27-10-2025, 09:22 PM
(Última modificación: 28-10-2025, 11:38 AM por Akira Raito.)
Día 23 de Otoño, Año 16
—¡Soldado Raito! En cinco minutos preséntese en la entrada del cuartel —gritó el teniente, obligando al joven a presentarse en la mayor brevedad posible. Casi era la hora de la cena, estaba ya sin el uniforme y a la espera de que abrieran la puerta del comedor. El estómago le rugía, pero su apellido había sonado por todos los altavoces de la base y debía presentarse. Por suerte, cuando se trataba de temas de urgencia siempre guardaban un menú completo para los cadetes que por cualquier circunstancia ajena a ellos, no habían podido sentarse en la mesa.
—¡Soldado Raito, señor, presente! —dijo con un potente tono de voz y manteniendo una posición formada—. ¿A que se debe que se requiera mi presencia, señor? —preguntó con curiosidad, a la espera de que aquella pequeña reunión terminara a la mayor brevedad posible.
—Bien Raito, soy conocedor de que, en cada rato que tenéis libre, mientras el resto de tus compañeros se agrupan para entrenar o tomar algo mientras se cuentan sus vidas, tu te pierdes por la isla —arqueó las pobladas cejas para que pudiera mirarle directamente a los ojos—. ¡Sí, señor! Si me deja justificarme, es que siempre que pongo la oreja se encuentran hablando de los mismos temas, me conozco bien la isla y se donde perderme entre las palmeras para ir a tomar el sol —le mantuvo al teniente una mirada seria.
—No necesita justificarse joven, por eso le he llamado a usted. No solo es de esta isla, sino que además le gusta descubrir hasta el más mínimo milímetro de ella. Mañana llega un nuevo grupo de soldados a la isla, cadetes, como tú. Formaran bajo nuestra bandera a primera hora de la mañana, en el puerto. Allí le espero. Y prepárese un itinerario, será usted quien les guíe hasta el cuartel mientras les explica los principales lugares de interés de la isla. Y ahora váyase a cenar, escucho su estómago desde aquí.
—¡De acuerdo, señor, allí estaré! —y con una leve reverencia, corrió a los comedores, ceno bien a gusto, se duchó y se tumbó en la cama. Cogió el sueño rápidamente, tenía algo importante por lo que querer dormirse pronto. Quizá entre esos nuevos cadetes se encontraban sus nuevos compañeros de división. Todavía llevaba poco en el cuerpo como para que le asignaran alguna formación, pero si conseguía cumplir con su tarea de enseñarles la isla y explicarles cómo funcionaba el cuartel para los nuevos ingresos, quizá su nombre empezaría a sonar por los pasillos. Se durmió con una sonrisa.
A la mañana siguiente, de un salto se puso en pie. No le gustaba llevar el uniforme y había conseguido llegar a un acuerdo con sus superiores siempre y cuando vistiera con prendas azules con detalles blancos, perfecto para su dogi, sus guantes y sus zapatos. Había tenido suerte. Se metió el documento que acreditaba que era marine en el bolsillo y echó a correr en dirección al puerto.
Una vez allí, apiló unos cinco barriles en torre y se subió a ellos, manteniendo el equilibrio y fijando la vista en el horizonte mientras sujetaba un palo con una bandera de la Marina, para que se le viera bien mientras esperaba que atracara el barco en el muelle. Ya veía el buque a lo lejos, era enorme. Y Akira, con una sonrisa que enseñaba los dientes, empezó a ondear la bandera mientras veía como empezaban a bajar sus nuevos compañeros. Entre ellos solo un par llamó su atención, un gigante de no se sabe cuantos metros que era prácticamente del tamaño del puerto, y un cangrejo rojo, un color que destacaba bastante entre tanto uniforme blanco. Al lado del gigante, la cabeza del cangrejo parecía el punto de mira de un francotirador. Akira empezó a reírse solo—. Tchakikikikiyah. Ay…
—¡Soldado Raito, señor, presente! —dijo con un potente tono de voz y manteniendo una posición formada—. ¿A que se debe que se requiera mi presencia, señor? —preguntó con curiosidad, a la espera de que aquella pequeña reunión terminara a la mayor brevedad posible.
—Bien Raito, soy conocedor de que, en cada rato que tenéis libre, mientras el resto de tus compañeros se agrupan para entrenar o tomar algo mientras se cuentan sus vidas, tu te pierdes por la isla —arqueó las pobladas cejas para que pudiera mirarle directamente a los ojos—. ¡Sí, señor! Si me deja justificarme, es que siempre que pongo la oreja se encuentran hablando de los mismos temas, me conozco bien la isla y se donde perderme entre las palmeras para ir a tomar el sol —le mantuvo al teniente una mirada seria.
—No necesita justificarse joven, por eso le he llamado a usted. No solo es de esta isla, sino que además le gusta descubrir hasta el más mínimo milímetro de ella. Mañana llega un nuevo grupo de soldados a la isla, cadetes, como tú. Formaran bajo nuestra bandera a primera hora de la mañana, en el puerto. Allí le espero. Y prepárese un itinerario, será usted quien les guíe hasta el cuartel mientras les explica los principales lugares de interés de la isla. Y ahora váyase a cenar, escucho su estómago desde aquí.
—¡De acuerdo, señor, allí estaré! —y con una leve reverencia, corrió a los comedores, ceno bien a gusto, se duchó y se tumbó en la cama. Cogió el sueño rápidamente, tenía algo importante por lo que querer dormirse pronto. Quizá entre esos nuevos cadetes se encontraban sus nuevos compañeros de división. Todavía llevaba poco en el cuerpo como para que le asignaran alguna formación, pero si conseguía cumplir con su tarea de enseñarles la isla y explicarles cómo funcionaba el cuartel para los nuevos ingresos, quizá su nombre empezaría a sonar por los pasillos. Se durmió con una sonrisa.
A la mañana siguiente, de un salto se puso en pie. No le gustaba llevar el uniforme y había conseguido llegar a un acuerdo con sus superiores siempre y cuando vistiera con prendas azules con detalles blancos, perfecto para su dogi, sus guantes y sus zapatos. Había tenido suerte. Se metió el documento que acreditaba que era marine en el bolsillo y echó a correr en dirección al puerto.
Una vez allí, apiló unos cinco barriles en torre y se subió a ellos, manteniendo el equilibrio y fijando la vista en el horizonte mientras sujetaba un palo con una bandera de la Marina, para que se le viera bien mientras esperaba que atracara el barco en el muelle. Ya veía el buque a lo lejos, era enorme. Y Akira, con una sonrisa que enseñaba los dientes, empezó a ondear la bandera mientras veía como empezaban a bajar sus nuevos compañeros. Entre ellos solo un par llamó su atención, un gigante de no se sabe cuantos metros que era prácticamente del tamaño del puerto, y un cangrejo rojo, un color que destacaba bastante entre tanto uniforme blanco. Al lado del gigante, la cabeza del cangrejo parecía el punto de mira de un francotirador. Akira empezó a reírse solo—. Tchakikikikiyah. Ay…

