But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado)
#2
El aire del cuarto era tibio e inmóvil.
A un lado, una luz distraída temblaba sobre la cortina.
A su derecha, sobre una silla, una blusa descansaba, lisa, blanca y pulcramente doblada.
En frente, sobre un baúl y junto a una taza de té frío, un libro abierto desprendía en silencio olor a tinta.

Toda la escena parecía hablar de un cuerpo ausente; y, sin embargo, Bai estaba allí, distraída, en el borde de la cama contemplando una prenda masculina que había sido olvidada por su compañero.

¿Por qué siempre la juntaban con él? ¿Acaso pensaban que eran pareja?
Claro, a veces se sorprendía observando sus gestos, como cuando, por ejemplo, se fijaba en cómo dejaba que sus manos tocaran cosas solo para acercarlas a las suyas.
Detalles que creía que nadie más vería.
Y, sin embargo, parecía suficiente para que los demás lo interpretaran como algo más.
Eso, o era ella la que inventaba el significado, cargando de peso un aire que no tenía intención de serlo.

Estaba pensando en eso cuando cogió la prenda para doblarla.
Olía demasiado a él; demasiado reciente.
Arrugó la nariz y la dejó en su lado de la cama. Al fin y al cabo, si él no se había tomado el tiempo de doblarla, ¿por qué debía hacerlo ella?
Vale, sí, a veces lo hacía por su necesidad de pulcritud, pero eso no era justificación suficiente.

Entonces sonaron unos golpecitos, y la puerta del cuarto se abrió.
No chirriaba, pero el roce de la madera contra el suelo abombado llamó su atención.
Al girar la cabeza hacia el ruido, su cabello, aún húmedo, dejó en el aire un rastro leve a jabón de almendras.

—Ah, hola, Kay —dijo, suponiendo que la otra apenas alcanzaría a entender su propio nombre.

Luego, se levantó y caminó hacia ella. Se acuclilló, con los glúteos apenas suspendidos sobre los talones, las plantas de los pies firmes contra el suelo y el mismo gesto sereno que siempre cargaba.

¿Qué era eso que le ofrecía la joven?
Bai inclinó la cabeza, como los perros cuando algo les despierta curiosidad.
Observó la tabla unos segundos, dudando sobre su propósito, y luego volvió la mirada hacia su compañera.

La joven parecía un fractal glacial, fina y pálida —como un paisaje de hielo minúsculo y perfecto, níveo y uniforme—, que habitaba la frontera entre una expresión ya seria y reflexiva y un semblante redondeado que aún conservaba algo de niñez.

Quizás, por esa misma inocencia, pensó la ámbarina, su sonrisa carecía de cualquier vestigio de vanidad o coquetería adulta, mostrando en cambio una dulzura simple y traviesa que la hipnotizaba, dejándola sorprendida de sí misma ante la pureza de esos rasgos.

Pues, ¿cuántos años tendría? ¿Cuánto hacía, para ella, de eso? Y, ¿cuánto de esa pureza podía pertenecer al mundo, y cuánto se entregaba solo a la fascinación silenciosa que realmente despertaba? No lo sabía y, quizás, jamás podría contestarlo.

Por eso bajo la vista.
Bueno, por eso, porque, al contemplarla, sentía que la naturaleza del esplendor juvenil aún vivía en ella y que, ese arte, podía superarla, y porque le había dejado un objeto extraño en el suelo.

Sin embargo, al hacerlo, no pudo evitar sonreír de sí misma. Pues, señalando con entusiasmo la pequeña tabla y convencida de que, a través de sus dibujos, lograrían comunicarse, Kayseira, hizo que la solemne belleza del momento se desmoronara; y, Bai, con una risa contenida, se preguntó: ¿tan fácilmente rendida ante un gesto tan trivial y deliciosamente ingenuo?

Después, como una prolongación de su pensamiento, la curva ligera de su sonrisa se convirtió en un imperceptible temblor; sus ojos se achisparon, vibrando con el humor interno, y la risa silenciosa recorrió su pecho hasta asentarse en Bai como una corriente suave, llena de una ternura que pugnaba por salir.

—Claro —respondió en su lengua nativa, señalando también el pulgar hacia arriba.

Y es que, si lo había entendido correctamente, Kay le estaba preguntando si quería beber algo con ella. Ahora bien, del qué, todavía no estaba segura.

—Pero... —empezó a murmurar, meditabunda.
Entonces señaló a Kay en el tablero, la jarra, el pulgar. La miró. Volvió a señalar el tablero —esta vez el Sol—, luego la noche y, finalmente, tocó el suelo.
—¿Cuándo?

No es que tuviera mucho por hacer, bueno, en realidad, no tenía nada que hacer en aquel momento. Y suponía que, a diferencia de ella, Kayseira quizás estaba ocupada —sobre todo por la atención que creía que ella debía darle a Cao.

Esperó un momento, dejando que el silencio llenara la habitación y permitiera una interpretación tranquila. Luego volvió a señalar el tablero. Esta vez, su dedo se posó sobre el dibujo de sí misma y pensó que debía hallar una forma de preguntarle si podía tomarse un instante para cambiarse.
Se mordió el labio, pensativa.
Llevó la mano a su propia ropa, la estiró con cuidado y señaló el pulgar hacia abajo. Repetió el gesto, y al final, lo cambió por un pulgar arriba, como si con ese simple movimiento pudiera pedir permiso sin pronunciar palabra.

Iba a esperar una respuesta, manteniendo la posición, pero entonces reparó en su propio cuerpo: seguía allí, en cuclillas, con el peso sostenido sobre las plantas de los pies, la espalda erguida con naturalidad y los brazos relajados.
Sintió el cansancio en las rodillas, la tibieza de la piel, el leve aroma a jabón flotando aún cerca, y lentamente se puso en pie.

Se despojó de sus ropas sin prisas, quitándose la vieja camiseta y tirándola a sus pies como una culebra que muda de piel.
Y, para la sorpresa de quien no está acostumbrado a la desnudez, no hubo cohibición ni desarme en el gesto.
Así pues, envuelta en la gracia de sus movimientos, incluso bajo el fino visillo de su ropa interior, apareció como una Venus de carne y hueso. Después, con la misma languidez de quien no conoce el tiempo, se deslizó hacia el baúl y quitó todo aquello que yacía encima para sacar del interior un vestido que hacía poco le había sido regalado.

Aquello era un mar de seda carmesí.

Para cuando se lo hubo puesto, un corpiño escarlata, ceñido y estructurado, abrazado por una armadura de metal áureo que ofrecía menos protección que una gloriosa declaración de dominio, dejaba al aire la piel de su escote que ascendía hasta sus hombros desnudos.

—Ya estoy —murmuró mientras colocaba de nuevo las cosas en su sitio —Ay, claro... —se reprendió mientras se acomodaba las largas y fluidas mangas que remataban en un oro pesado que parecía haberse licuado y vertido sobre el tejido —.La tabilla —añadió mientras se acercaba al presente y señalaba el pulgar hacia arriba.
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RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - por Bai Mudan - 19-10-2025, 04:42 PM

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