13-10-2025, 11:32 PM
Sus dedos de la mano libre frotaban sus ojos mientras terminaba de organizar mentalmente todo lo que tenía que hacer. Lo primero era encontrar a Hyákinthos, llevarlo consigo para mostrarle el nuevo laboratorio, hablar con él sobre los términos, los viajes que probablemente todavía se venían encima. En esos días había podido conocer mejor a otras personas. Mayormente se había intentado enfocar en aquellos inútiles que parecían conocer a Hyákinthos, enfocándose a quien llamaba “capitán”, o se hacía llamar de ese modo. Ashveil. En cuanto sus pies descendieran por Samba, él mismo se encargaría de buscar información sobre ese individuo. Dudaba que fuera secreto y, en caso de tener algo que ocultar, lo descubriría mediante los múltiples contactos que el propio clan conocía. Daba la última calada a su cigarrillo, ahora con la llegada cada vez más cerca. Sus ojos, afilados, con las ojeras dibujadas bajo sus ojos (algo habitual ya), solo veían cómo las personas se iban preparando, cuando él mismo ya había hecho aquello mismo con su cofre la noche anterior. No había mucho que reorganizar, además de sus propios Berries, sus armas y obviamente los objetos necesarios. Todavía tenía otros asuntos más que atender…
Y una voz lo interrumpió. No, no solo era una, en realidad eran muchas más. Ashveil, aquel extraño que parecía apegado de alguna extraña forma a la Oni, incluso su mercancía. Había percibido con claridad una obsesión de llamar a Hyákinthos de ella por llamarlo “algodón de azúcar”. Ya ni mencionar las comidas infinitas de aquel gigante, conocido como Thrym. No es que hubiera podido hablar mucho con un gigante que a duras penas podía mirar sin alcanzarle parte de su pie de altura. La simpatía del gigante era legendaria, desde luego. En algún que otro momento lo llegó a imaginar con esos órganos, ¿cuánto costarían? Y más un tamaño como aquel… No había visto demasiados de semejante tamaño, sino más pequeños. Esos, por supuesto, fueron pensamientos que se guardó para sí mismo.
Sopló el humo, escuchando a sus espaldas la voz de Ashveil dirigirse directamente a él. Sus ojos se voltearon en su dirección, en silencio, viendo que además le había incluso ahorrado el tener que encontrar a Hyákinthos. Lo miró de reojo, posiblemente, otra vez, se habría olvidado de él. Ya se estaba comenzando a habituar a aquella desagradable sensación. Tomó el cenicero, sin aviso alguno, tomando a la fuerza la muñeca de Ashveil. El cigarro entre sus labios, sin siquiera mirarlo directamente, y posicionó el cenicero en la palma de la mano del hombre. Sus ojos descendieron hasta la altura del menor. Pese a todo, su actitud se mantenía sorprendentemente calmada.
Sopló el humo del cigarrillo directamente al rostro del joven, apagando el cigarrillo en la misma mano que había colocado el cenicero. No le faltaron ganas de apagarlo directamente en su piel y, sin embargo, era consciente de que aquello atraería atenciones indeseadas, más cuando estaban por terminar de bajar del crucero, donde había demasiados desconocidos. —Que sepa qué hago con Hyákinthos no le da usted derecho a tratarme como un amigo de toda la vida, así que cuide sus palabras. Lo que haga o deje de hacer con mi vida privada o mi negocio no es asunto suyo.
Si quería romper el cigarro, lanzarlo contra el suelo, tirárselo a la cara e incluso insultarlo, eso resultaba completa y completamente irrelevante. Solo esperó a que el espectáculo terminara, tanto de Ashveil con Hyákinthos como la misma María Merlot, quien parecía una acosadora detrás de un hombre con problemas de amnesia. Los dejó por algún tiempo, yendo a por su cofre por cuenta propia, justo antes de irse, y se acercó a Hyákinthos, interrumpiendo a la mujer… o más bien a aquella mercancía que usaría más adelante. Por ahora las cosas tuvieron que retrasarse a consecuencia de la falta de orden de aquellos hombres que habían solo estropeado todo, por no mencionar el encuentro con Han, que solo había alargado las cosas a un punto de que su cliente ya había perdido la paciencia. Eso no significaba que hubiera dejado de servir, solo que el momento llegaría más adelante.
Su tono de voz sonó casi autoritario, de forma inconsciente, la voz que tanto temía aquella mujer y el primer día la había hecho huir. Se acercó al pelirrosa, acercándose a su oído con calma. —Soy quien te contrató. Jin. — sí, de nuevo se lo recordaba, ahora ya habituándose de nuevo a ser olvidado, y no dudaba que seguramente aquel día había ocurrido otra vez. —Ven conmigo. Nos están esperando.
No sabía si recordaría ese detalle, la preparación de todo antes de cualquier otra cosa. Se apartó, mirando de nuevo a la mujer, sin saber si huiría, sin apartarse ahora del pelirrosa. Había cosas que ya tenía que comenzar a mover. Los ojos se elevaron de nuevo ante el anuncio que llegó a continuación. Ya habían llegado. Cuando bajara con Hyákinthos, tenía que volver a llamar a su jefe, y hacer que hablara también con él. Una silenciosa promesa que debía acelerar antes de lo previsto, por mucho que no le agradase la idea. Por supuesto, no planeaba separarse de él, a saber si se volvería a perder por alguna parte, o si olvidaría siquiera que tenían que encontrarse.
