22-10-2025, 11:30 AM
(Última modificación: 22-10-2025, 11:33 AM por Max D. Bambú.)
Las precauciones del panda no fueron necesarias después de todo. El ataque de Kisuke fue excepcionalmente efectivo, pero Nottingham, demostrando una vez más su increíble resistencia, logró proteger en los últimos instantes su cuello con una pátina de busoshoku, protegiendo así su vida del ataque final del comandante. Bambú se aseguró de que la vida seguía presente en el cuerpo del capitán por medio de su haki de observación, en su nivel más básico. El enemigo ya no era una amenaza, pero estaba por ver si esa vida que había protegido en sus últimos momentos de batalla era digna de preservarse. Don Bambú acudió allí con la plena intención de acabar con la vida de aquel sujeto, pero ahora que yacía tumbado en el suelo, inconsciente, no era más que otro enemigo vencido. El oso no era un verdugo, aunque Zorak intentara en el pasado inculcarle esa ideología. Nokia tuvo la desgracia de morir en batalla, Nottingham la suerte de sobrevivir al último ataque. A pesar de todo, era el comandante el que tendría la última palabra sobre su destino, pues por encima de todo Max D. Bambú era un fiel soldado de la causa y llevaría a cabo las órdenes de sus superiores al margen de su ideología personal.
No sería sin alivio que el panda encontrase en su superior sus mismas intenciones: regalarle la vida a Nottingham y que el pueblo de la República de Mogaro decidiera su destino. Después de todo, la Revolución buscaba darle una elección al pueblo, no tomar las decisiones por ellos.
Pero la liberación tendría que esperar. Las puertas situadas entre las escalinatas de la plaza en la que se encontraban se abrieron finalmente. Del interior que protegían salió un pequeño contingente de hombres ataviados con armaduras de un lustre imponente y de entre ellos, con la actitud y los ropajes propios de un monarca, surgió el famoso Rey Juan del que tanto habían oído hablar. No recordaba, eso sí, que nadie mencionase nada de su altura, aunque Robin lo había llamado Juanito en el campamento. Las palabras del monarca le causaron bastante desagrado. No sólo no valoraba la vida del capitán que defendía sus intereses, sino que la amenazaba sin pudor por el mero hecho de haber sido derrotado. Kisuke, por suerte, intervino ante las palabras del rey con su habitual forma de expresarse sin tapujos y le mandó callar. Acto seguido le regaló al panda la posibilidad de encargarse de los enemigos restantes, teniendo cuidado, eso sí, de no causar víctimas mortales. —A la orden, comandante. —Sin pensárselo dos veces, Don Bambú flexionó sus piernas y saltó hacia la guardia una distancia de 36 metros y, nada más aterrizar, empezó a correr a toda velocidad hacia ellos, parándose únicamente a dos metros de la horda que protegía al rey con cara de pocos amigos. Curiosamente los soldados no demostraban la menor intención de combatir.
—Tu gobierno absolutista termina aquí y ahora, Juan el enano. Cuando despertéis seréis testigos de la liberación de vuestro pueblo y lamentaréis todas las atrocidades que en la República de Mogaro hayáis llevado a cabo. —Tras sus palabras, el panda dio rienda suelta al poder que llevaba guardándose todo este tiempo para no afectar a su aliado. De él surgió una devastadora de explosión de haoshoku que desintegraría las voluntades de los soldados y su rey y los derribaría sin provocarles daño alguno. Era la forma correcta de usar aquel poder: para liberar otros del yugo de los tiranos. Una vez cumplido el deber para con el pueblo de Mogaro, Don Bambú se llevó la mano a la herida provocada por el poderoso lanzamiento de la Preypiercer de Nottingham. Estaba perdiendo sangre a un ritmo alarmante e iba a necesitar asistencia médica cuanto antes. —Y luego el animal soy yo... A ese hombre no se le puede dejar ni un palillo cerca. —Se giró hacia Kisuke para ver qué hacía en la distancia. Parecía estar hablando por un den den mushi.
No sería sin alivio que el panda encontrase en su superior sus mismas intenciones: regalarle la vida a Nottingham y que el pueblo de la República de Mogaro decidiera su destino. Después de todo, la Revolución buscaba darle una elección al pueblo, no tomar las decisiones por ellos.
Pero la liberación tendría que esperar. Las puertas situadas entre las escalinatas de la plaza en la que se encontraban se abrieron finalmente. Del interior que protegían salió un pequeño contingente de hombres ataviados con armaduras de un lustre imponente y de entre ellos, con la actitud y los ropajes propios de un monarca, surgió el famoso Rey Juan del que tanto habían oído hablar. No recordaba, eso sí, que nadie mencionase nada de su altura, aunque Robin lo había llamado Juanito en el campamento. Las palabras del monarca le causaron bastante desagrado. No sólo no valoraba la vida del capitán que defendía sus intereses, sino que la amenazaba sin pudor por el mero hecho de haber sido derrotado. Kisuke, por suerte, intervino ante las palabras del rey con su habitual forma de expresarse sin tapujos y le mandó callar. Acto seguido le regaló al panda la posibilidad de encargarse de los enemigos restantes, teniendo cuidado, eso sí, de no causar víctimas mortales. —A la orden, comandante. —Sin pensárselo dos veces, Don Bambú flexionó sus piernas y saltó hacia la guardia una distancia de 36 metros y, nada más aterrizar, empezó a correr a toda velocidad hacia ellos, parándose únicamente a dos metros de la horda que protegía al rey con cara de pocos amigos. Curiosamente los soldados no demostraban la menor intención de combatir.
—Tu gobierno absolutista termina aquí y ahora, Juan el enano. Cuando despertéis seréis testigos de la liberación de vuestro pueblo y lamentaréis todas las atrocidades que en la República de Mogaro hayáis llevado a cabo. —Tras sus palabras, el panda dio rienda suelta al poder que llevaba guardándose todo este tiempo para no afectar a su aliado. De él surgió una devastadora de explosión de haoshoku que desintegraría las voluntades de los soldados y su rey y los derribaría sin provocarles daño alguno. Era la forma correcta de usar aquel poder: para liberar otros del yugo de los tiranos. Una vez cumplido el deber para con el pueblo de Mogaro, Don Bambú se llevó la mano a la herida provocada por el poderoso lanzamiento de la Preypiercer de Nottingham. Estaba perdiendo sangre a un ritmo alarmante e iba a necesitar asistencia médica cuanto antes. —Y luego el animal soy yo... A ese hombre no se le puede dejar ni un palillo cerca. —Se giró hacia Kisuke para ver qué hacía en la distancia. Parecía estar hablando por un den den mushi.
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