El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado]
#2

Llueve.

Las gotas pesadas golpeando contra el barco le recuerdan a su primera noche en esa isla.

Sí, sus recuerdos son pocos, fugaces, pero, por un motivo que desconoce, aún tiene en mente su primera noche en Sorbet. Tiene sus teorías de eso, por supuesto, tal vez se debe a la emoción del momento, a esa ilusión de creer que viviría tan dignamente como en Momoiro, siendo un médico como cualquier otro, tal como lo fue en aquella isla ¡Cuan equivocado estuvo!, pues, sin alguien que mantuviera sus viejas costumbres controladas, solo bastó año y medio para que estas salieran a flote.

Sus manos se tensan alrededor del bisturí ensangrentado, sus pensamientos empiezan a molestarlo. No hay motivo para pensar en el pasado, mucho menos en el “hubiera”, alguien como él solo tiene el presente.

Suspira.

Deja que el agua caiga sobre la navaja del bisturí, deja que limpie los rastros de sangre, tal como ha limpiado el de sus otros instrumentos y el de sus propios guantes quirúrgicos. El sonido del líquido escurriendo sobre el metal lo alivia, lo distrae de la lluvia exterior…le hace pensar que con ello lava sus crímenes.

Pero… ¿Qué tanto mal en verdad hace?

Sus “víctimas” son escoria que tuvieron la suerte de tener buena salud, personas que nadie extrañará, que nadie buscará, gente que incluso la marina estaría agradecida de que desaparecieran de la noche a la mañana…claro, eso se dice a sí mismo, pero bien sabe que entre su lista de víctimas hay personas que no cumplen con esas características, pero puede contarlos con los dedos, son casos especiales, casos más…sentimentales…y sí, a esos sí los puede recordar.

La sangre ya no se refleja en el bisturí, se había limpiado por completo y ese acto tan simple hace que una sonrisa se dibuje en su rostro, una que queda tapada bajo la mascarilla que aún lleva puesta… ¿Por qué sonríe? Porque ahora todo está tan pulcro como al inicio, no hay restos de ningún “desmembramiento”, pero, aun así, falta algo: esterilizar las herramientas. La puertecilla del autoclave está abierta y el bisturí no tarda en terminar dentro de aquella maquina junto con el resto de los utensilios.

Al fin puede descansar, esa noche ha conseguido buena mercancía: ojos en perfecto estado, unos riñones funcionales, un corazón joven, pulmones sin rastros de daño por fumar y demás cosas que harían una lista casi interminable pero que, al mismo tiempo, suman más berries a su cuenta.

No tardó en deshacerse de sus guantes y bajar su mascarilla, con todo en la “sala de operaciones” ordenado, su trabajo consiste ahora de actualizar su “inventario” y tal vez ponerse en contacto con su principal comprador, aunque…eso bien puede esperar al día siguiente, sí…mejor, ver su den den mushi ahí descansando no lo incentiva a querer despertarlo.

Al salir a lo que consideraría su “oficina”, un espacio apenas apartado por una puerta metálica se centró en estirar sus músculos, quitándose de encima la pereza y el cansancio acumulado por las horas de meticuloso trabajo, además, pudo por fin sentarse en una cómoda silla en la que dio un par de vueltas antes de centrar sus ojos sobre el papel en la mesa…el inventario, claro…mejor encargarse de eso antes de que el sueño empezara a hacer estragos con él, aunque, tal vez eso no sería posible, no de inmediato al menos.

Unos pasos lo alertaron; sin embargo, nada pudo hacer para evitar que la puerta, de por si entreabierta, se terminara de abrir para que el “viejo” barco recibiera a un desconocido visitante.

Sus sentidos se mantuvieron en alerta, sus músculos se tensaron y sus piernas no pudieron mantenerse en el asiento, tuvo que ponerse de pie para que le fuera más fácil defenderse en caso de ser necesario, aunque, el hombre que tenía el descaro de aparecerse de ese modo pareciera no tener, por ahora, ninguna intención de atacarlo.

Tuvo que seguirlo con la mirada, estudiando cada paso, cada gesto y, además de la voz tranquila con la que ha hablado, una que le da la impresión de que el sujeto que tiene frente a él es demasiado confiado…no le gustan las personas tan confiadas, mucho menos las que tocan sus cosas sin preguntar antes.

—¿Atenderte? —En otro momento se habría cruzado de brazos, ahora no se puede dar ese lujo. —No pareces estar enfermo —. Y es claro para él que ese hombre no está ahí por una enfermedad, solo juega con las palabras, con el tiempo, estirando cualquier posible intromisión de alguna autoridad…Ha pasado mucho tiempo en Sorbet, es tiempo de mudarse. —Aunque supongo que podría escucharte, ya que te has tomado la molestia de venir hasta aquí con este torrencial.

