12-10-2025, 05:55 PM
"¡No me vendría mal!," afirmó el Marine ante la oferta de Kibai. Un poco de pescado con pan de centeno fresco era un desayuno que le apasionaba, típico de Spider Miles. "¡Dame un momento, que lo estoy poniendo todo a punto!". Stroud terminó de colocar los barriles con provisiones en la bodega del barco, atándolos todos entre sí con un poco de cuerda y asegurándolos como pudo al suelo, permitiendo el menor movimiento posible. Era fundamental que la comida y, sobre todo, el agua potable estuviesen a salvo, o todo lo a salvo que se pudiese. Aquella goleta no era ningún monstruo de la navegación, pero Stroud sabía que tenía lo que hacía falta para la travesía que se les avecinaba. Dio un par de palmaditas sobre la pared de la bodega, como quien acariciaba la cabeza de un perro que se había portado bien, pensando en las reparaciones que necesitaría el navío una vez llegasen a Samba.
Caminó hasta el otro lado de la lúgubre bodega, encendiendo un par de lámparas de aceite, y colocó su carpeta y su estuche de instrumentos náuticos sobre la superficie barnizada de la mesa, que, colgando de un par de cadenas y dos bisagras, podía plegarse y pegarse a la pared para optimizar el espacio. A falta de una cabina de navegación dedicada, aquel lugar le iba estupendamente. Levantó la vista, dando un golpecitos sobre el cristal del barómetro de pared y comprobando el nivel del mercurio, anotándolo mentalmente. La presión había bajado ligeramente, pero no lo suficiente para augurar una tormenta en la proximidad. Desplegó metódicamente sus mapas y la carta náutica, fijándolas con pequeñas piedrecitas para que no se moviesen, y comenzó a examinarlas con detenimiento, marcando con compás y regla paralela el rumbo hacia el Reino de Samba, trazando una línea recta entre las islas. No sería una travesía demasiado complicada. En su cuaderno de bitácora, anotó las coordenadas iniciales, el viento y la temperatura aproximada.
A continuación, salió de la bodega, e hizo una pequeña lectura rápida con su sextante, midiendo la altura de una de las estrellas tempranas del día, calibrando su posición. Todo salía conforme a lo que había calculado. A continuación, caminó por la cubierta, comprobando las cuerdas del timón, la adecuada orientación de las velas, y observando el horizonte con su catalejo, evaluando la claridad del cielo y la dirección de las corrientes superficiales. Todo auguraba una travesía tranquila. Volvió a su improvisada cabina de navegación y anotó un par de detalles en su cuaderno, corrigiendo mínimamente algunos cálculos en el margen del mapa. Su lado más precavido le hizo marcar algunas potenciales rutas de emergencia en caso de que dieran con alguna tormenta inesperada; era fundamental tener una vía de escape, y más cuando él mismo se convertiría en un ancla en el instante en que cayese al agua. Limpiándose una gota de sudor que le caía de la sien, finalizó sus cálculos y suspiró, sus calculadores ojos oscuros recorrieron las cartas de navegación de arriba a abajo, asegurándose de que todo estuviese en su lugar. Finalmente, limpió metódicamente sus herramientas con un pequeño trapo antes de volver a guardarlas en su estuche. Por las rendijas de la bodega se colaban ya las luces más doradas y anaranjadas del amanecer, justo antes de que el sol brillase en todo su esplendor.
Absorto como había estado en sus funciones de navegación, se percató repentinamente de que un par de voces conversaban arriba. Salió por las escaleras, y vio cómo llegaba el felino Moja, un mink más en la tripulación, junto a Kibai y Bertram, que le daban la bienvenida. "¡Parece que va con prisa!," afirmó, con su voz siempre característicamente monótona. "Bienvenido al Royal Quiver, soldado. Sargento Stroud Redgrave," se presentó cordialmente, haciendo un saludo militar y tendiéndole una mano firme. "Tienes café y galletas en la bodega, con el resto de provisiones. Partimos en nada, todos a sus puestos," dijo con una autoridad calmada, haciendo un ademán con la cabeza en dirección a los cabos y las velas. Deshizo el nudo de uno de los cabos de estribor, antes de colocarse tras el timón. "Con un poco de suerte, pasado mañana llegaremos a tierra. Bertram, verifica las amarras y libera el cabo de proa antes del próximo cambio de viento," comenzó a recitar, como si repasase una lista mental, mientras él mismo empezaba a poner el timón a punto. "Kibai, cuando notes el tirón, libera la escota de babor, que el casco no se incline más de la cuenta. Moja, ve recogiendo las defensas de costado y asegúralas en la bodega. ¡Partimos!". En cuestión de pocos minutos, el Royal Quiver salía del puerto de la Isla del Kárate, y la División 84 al completo finalmente ponía rumbo al Reino de Samba.
