31-10-2025, 06:29 PM
(Última modificación: 31-10-2025, 06:36 PM por Max D. Bambú.
Razón: Añadir colores
)
Después de un pequeño debate acerca de cuál había de ser el tipo de gobierno en el antiguo Reino de Mogaro, Robin respondió a la propuesta del panda de establecer una base revolucionaria en la isla. No sólo lo consideraba viable, sino también necesario para asegurar la supervivencia del pueblo ahora que se habían rebelado contra el Gobierno Mundial indirectamente. Curiosamente, además de admitir que la presencia del Ejército Revolucionario en la isla era de vital importancia, Robin sugirió la posibilidad de acudir a la llamada del deber y empezar a liberar otras islas. Ante la idea, el panda no pudo sino empezar a reír animado. —HONHONHON joven, serás más que bienvenido al Ejército si así lo deseas. Seguro que los camaradas que vengan a levantar la base de operaciones estarán encantados de proporcionarte todos los detalles y de asignarte a un escuadrón. A ti y a quien se quiera unir contigo, claro. —Sugirió al ver cómo una de las hermanas pretendía decir algo.
Después de la reunión, que duró lo suyo, se decidió que los criminales de guerra serían encarcelados permanentemente. Un destino duro, sin lugar a dudas, pero probablemente acorde con los crímenes cometidos. La gente fue marchándose paulatinamente, dejande finalmente a los dos revolucionarios completamente solos en la estancia. Kisuke estaba hecho polvo. Se le notaba nada más mirarle a los ojos. Su comandante necesitaba un buen descanso y, para qué negarlo, el panda también. Pero había un último asunto del que encargarse: las posesiones de Oxxy. Ya en su momento, Don Bambú optó por quedarse con un botiquín suyo, pero el resto de sus pertenencias continuaban desatendidas y habría que ponerle remedio cuanto antes. —Yo me encargo, comandante. Descansa cuanto puedas, yo me uniré más tarde. —Le dio una amistosa palmada en el hombro y dejó que Kisuke se marchase para festejar lo que debía ser festejado.
Panda salió del palacio un rato más tarde, meditando acerca de todo lo sucedido y, sobre todo, preguntándose dónde era que estaban las pertenencias de su antiguo camarada. Caminaba por las calles, alguna de ellas vandalizadas, mientras hacía girar Preypiercer entre sus dedos, haciéndose a la idea de manejar un arma por primera vez. Lo hacía con torpeza, la torpeza de quien nunca ha esgrimido nada más complejo que un tenedor con sus manos, pero ya aprendería. Tenía planes para aquella cosa. Planes para emplearla contra su viejo rival si se le ocurría intentar escapar como la última vez. Había visto lo que se podía hacer con un arma así en las manos adecuadas (las de Nottingham), y sabía que podría hacer lo mismo si se lo proponía.
Mientras divagaba a su paso por las calles de Mogaro, se topó con el chaval que tuvo a bien robarle la cartera a Kisuke para llamar su atención. Llevaba a espaldas un saco bastante pequeño, pero en apariencia pesadi para un chaval de su edad. Una espada sobresalía por la apertura de la tela. —¿A dónde vas con esas armas, chico? —El panda se acercó al muchacho y levantó el saco con sus dedos índice y pulgar. Casi no pesaba nada para él. —Son las pertenencias del revolucionario que murió, estaba buscándole para devolverlas. —Aliviado de su carga, el muchacho se frotó los hombros donde debía de tener molestias por el peso que había cargado. —Te lo agradezco, chico. ¿Cómo te llamas? Vamos a comprarte un helado o algo. —
