13-10-2025, 02:33 AM
El sol de otoño entraba por los ventanales del crucero con un brillo cálido que pintaba el comedor en tonos dorados. Era el mediodía perfecto, hora en la que el cuerpo empieza a pedir comida incluso si ya comiste hace poco… y por suerte para mi, esta no era una de mis preocupaciones: Tenia el estomago contento, ocupado, y en paz. Frente a mí se extendía un banquete que habría hecho llorar de emoción a cualquier hombre famélico: langostas recién hervidas, filetes de pescado tan blancos como la nieve, camarones del tamaño de mis pulgares y una montaña de arroz con mariscos que parecía pensada para alimentar a una familia entera. Una familia humana, claro.
Para mí era apenas un buen almuerzo. Mientras partía una cola de langosta con los dedos, miré por la ventana y ahí estaba, majestuosa en la distancia: la silueta del Reino de Samba.
Habíamos estado navegando dos días completos desde que partimos, y si algo aprendí en este tiempo es que el crucero era tan lujoso como lento. No me molestaba, en realidad. Tenía comida, cama, y camisas hawaianas limpias, así que no podía quejarme. Hacía unas horas, antes de venirme al buffet, ya había hecho mis cálculos: con las corrientes del suroeste y la velocidad del barco, llegaríamos justo después del almuerzo. Así que, como buen previsor, ya tenía mi equipaje listo. No es que tuviera mucho: entre el hacha; mis elementos de navegación y un pequeño saco de ropa, ahora lleno con camisas hawaianas, la carga se aligeraba bastante, pero me gustaba sentir que no dejaba nada tirado. Claro que, conociendo a mis compañeros, había un 99% de probabilidades de que terminara cargando también sus valijas.
Miré una vez más por la ventana, viendo cómo el barco comenzaba a girar suavemente para alinearse con el puerto. Ya casi llegábamos. Me pasé una mano por la barba, satisfecho, y terminé lo que quedaba en el plato. —Bueno… ya va siendo hora del desembarco.— Dije para mí mismo, empujando hacia atrás la silla y dejando escapar un pequeño eructo satisfecho. Me levanté con calma, dándole una última mirada a la isla que nos esperaba.
Para mí era apenas un buen almuerzo. Mientras partía una cola de langosta con los dedos, miré por la ventana y ahí estaba, majestuosa en la distancia: la silueta del Reino de Samba.
Habíamos estado navegando dos días completos desde que partimos, y si algo aprendí en este tiempo es que el crucero era tan lujoso como lento. No me molestaba, en realidad. Tenía comida, cama, y camisas hawaianas limpias, así que no podía quejarme. Hacía unas horas, antes de venirme al buffet, ya había hecho mis cálculos: con las corrientes del suroeste y la velocidad del barco, llegaríamos justo después del almuerzo. Así que, como buen previsor, ya tenía mi equipaje listo. No es que tuviera mucho: entre el hacha; mis elementos de navegación y un pequeño saco de ropa, ahora lleno con camisas hawaianas, la carga se aligeraba bastante, pero me gustaba sentir que no dejaba nada tirado. Claro que, conociendo a mis compañeros, había un 99% de probabilidades de que terminara cargando también sus valijas.
Miré una vez más por la ventana, viendo cómo el barco comenzaba a girar suavemente para alinearse con el puerto. Ya casi llegábamos. Me pasé una mano por la barba, satisfecho, y terminé lo que quedaba en el plato. —Bueno… ya va siendo hora del desembarco.— Dije para mí mismo, empujando hacia atrás la silla y dejando escapar un pequeño eructo satisfecho. Me levanté con calma, dándole una última mirada a la isla que nos esperaba.