No dice nada por el frasco que el recién llegado toma entre sus manos, pero da un par de pasos al frente para quedar justo delante de él, obligándose a mirar hacia abajo por culpa de una clara diferencia de alturas.

—Sí, puedo salvar vidas, soy médico, eso queda claro —Uno de sus brazos se movió con gracia, mostrando la evidente “oficina” de alguien dedicado a su profesión, hay medicamentos, algunos frascos con órganos que bien podría decir son solo para estudio y algunas imágenes pegadas en las paredes con diagramas del cuerpo humano, pero, el gesto de tranquilidad se fue desvaneciendo en cuanto escuchó las siguientes palabras del otro hombre.

“Pero también que cobras en trozos.”

La iluminación en la sala es suficiente para que se note con claridad como la sangre de su rostro se va desvaneciendo poco a poco, la palidez que queda reflejada en su cara muestra y la manera en la que sus ojos se abren con sorpresa son sinónimos del espanto que empieza a sentir…sí, definitivamente, ha pasado mucho tiempo en Sorbet, no tiene más tiempo que perder en esa isla si sus negocios y dónde encontrarlo son tan conocidos.

No es capaz de articular palabra y su único gesto es desviar la mirada y morderse el labio con fuerza, un labio de por si magullado por la cantidad de veces que, seguramente, realizó ese gesto durante la “operación” de antes.

¿Quién es ese hombre? ¿Por qué lo busca? Si es alguien de la marina está más que jodido.

Puede sentir el sudor frío recorriendo su piel y, de repente, es la misma voz del desconocido la que logra traerlo de regreso a la tierra.

—¿Eh? —Su mirada vuelve a posarse en el más pequeño y su cabeza se ladea un poco, ahora lo mira con curiosidad. —Mi… ¿talento? Eso no…tiene sentido…no soy un artista, solo un médico…creo que…

¿Una trampa? Debe ser una trampa, algo para hacerlo hablar, simplemente no puede confiar tan fácil en alguien que diga que viene a buscarlo por algo tan simple, pero entonces, más palabras llegan a sus oídos y, esta vez, lejos de causarle temor o sorpresa le causan gracia.

¿Una tripulación? De creer que es una trampa, empieza a creer que es una broma.

Se gira cuando nota que el chico se acomoda con confianza en su propia silla, incluso se atreve a bajar un poco la guardia al recostarse a uno de los estantes del barco, aun quedando de frente al otro hombre, asegurándose que notara la sonrisa de medio lado que se ha formado en su cara al escuchar aquello.

—Hay muchos médicos en esta isla —. Recalca lo obvio, no con arrogancia, si no con voz seria, casi monótona. —¿Qué clase de tripulación querría a uno como yo? —No puede confiar aún en el otro hombre, pero tampoco se hará el estúpido, ambos saben la razón de esa frase, de ese “uno como yo”, no hay motivo para ocultar algo que ya es del saber ajeno. —Solo se me ocurre un tipo de marino que estaría cómodo con esto —dijo mientras señala a su alrededor —…en su barco…

Ahora sí tiene el valor para cruzarse de brazos, aunque su actitud sigue tan atenta como desconfiada, coincidiendo bastante al menos con esa afirmación de parte del castaño.

—Pues haces bien, yo no confiaría en mi y, si te soy sincero, tampoco confío en ti —. Se encoge de hombros, restándole importancia a sus propias palabras, aunque es lo más sincero que ha dicho hasta ahora. —De todos modos, me halaga que confíes en mi talento, pero, puedo preguntar ¿Por qué? No me has visto actuar, ni siquiera sabes si soy un médico real o un charlatán…acaso… ¿Es solo por lo que comentan en las calles? ¿Tan fácil te dejas convencer por las palabras de los demás? Eso no es muy sabio en este mundo…

Se cansó de estar de pie, tuvo que acercarse a otra silla, una extra y que casi nunca usaba, para poder descansar un poco sus piernas, la jornada del día fue larga y esta sorpresa al final solo estaba sirviendo para agotarlo más.

—Ni siquiera me has dicho tu nombre y tampoco has preguntado el mío…podrías empezar por ahí —. Se quitó sus lentes, de pronto le pesaron, y los dejó a un lado, sobre uno de los escritorios metálicos. —Seré generoso, cuéntame de esa dichosa tripulación, tal vez un buen relato me anime a unirme o tal vez no…aunque…tal vez lo mejor sería preguntar… ¿Qué gano yo si acepto? No me gusta ir a un sitio o seguir a alguien si no tengo un beneficio de por medio —. Al menos puede permitirse ser sincero, prefiere hablar claro desde el inicio para evitar malentendidos después.
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RE: El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] - por Hyákinthos - 08-10-2025, 08:45 AM

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