Caminó hasta el otro lado de la lúgubre bodega, encendiendo un par de lámparas de aceite, y colocó su carpeta y su estuche de instrumentos náuticos sobre la superficie barnizada de la mesa, que, colgando de un par de cadenas y dos bisagras, podía plegarse y pegarse a la pared para optimizar el espacio. A falta de una cabina de navegación dedicada, aquel lugar le iba estupendamente. Levantó la vista, dando un golpecitos sobre el cristal del barómetro de pared y comprobando el nivel del mercurio, anotándolo mentalmente. La presión había bajado ligeramente, pero no lo suficiente para augurar una tormenta en la proximidad. Desplegó metódicamente sus mapas y la carta náutica, fijándolas con pequeñas piedrecitas para que no se moviesen, y comenzó a examinarlas con detenimiento, marcando con compás y regla paralela el rumbo hacia el Reino de Samba, trazando una línea recta entre las islas. No sería una travesía demasiado complicada. En su cuaderno de bitácora, anotó las coordenadas iniciales, el viento y la temperatura aproximada.
A continuación, salió de la bodega, e hizo una pequeña lectura rápida con su sextante, midiendo la altura de una de las estrellas tempranas del día, calibrando su posición. Todo salía conforme a lo que había calculado. A continuación, caminó por la cubierta, comprobando las cuerdas del timón, la adecuada orientación de las velas, y observando el horizonte con su catalejo, evaluando la claridad del cielo y la dirección de las corrientes superficiales. Todo auguraba una travesía tranquila. Volvió a su improvisada cabina de navegación y anotó un par de detalles en su cuaderno, corrigiendo mínimamente algunos cálculos en el margen del mapa. Su lado más precavido le hizo marcar algunas potenciales rutas de emergencia en caso de que dieran con alguna tormenta inesperada; era fundamental tener una vía de escape, y más cuando él mismo se convertiría en un ancla en el instante en que cayese al agua. Limpiándose una gota de sudor que le caía de la sien, finalizó sus cálculos y suspiró, sus calculadores ojos oscuros recorrieron las cartas de navegación de arriba a abajo, asegurándose de que todo estuviese en su lugar. Finalmente, limpió metódicamente sus herramientas con un pequeño trapo antes de volver a guardarlas en su estuche. Por las rendijas de la bodega se colaban ya las luces más doradas y anaranjadas del amanecer, justo antes de que el sol brillase en todo su esplendor.
Absorto como había estado en sus funciones de navegación, se percató repentinamente de que un par de voces conversaban arriba. Salió por las escaleras, y vio cómo llegaba el felino Moja, un mink más en la tripulación, junto a Kibai y Bertram, que le daban la bienvenida. "¡Parece que va con prisa!," afirmó, con su voz siempre característicamente monótona. "Bienvenido al Royal Quiver, soldado. Sargento Stroud Redgrave," se presentó cordialmente, haciendo un saludo militar y tendiéndole una mano firme. "Tienes café y galletas en la bodega, con el resto de provisiones. Partimos en nada, todos a sus puestos," dijo con una autoridad calmada, haciendo un ademán con la cabeza en dirección a los cabos y las velas. Deshizo el nudo de uno de los cabos de estribor, antes de colocarse tras el timón. "Con un poco de suerte, pasado mañana llegaremos a tierra. Bertram, verifica las amarras y libera el cabo de proa antes del próximo cambio de viento," comenzó a recitar, como si repasase una lista mental, mientras él mismo empezaba a poner el timón a punto. "Kibai, cuando notes el tirón, libera la escota de babor, que el casco no se incline más de la cuenta. Moja, ve recogiendo las defensas de costado y asegúralas en la bodega. ¡Partimos!". En cuestión de pocos minutos, el Royal Quiver salía del puerto de la Isla del Kárate, y la División 84 al completo finalmente ponía rumbo al Reino de Samba.

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