—John, pero ahórrese el helado, ¡tengo que irme a ayudar en el campamento! —Un chaval tan joven con tantas obligaciones no era adecuado, pero así estaban las cosas. El panda le lanzó un par de monedas antes de que se largase. —Pues te lo compras cuando tengas tiempo, venga. —Alzó la mano para despedirse y se marchó por su propio camino. Se paró en un banco de la calle para ver qué quedaba del bueno de Oxxy y se topó con una daga, una espada, un den den mushi y su dinero. —La espada ya es demasiado, no tengo tantas ganas de aprender a usar esa cosa. La daga en cambio... —La sostuvo en su mano unos instantes. Pesaba muy poco, menos que Preypiercer. Quizás podría aprovecharla de una forma similar. Con el den den mushi llamó a Kisuke, pero el muy beodo debía de estar dándole al bebercio. Colgó el caracolófono y se quedó allí sentado, en una calle ahora demasiado tranquila para todo lo que había ocurrido en las últimas horas. —Voy a encontrarte, idiota. —
Después de la reunión, que duró lo suyo, se decidió que los criminales de guerra serían encarcelados permanentemente. Un destino duro, sin lugar a dudas, pero probablemente acorde con los crímenes cometidos. La gente fue marchándose paulatinamente, dejande finalmente a los dos revolucionarios completamente solos en la estancia. Kisuke estaba hecho polvo. Se le notaba nada más mirarle a los ojos. Su comandante necesitaba un buen descanso y, para qué negarlo, el panda también. Pero había un último asunto del que encargarse: las posesiones de Oxxy. Ya en su momento, Don Bambú optó por quedarse con un botiquín suyo, pero el resto de sus pertenencias continuaban desatendidas y habría que ponerle remedio cuanto antes. —Yo me encargo, comandante. Descansa cuanto puedas, yo me uniré más tarde. —Le dio una amistosa palmada en el hombro y dejó que Kisuke se marchase para festejar lo que debía ser festejado.
Panda salió del palacio un rato más tarde, meditando acerca de todo lo sucedido y, sobre todo, preguntándose dónde era que estaban las pertenencias de su antiguo camarada. Caminaba por las calles, alguna de ellas vandalizadas, mientras hacía girar Preypiercer entre sus dedos, haciéndose a la idea de manejar un arma por primera vez. Lo hacía con torpeza, la torpeza de quien nunca ha esgrimido nada más complejo que un tenedor con sus manos, pero ya aprendería. Tenía planes para aquella cosa. Planes para emplearla contra su viejo rival si se le ocurría intentar escapar como la última vez. Había visto lo que se podía hacer con un arma así en las manos adecuadas (las de Nottingham), y sabía que podría hacer lo mismo si se lo proponía.
Mientras divagaba a su paso por las calles de Mogaro, se topó con el chaval que tuvo a bien robarle la cartera a Kisuke para llamar su atención. Llevaba a espaldas un saco bastante pequeño, pero en apariencia pesadi para un chaval de su edad. Una espada sobresalía por la apertura de la tela. —¿A dónde vas con esas armas, chico? —El panda se acercó al muchacho y levantó el saco con sus dedos índice y pulgar. Casi no pesaba nada para él. —Son las pertenencias del revolucionario que murió, estaba buscándole para devolverlas. —Aliviado de su carga, el muchacho se frotó los hombros donde debía de tener molestias por el peso que había cargado. —Te lo agradezco, chico. ¿Cómo te llamas? Vamos a comprarte un helado o algo. —
—John, pero ahórrese el helado, ¡tengo que irme a ayudar en el campamento! —Un chaval tan joven con tantas obligaciones no era adecuado, pero así estaban las cosas. El panda le lanzó un par de monedas antes de que se largase. —Pues te lo compras cuando tengas tiempo, venga. —Alzó la mano para despedirse y se marchó por su propio camino. Se paró en un banco de la calle para ver qué quedaba del bueno de Oxxy y se topó con una daga, una espada, un den den mushi y su dinero. —La espada ya es demasiado, no tengo tantas ganas de aprender a usar esa cosa. La daga en cambio... —La sostuvo en su mano unos instantes. Pesaba muy poco, menos que Preypiercer. Quizás podría aprovecharla de una forma similar. Con el den den mushi llamó a Kisuke, pero el muy beodo debía de estar dándole al bebercio. Colgó el caracolófono y se quedó allí sentado, en una calle ahora demasiado tranquila para todo lo que había ocurrido en las últimas horas. —Voy a encontrarte, idiota. —
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