04-10-2023, 09:51 PM
[personajeinvalido=315]
Los incesantes gritos y provocaciones de los compañeros de plataforma no ayudaron en absoluto a llevar el engaño de los revolucionarios a buen cauce. ¿No tenían cerebro? ¿No sabían lo que era buscarle una salida a las situaciones menos favorables? Hasta el panda antes de conocer al peliblanco se hubiera cuestionado mínimamente sus palabras con el conocimiento previo de que era un revolucionario. Pero todo ello daba igual ahora, porque el pescado estaba vendido. El marine de pelo largo le buscó las cosquillas al capitán pirata al hablarle de temores. El panda pudo entenderlo hasta cierto punto, aunque le pareció que solo empeoraba la situación. Su amigo tortuga, en cambio, decidió gritar como un loco e insultar al enemigo con improperios, pidiéndole al lunarian que hiciese explotar todo con su llama. En aquella brea había tres de cinco personas dispuestas a inmolarse inmediatamente, pero ninguna de ellas tenía un plan para después de la explosión. Todos parecían asumir que el fuego mataría instantáneamente al capitán Finn Slingerland, como si en el Grand Line no hubiese nadie que fumase y que lo hubiera intentado ya. El panda se encontraba forcejeando con la brea a espaldas del capitán para liberarse: Un poco más y ya estaré libre. Si no nos hace caso liberaré a los demás, o por lo menos a Kovashi, y haremos algo, lo que sea. Entonces Finn disparó. No hizo sonido petardante, porque no era una pistola, pero el panda escuchó perfectamente a Finn decir el nombre de su técnica y al mirar hacia el marine, vio como recibía el impacto de algo muy rápido. El pirata empezó a reírse como un desquiciado y declaró la sentencia de muerte de aquel sujeto.
—Tu mechero... —
El panda asintió sin decir nada. Tenía localizado su mechero, pero no se había atrevido a esconderlo en su mano todavía, pensó en hacerlo mientras Finn le daba la espalda, pero se dio la vuelta para mirarles a ellos y les sentenció a la misma muerte que al marine herido. Se golpeó el pecho con la palma de su mano y empezó a generar brea por todo su cuerpo, arrastrando incluso el resto de la brea existente en la plataforma hacia él y liberándolos a todos de su atadura. El panda se levantó al unísono con Kovashi, aunque un poco más despacio, mientras miraba horrorizado lo que estaba aconteciendo delante de él. Finn se convirtió en un monstruo de tres metros de altura, negro y con una masa corpórea en constante movimiento, como si tuviera olas negras recorriéndole el cuerpo. Don Bambú se encontró temblando ante lo que estaba viendo. Un sudor frío recorrió toda su cara, quitándole una calidez que no sabía que tenía hasta ese momento. Cuando la criatura terminó de transformarse, dio un rápido salto que lo situó a cinco metros del grupo y el panda dio un paso hacia atrás instintivamente. Un sonido metálico le reveló al panda que Kovashi acababa de soltar su arma. Era la primera vez que le veía así, y por respeto a su compañero, no le miró a los ojos. ¿Qué podían hacer para defenderse? Don Bambú ni siquiera tenía claro poder sacar su mechero del bolsillo y lanzarlo con precisión hacia aquella mole de muerte negra. Fue entonces cuando un grito de volúmenes enormes les despertó de aquel sueño terrorífico. La señal de Kovashi al tiempo que éste levantaba su mano derecha fue suficiente para el panda, que conocía de sobra sus poderes. —¡A-atrás! —Y según el peliblanco ejecutaba su magia, el panda echó su brazo izquierdo hacia el grupo de gente a sus espaldas y los animó a moverse unos cuantos metros hacia atrás. En su camino se tropezó con el arma de la tortuga y decidió darle un toque con el talón, haciendo que se deslizase hacia atrás exactamente cuatro metros. —¡Venga coño! —No tenían tiempo que perder. Mientras Kovashi volaba por el aire en su cubo y trataba de elevar a aquella monstruosidad en el aire, el panda no pedía permitirse perder un segundo en intentar convencer de nada a sus compañeros de plataforma. Una vez hubo retrocedido una distancia de cuatro metros y esperando que todos estuvieran detrás de él, hincó sus manos en el suelo de la plataforma y levantó el mismo como si de el material más blando y maleable se tratase. El panda estiró el metal recubierto de madera que tenía delante empujándolo hacia arriba y luego atrayéndolo hacia atrás, formando una media cúpula de cinco metros del segundo metal más resistente del mundo y sosteniéndola con la mano para que no se deformase más de lo necesario. Si el panda asomaba la cabeza, podía ver la situación tanto en la plataforma a nivel de suelo como en el aire, lo mismo podían hacer los demás. —Vamos a tener que actuar rápido, así que no perdamos el puto tiempo. Si no cooperamos vamos a MORIR, da igual lo que haya pasado hasta ahora. Tortuga, ¿tienes algo que prenda fuego? ¿Garnet? —se acordó de su nombre casi sin pensarlo, y también del otro, pero el marine ni se había presentado —¿Nekah? Yo tengo un mechero y estas habilidades. —Se apresuró en decir todo aquello rápido, ignorando los temblores en su cuerpo y en su voz. —Tenemos que rodearlo, cubrir sus puntos ciegos y darle donde le duele. —Concluyó. La seriedad de su tono era la misma cuando miraba a todos los presentes, incluso al marine, al cual detestaba especialmente. Sin embargo ante el terror de la muerte, un marine no era su mayor preocupación.
