09-10-2025, 07:55 PM
Era pronto. Demasiado pronto. Y la noche había sido larga. Muy larga.
Dos medias lunas bajo sus ojos y un cerebro fatigado la respaldaban. Además, estaba de mal humor. Y cuando se está de mal humor, todo se vuelve largo. Demasiado largo.
Había sido un hombre mayor —anciano a los ojos de Bai— quien, durante el desayuno, le había estado dando golpecitos en el brazo mientras repetía:
“—Niña, eh, niña. ¿Me entiendes?”
Por supuesto que no lo hacía. Le había hablado varias veces en su idioma, le había hecho señas, incluso había intentado que otros intervinieran por ella.
Pero la paciencia, como la cafeína, no es infinita.
Y a la octava vez, llena de molestia, le había gritado.
El hombre, más sordo que una tapia y con la misma capacidad de reacción que una, había entendido —por primera vez— que no le haría el menor caso.
Claro, se había ganado algún reproche. Pero ella, igualmente sorda a su manera, se había limitado a terminar de comer y marcharse.
Y sí, eso había ocurrido a primera hora. Y sí, eso le había arruinado todo el día. Lo había girado por completo.
Le habría gustado decir que trescientos sesenta grados, porque la expresión le parecía elegante, pero no sería cierto.
De haber sido trescientos sesenta, habría vuelto a empezar el día de buen humor. Y eso, definitivamente, no había sucedido.
Por suerte para todos, su mal humor parecía limitarse a una mueca seria y al silencio. Nada que no hubieran visto ya.
Al fin y al cabo, cuando se piensa demasiado, no queda opción a otra expresión que no sea esa.
Excepto, claro, cuando uno entra en confianza o los astros se alinean, fenómeno que —según la experiencia colectiva— tiende a producirse con menos frecuencia que un lunes amable.
Y así se había presentado a la cita. Sin más ni menos.
Esperaba, dentro de todo lo tranquilo que uno puede estar, a que le dieran el ticket del barco.
Cuando llegó su turno, dio las gracias en su lengua. Aunque, viendo la expresión de Cao, sospechó que incluso un mueble bien entrenado habría entendido más. Aún así, se esforzó por esbozar una sonrisa, achicó los ojos e inclinó ligeramente la cabeza. Después, volvió a adoptar la misma expresión que llevaba desde que había salido de la posada.
—Señorita Lan —se atrevió a decir, aunque era menos probable que sonara amable que ver a un pez dorado completar un crucigrama—. Los veo esta noche. Tengo cosas que hacer.
Si me necesitan… ya saben dónde no buscarme.
Y con ello, la birkiniana se alejó del grupo en busca de su camarote donde descansar.
Dos medias lunas bajo sus ojos y un cerebro fatigado la respaldaban. Además, estaba de mal humor. Y cuando se está de mal humor, todo se vuelve largo. Demasiado largo.
Había sido un hombre mayor —anciano a los ojos de Bai— quien, durante el desayuno, le había estado dando golpecitos en el brazo mientras repetía:
“—Niña, eh, niña. ¿Me entiendes?”
Por supuesto que no lo hacía. Le había hablado varias veces en su idioma, le había hecho señas, incluso había intentado que otros intervinieran por ella.
Pero la paciencia, como la cafeína, no es infinita.
Y a la octava vez, llena de molestia, le había gritado.
El hombre, más sordo que una tapia y con la misma capacidad de reacción que una, había entendido —por primera vez— que no le haría el menor caso.
Claro, se había ganado algún reproche. Pero ella, igualmente sorda a su manera, se había limitado a terminar de comer y marcharse.
Y sí, eso había ocurrido a primera hora. Y sí, eso le había arruinado todo el día. Lo había girado por completo.
Le habría gustado decir que trescientos sesenta grados, porque la expresión le parecía elegante, pero no sería cierto.
De haber sido trescientos sesenta, habría vuelto a empezar el día de buen humor. Y eso, definitivamente, no había sucedido.
Por suerte para todos, su mal humor parecía limitarse a una mueca seria y al silencio. Nada que no hubieran visto ya.
Al fin y al cabo, cuando se piensa demasiado, no queda opción a otra expresión que no sea esa.
Excepto, claro, cuando uno entra en confianza o los astros se alinean, fenómeno que —según la experiencia colectiva— tiende a producirse con menos frecuencia que un lunes amable.
Y así se había presentado a la cita. Sin más ni menos.
Esperaba, dentro de todo lo tranquilo que uno puede estar, a que le dieran el ticket del barco.
Cuando llegó su turno, dio las gracias en su lengua. Aunque, viendo la expresión de Cao, sospechó que incluso un mueble bien entrenado habría entendido más. Aún así, se esforzó por esbozar una sonrisa, achicó los ojos e inclinó ligeramente la cabeza. Después, volvió a adoptar la misma expresión que llevaba desde que había salido de la posada.
—Señorita Lan —se atrevió a decir, aunque era menos probable que sonara amable que ver a un pez dorado completar un crucigrama—. Los veo esta noche. Tengo cosas que hacer.
Si me necesitan… ya saben dónde no buscarme.
Y con ello, la birkiniana se alejó del grupo en busca de su camarote donde descansar.
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