errantes. Algunos puestos también venden amuletos de Ki, piedras supuestamente bendecidas por antiguos maestros, o botellas de sake aromatizado con ginseng.
Entre todo este bullicio, destaca un puesto que parece no encajar del todo con la disciplina del lugar… pero que atrae a la multitud como si fuera un dojo legendario. Un gran cartel de madera tallada reza en letras negras y firmes:
El responsable es Kaba Gensai, un hombre gordo de rostro redondo y ojos siempre entrecerrados, tan pequeño su pupila que resulta imposible adivinar si mira al cliente o simplemente sonríe. Su panza se desborda del cinturón que mantiene apenas sujeto su kimono grasiento, y cada vez que se inclina para remover una olla o girar un ave al fuego, el tejido cruje en protesta. A pesar de su aspecto bonachón, sus movimientos son sorprendentemente precisos, casi como los de un maestro marcial ejecutando un kata de cocina: un giro de muñeca aquí, una patada suave para cerrar la tapa del horno allí.
El aroma que emana de su puesto es irresistible. Pollos asados, patos caramelizados, codornices en salsa de soja dulce y hasta exóticas gaviotas marinadas al estilo Gyojin llenan el aire. Las brasas crepitan mientras un suave humo perfumado asciende y se mezcla con la humedad de los arrozales cercanos. Detrás del mostrador, un caldero enorme burbujea con una sopa espesa.
El puesto está abarrotado. Guerreros de diversos dojos, aprendices y aldeanos hacen fila, comentando entre risas y carcajadas sobre las técnicas del último torneo, o sobre quién será el próximo en desafiar al Rey del Kárate, cuyo rostro sonriente adorna un cartel de anuncio en la plaza.
El mercado principal se alza en una gran explanada de piedra lisa, donde los puestos se alinean formando calles estrechas y vivas. Toldos de tela color bermellón, verde jade y blanco marfil ondean suavemente bajo el viento, proyectando sombras irregulares sobre el gentío. Se escuchan risas, regateos, pasos sobre la piedra y, de vez en cuando, el sonido hueco de un tambor de exhibición marcial, pues muchos vendedores aprovechan para mostrar sus técnicas en mini-duelos amistosos que atraen a curiosos y compradores por igual.
Los puestos están repletos de artículos ligados al combate y la disciplina física: vendas impregnadas en hierbas curativas, guantes reforzados con conchas marinas, cintos ceremoniales bordados a mano, e incluso armas exóticas traídas por comerciantes errantes. Algunos puestos también venden amuletos de Ki, piedras supuestamente bendecidas por antiguos maestros, o botellas de sake aromatizado con ginseng.
Entre todo este bullicio, destaca un puesto que parece no encajar del todo con la disciplina del lugar… pero que atrae a la multitud como si fuera un dojo legendario. Un gran cartel de madera tallada reza en letras negras y firmes:
![[Imagen: xvH6FMU.png]](https://i.imgur.com/xvH6FMU.png)
「極味鳥亭 - Gokumitori-tei」
El responsable es Kaba Gensai, un hombre gordo de rostro redondo y ojos siempre entrecerrados, tan pequeño su pupila que resulta imposible adivinar si mira al cliente o simplemente sonríe. Su panza se desborda del cinturón que mantiene apenas sujeto su kimono grasiento, y cada vez que se inclina para remover una olla o girar un ave al fuego, el tejido cruje en protesta. A pesar de su aspecto bonachón, sus movimientos son sorprendentemente precisos, casi como los de un maestro marcial ejecutando un kata de cocina: un giro de muñeca aquí, una patada suave para cerrar la tapa del horno allí.
El aroma que emana de su puesto es irresistible. Pollos asados, patos caramelizados, codornices en salsa de soja dulce y hasta exóticas gaviotas marinadas al estilo Gyojin llenan el aire. Las brasas crepitan mientras un suave humo perfumado asciende y se mezcla con la humedad de los arrozales cercanos. Detrás del mostrador, un caldero enorme burbujea con una sopa espesa.
El puesto está abarrotado. Guerreros de diversos dojos, aprendices y aldeanos hacen fila, comentando entre risas y carcajadas sobre las técnicas del último torneo, o sobre quién será el próximo en desafiar al Rey del Kárate, cuyo rostro sonriente adorna un cartel de anuncio en la plaza.
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FICHA DEL NPC
OFF ROL
