12-10-2025, 01:16 AM
El mar golpeaba el muelle con una calma que solo existe antes de las tormentas. El viento traía olor a sal y madera húmeda, y entre ese ruido suave, su voz seguía resonando, dulce y cortante, como una navaja envuelta en perfume y ahí estaba Rosse Bellecour, el niño de Sorbet que ahora me hablaba como un capitán, el que lloraba entre sombras, y ahora desafiaba al mundo con lentejuelas y fuego en los ojos. Me quedé mirándolo en silencio, no pude evitarlo, había pasado tanto tiempo intentando enterrar el pasado que, cuando lo veía así, erguido frente al mar, no sabía si sentía orgullo o miedo, aunque probablemente eran las dos cosas.
Su pregunta seguía flotando en el aire, cargada de desafío, de esa maldita energía que siempre lo hace parecer el centro de todo, di un maldito paso hacia él, despacio, sin romper el silencio más de lo necesario, mii capa se movía con el viento, pesada, casi viva —Sabes bien que no soy un hombre de barcos ajenos —dije al fin, mi voz ronca, apenas un murmullo que el mar podría haberse tragado —Pero tú…tú nunca fuiste un capitán fácil de ignorar. —Rosse ladeó la cabeza, como un gato satisfecho, esperando una respuesta más clara y yo no supe que mas que hacer que suspirar, un suspiro demasiado largo, bajando la mirada hacia sus manos, esos dedos llenos de anillos que temblaban a pesar de su seguridad ensayada.
Resoplé un momento, pasándome una mano por el cabello —No te harás más sensato, ¿verdad? Siempre buscando el borde del precipicio, la tormenta más grande, el escenario más peligroso. Beeh!!—Levanté la vista, y mis ojos se encontraron con los suyos. —Si me quedo en tierra, vas a meterte en problemas, lo sé y como no tengo intención de volver a verte desaparecer—di otro paso, quedando tan cerca que el viento nos empujaba uno contra el otro —Me uniré a tu maldita tripulación.— Sus labios se curvaron apenas, pero levanté un dedo, deteniéndolo antes de que hablara.
—Pero no lo hago por tus discursos, ni por tus risas, ni por tus espejos, Rosse. —mi voz bajó, grave, casi un gruñido —Lo hago porque sé que no tienes sentido común, y alguien tiene que mantenerte con vida. — Hice una pausa breve, no como las suyas que parecen puro teatro, mas bien era una de esas pausas que haces cuando intentas acomodar tus propios pensamientos. — Y porque quiero ver en qué demonios te conviertes cuando nadie más pueda frenarte, Beeh!!— El silencio que siguió fue pesado, eléctrico, el mar rugía detrás de nosotros, golpeando la madera como si aplaudiera, entonces extendí la mano hacia él, la misma que antes lo había sujetado, pero ahora abierta, firme, esperando.
—Así que ahí lo tienes, Capitán Rosse. —dije, con una media sonrisa casi invisible —Si vas a bailar con las tormentas, alguien tendrá que estar a tu lado cuando empieces a girar demasiado.— Sus dedos, al rozar los míos, temblaron y en ese instante lo supe, lo que sentía no era solo culpa, era una mezcla de miedo, admiración y algo que no tenía nombre, algo que llevaba dormido años y que ahora despertaba con el olor del mar y el sonido de su risa quebrada.
—No esperes que cante contigo, Beeh —añadí, girándome para mirar el horizonte, el sol hundiéndose como una moneda de fuego sobre las aguas —Pero estaré allí, en cubierta y si alguna vez el mar intenta tragarte otra vez, esta vez no pienso dejarte abajo — Me volví hacia él una última vez con una sonrisa. —Vamos, Capitán. Enséñame tu barco. —
Su pregunta seguía flotando en el aire, cargada de desafío, de esa maldita energía que siempre lo hace parecer el centro de todo, di un maldito paso hacia él, despacio, sin romper el silencio más de lo necesario, mii capa se movía con el viento, pesada, casi viva —Sabes bien que no soy un hombre de barcos ajenos —dije al fin, mi voz ronca, apenas un murmullo que el mar podría haberse tragado —Pero tú…tú nunca fuiste un capitán fácil de ignorar. —Rosse ladeó la cabeza, como un gato satisfecho, esperando una respuesta más clara y yo no supe que mas que hacer que suspirar, un suspiro demasiado largo, bajando la mirada hacia sus manos, esos dedos llenos de anillos que temblaban a pesar de su seguridad ensayada.
Resoplé un momento, pasándome una mano por el cabello —No te harás más sensato, ¿verdad? Siempre buscando el borde del precipicio, la tormenta más grande, el escenario más peligroso. Beeh!!—Levanté la vista, y mis ojos se encontraron con los suyos. —Si me quedo en tierra, vas a meterte en problemas, lo sé y como no tengo intención de volver a verte desaparecer—di otro paso, quedando tan cerca que el viento nos empujaba uno contra el otro —Me uniré a tu maldita tripulación.— Sus labios se curvaron apenas, pero levanté un dedo, deteniéndolo antes de que hablara.
—Pero no lo hago por tus discursos, ni por tus risas, ni por tus espejos, Rosse. —mi voz bajó, grave, casi un gruñido —Lo hago porque sé que no tienes sentido común, y alguien tiene que mantenerte con vida. — Hice una pausa breve, no como las suyas que parecen puro teatro, mas bien era una de esas pausas que haces cuando intentas acomodar tus propios pensamientos. — Y porque quiero ver en qué demonios te conviertes cuando nadie más pueda frenarte, Beeh!!— El silencio que siguió fue pesado, eléctrico, el mar rugía detrás de nosotros, golpeando la madera como si aplaudiera, entonces extendí la mano hacia él, la misma que antes lo había sujetado, pero ahora abierta, firme, esperando.
—Así que ahí lo tienes, Capitán Rosse. —dije, con una media sonrisa casi invisible —Si vas a bailar con las tormentas, alguien tendrá que estar a tu lado cuando empieces a girar demasiado.— Sus dedos, al rozar los míos, temblaron y en ese instante lo supe, lo que sentía no era solo culpa, era una mezcla de miedo, admiración y algo que no tenía nombre, algo que llevaba dormido años y que ahora despertaba con el olor del mar y el sonido de su risa quebrada.
—No esperes que cante contigo, Beeh —añadí, girándome para mirar el horizonte, el sol hundiéndose como una moneda de fuego sobre las aguas —Pero estaré allí, en cubierta y si alguna vez el mar intenta tragarte otra vez, esta vez no pienso dejarte abajo — Me volví hacia él una última vez con una sonrisa. —Vamos, Capitán. Enséñame tu barco. —