Los incesantes gritos y provocaciones de los compañeros de plataforma no ayudaron en absoluto a llevar el engaño de los revolucionarios a buen cauce. ¿No tenían cerebro? ¿No sabían lo que era buscarle una salida a las situaciones menos favorables? Hasta el panda antes de conocer al peliblanco se hubiera cuestionado mínimamente sus palabras con el conocimiento previo de que era un revolucionario. Pero todo ello daba igual ahora, porque el pescado estaba vendido. El marine de pelo largo le buscó las cosquillas al capitán pirata al hablarle de temores. El panda pudo entenderlo hasta cierto punto, aunque le pareció que solo empeoraba la situación. Su amigo tortuga, en cambio, decidió gritar como un loco e insultar al enemigo con improperios, pidiéndole al lunarian que hiciese explotar todo con su llama. En aquella brea había tres de cinco personas dispuestas a inmolarse inmediatamente, pero ninguna de ellas tenía un plan para después de la explosión. Todos parecían asumir que el fuego mataría instantáneamente al capitán Finn Slingerland, como si en el Grand Line no hubiese nadie que fumase y que lo hubiera intentado ya. El panda se encontraba forcejeando con la brea a espaldas del capitán para liberarse: Un poco más y ya estaré libre. Si no nos hace caso liberaré a los demás, o por lo menos a Kovashi, y haremos algo, lo que sea. Entonces Finn disparó. No hizo sonido petardante, porque no era una pistola, pero el panda escuchó perfectamente a Finn decir el nombre de su técnica y al mirar hacia el marine, vio como recibía el impacto de algo muy rápido. El pirata empezó a reírse como un desquiciado y declaró la sentencia de muerte de aquel sujeto.
—Tu mechero... —
El panda asintió sin decir nada. Tenía localizado su mechero, pero no se había atrevido a esconderlo en su mano todavía, pensó en hacerlo mientras Finn le daba la espalda, pero se dio la vuelta para mirarles a ellos y les sentenció a la misma muerte que al marine herido. Se golpeó el pecho con la palma de su mano y empezó a generar brea por todo su cuerpo, arrastrando incluso el resto de la brea existente en la plataforma hacia él y liberándolos a todos de su atadura. El panda se levantó al unísono con Kovashi, aunque un poco más despacio, mientras miraba horrorizado lo que estaba aconteciendo delante de él. Finn se convirtió en un monstruo de tres metros de altura, negro y con una masa corpórea en constante movimiento, como si tuviera olas negras recorriéndole el cuerpo. Don Bambú se encontró temblando ante lo que estaba viendo. Un sudor frío recorrió toda su cara, quitándole una calidez que no sabía que tenía hasta ese momento. Cuando la criatura terminó de transformarse, dio un rápido salto que lo situó a cinco metros del grupo y el panda dio un paso hacia atrás instintivamente. Un sonido metálico le reveló al panda que Kovashi acababa de soltar su arma. Era la primera vez que le veía así, y por respeto a su compañero, no le miró a los ojos. ¿Qué podían hacer para defenderse? Don Bambú ni siquiera tenía claro poder sacar su mechero del bolsillo y lanzarlo con precisión hacia aquella mole de muerte negra. Fue entonces cuando un grito de volúmenes enormes les despertó de aquel sueño terrorífico. La señal de Kovashi al tiempo que éste levantaba su mano derecha fue suficiente para el panda, que conocía de sobra sus poderes. —¡A-atrás! —Y según el peliblanco ejecutaba su magia, el panda echó su brazo izquierdo hacia el grupo de gente a sus espaldas y los animó a moverse unos cuantos metros hacia atrás. En su camino se tropezó con el arma de la tortuga y decidió darle un toque con el talón, haciendo que se deslizase hacia atrás exactamente cuatro metros. —¡Venga coño! —No tenían tiempo que perder. Mientras Kovashi volaba por el aire en su cubo y trataba de elevar a aquella monstruosidad en el aire, el panda no pedía permitirse perder un segundo en intentar convencer de nada a sus compañeros de plataforma. Una vez hubo retrocedido una distancia de cuatro metros y esperando que todos estuvieran detrás de él, hincó sus manos en el suelo de la plataforma y levantó el mismo como si de el material más blando y maleable se tratase. El panda estiró el metal recubierto de madera que tenía delante empujándolo hacia arriba y luego atrayéndolo hacia atrás, formando una media cúpula de cinco metros del segundo metal más resistente del mundo y sosteniéndola con la mano para que no se deformase más de lo necesario. Si el panda asomaba la cabeza, podía ver la situación tanto en la plataforma a nivel de suelo como en el aire, lo mismo podían hacer los demás. —Vamos a tener que actuar rápido, así que no perdamos el puto tiempo. Si no cooperamos vamos a MORIR, da igual lo que haya pasado hasta ahora. Tortuga, ¿tienes algo que prenda fuego? ¿Garnet? —se acordó de su nombre casi sin pensarlo, y también del otro, pero el marine ni se había presentado —¿Nekah? Yo tengo un mechero y estas habilidades. —Se apresuró en decir todo aquello rápido, ignorando los temblores en su cuerpo y en su voz. —Tenemos que rodearlo, cubrir sus puntos ciegos y darle donde le duele. —Concluyó. La seriedad de su tono era la misma cuando miraba a todos los presentes, incluso al marine, al cual detestaba especialmente. Sin embargo ante el terror de la muerte, un marine no era su mayor preocupación.
Resumen
Datos bélicos