Y una voz lo interrumpió. No, no solo era una, en realidad eran muchas más. Ashveil, aquel extraño que parecía apegado de alguna extraña forma a la Oni, incluso su mercancía. Había percibido con claridad una obsesión de llamar a Hyákinthos de ella por llamarlo “algodón de azúcar”. Ya ni mencionar las comidas infinitas de aquel gigante, conocido como Thrym. No es que hubiera podido hablar mucho con un gigante que a duras penas podía mirar sin alcanzarle parte de su pie de altura. La simpatía del gigante era legendaria, desde luego. En algún que otro momento lo llegó a imaginar con esos órganos, ¿cuánto costarían? Y más un tamaño como aquel… No había visto demasiados de semejante tamaño, sino más pequeños. Esos, por supuesto, fueron pensamientos que se guardó para sí mismo.
Sopló el humo, escuchando a sus espaldas la voz de Ashveil dirigirse directamente a él. Sus ojos se voltearon en su dirección, en silencio, viendo que además le había incluso ahorrado el tener que encontrar a Hyákinthos. Lo miró de reojo, posiblemente, otra vez, se habría olvidado de él. Ya se estaba comenzando a habituar a aquella desagradable sensación. Tomó el cenicero, sin aviso alguno, tomando a la fuerza la muñeca de Ashveil. El cigarro entre sus labios, sin siquiera mirarlo directamente, y posicionó el cenicero en la palma de la mano del hombre. Sus ojos descendieron hasta la altura del menor. Pese a todo, su actitud se mantenía sorprendentemente calmada.
![[Imagen: 2GrZuta.png]](https://i.imgur.com/2GrZuta.png)
—Escúcheme bien, jovencito. Para usted soy solo Onizuka.
Sopló el humo del cigarrillo directamente al rostro del joven, apagando el cigarrillo en la misma mano que había colocado el cenicero. No le faltaron ganas de apagarlo directamente en su piel y, sin embargo, era consciente de que aquello atraería atenciones indeseadas, más cuando estaban por terminar de bajar del crucero, donde había demasiados desconocidos. —Que sepa qué hago con Hyákinthos no le da usted derecho a tratarme como un amigo de toda la vida, así que cuide sus palabras. Lo que haga o deje de hacer con mi vida privada o mi negocio no es asunto suyo.
Si quería romper el cigarro, lanzarlo contra el suelo, tirárselo a la cara e incluso insultarlo, eso resultaba completa y completamente irrelevante. Solo esperó a que el espectáculo terminara, tanto de Ashveil con Hyákinthos como la misma María Merlot, quien parecía una acosadora detrás de un hombre con problemas de amnesia. Los dejó por algún tiempo, yendo a por su cofre por cuenta propia, justo antes de irse, y se acercó a Hyákinthos, interrumpiendo a la mujer… o más bien a aquella mercancía que usaría más adelante. Por ahora las cosas tuvieron que retrasarse a consecuencia de la falta de orden de aquellos hombres que habían solo estropeado todo, por no mencionar el encuentro con Han, que solo había alargado las cosas a un punto de que su cliente ya había perdido la paciencia. Eso no significaba que hubiera dejado de servir, solo que el momento llegaría más adelante.
![[Imagen: FseGe8i.png]](https://i.imgur.com/FseGe8i.png)
—Hyákinthos.
Su tono de voz sonó casi autoritario, de forma inconsciente, la voz que tanto temía aquella mujer y el primer día la había hecho huir. Se acercó al pelirrosa, acercándose a su oído con calma. —Soy quien te contrató. Jin. — sí, de nuevo se lo recordaba, ahora ya habituándose de nuevo a ser olvidado, y no dudaba que seguramente aquel día había ocurrido otra vez. —Ven conmigo. Nos están esperando.
No sabía si recordaría ese detalle, la preparación de todo antes de cualquier otra cosa. Se apartó, mirando de nuevo a la mujer, sin saber si huiría, sin apartarse ahora del pelirrosa. Había cosas que ya tenía que comenzar a mover. Los ojos se elevaron de nuevo ante el anuncio que llegó a continuación. Ya habían llegado. Cuando bajara con Hyákinthos, tenía que volver a llamar a su jefe, y hacer que hablara también con él. Una silenciosa promesa que debía acelerar antes de lo previsto, por mucho que no le agradase la idea. Por supuesto, no planeaba separarse de él, a saber si se volvería a perder por alguna parte, o si olvidaría siquiera que tenían que encontrarse.
![[Imagen: cDPMEwQ.png]](https://i.imgur.com/cDPMEwQ.png)
—Te guiaré para que no te pierdas, Hyak.
Y con eso, ya estaba más que listo para bajar del crucero, tomando su cofre, con los ojos siguiendo al cirujano que había contratado, prevenido de que tenía que tener una pequeña conversación con su superior. Su calma, como de costumbre, se mantenía intacta, incluso con el cansancio y la falta de sueño. Ninguna novedad.
Novedad sería quizás sea lo que fuere a ocurrir en esa isla... o en los días posteriores.
![[Imagen: bTjgVIr.png]](https://i.imgur.com/bTjgVIr.png)
