01-11-2025, 03:03 PM
Fruta. Bebida. Amor.
Fruta, bebida, amor…
¡Fruta, bebida, amor!
Por supuesto. Era tan obvio como un pez sorprendiéndose de que el agua moja. ¿Cómo no lo había entendido antes?
«Blanco y en botella», pensó. Aunque en este caso lo blanco probablemente era la espuma de la cerveza y la botella en realidad era una jarra, lo que siempre complica las metáforas.
Claro, se refería, evidentemente, a si amaba alguno de aquellos tres tipos de batidos. ¿Batidos? Mudai rió, porque en una taberna no se sirven batidos. No, señor. En una taberna se sirven líquidos que pueden disolver pequeñas discusiones, grandes amistades y, con suficiente tiempo, incluso el esmalte dental.
Así que sí, debía de referirse al sabor del brevaje. No al amor, ni a la fruta, sino al concepto abstracto de «bebida afrutada» que los parroquianos habituales de este tipo de locales usan como medio de supervivencia en un universo que te empuja constantemente hacia el lunes.
Silencio.
Abrió la boca para pronunciar algo que fuera acorde a sus pensamientos, y apenas había levantado un dedo —como si aquel gesto pudiese convocar el verbo correcto— cuando su compañera le habló.
Después, al escuchar su respuesta, sonrió complacida; en aquella sonrisa había la satisfacción leve, y casi infantil, de quien al fin ha saciado una curiosidad que no sabía que la devoraba. Ahora era consciente de que Kayseira era capaz de realizar esas cosas que tanto se admiran en los verdaderos artistas: crear, modelar, dar forma al caos y hacerlo, además, con una naturalidad que, más que experiencia, parecía un don. Al fin y al cabo —se dijo para sí—, ¿no lleva la palabra artesano el arte en su raíz? ¿Y no es artesianus aquel que practica un arte mecánico? No podía ser de otra manera. Kay no solo era hábil: era una artista.
Bai asintió a sus propios pensamientos, satisfecha con aquella conclusión que parecía tan lógica como inevitable. Sin embargo, un ligero cosquilleo se agitó en su pecho.
¿No significaba eso que Kayseira misma había insuflado vida a la tablilla? El pensamiento, cálido y suave, se deslizó por su mente mientras sus dedos rozaban la superficie pulida y su mirada descendía. La textura, lisa y uniforme, transmitía la calma silenciosa de las cosas hechas con ternura; los dibujos, trazados con precisión casi devocional, hablaban de una atención amorosa.
¿Cómo era posible —se preguntó entonces— que alguien tan joven poseyera semejante destreza?
Alzó la vista y la contempló por un momento deteniéndose a reflexionar. Luego, no sin cierta duda, señaló a la joven, tocó la tablilla y finalmente el corazón.
¿Así debía decirse? —pensó— ¿Me encanta tu tablilla, no?
—¿Puedo? —preguntó, indicando en símbolo de pregunta y haciendo un gesto hacia el brazo apoyado en la mesa.
Lo reconoció al instante. No por experiencia, claro —su experiencia en ese campo era más bien teórica y, por desgracia, traumática— sino por los innumerables libros que había leído al respecto, todos ellos escritos por personas que, al parecer, sabían muy bien de qué hablaban. Pues, si tenía que basarse en su propia práctica… bueno, la última vez que intentó algo similar terminó con una sangría improvisada, varias infecciones cutáneas y una promesa de no volver a tocar líquidos sospechosamente burbujeantes o frases que empezaran con «¿qué pasaría si…?».
Sacudió la cabeza. No quería pensar en eso. Ni en los gritos. Ni en el olor. Ni, por supuesto, en el pequeño incidente con los muchachos. Mejor dejarlo en el cajón mental donde se archivan los experimentos fallidos y las relaciones sentimentales.
Estiró la mano, temblorosa, sin saber si el gesto era permitido. Y cuando sus dedos estuvieron a un suspiro de rozar su piel, una punzada extraña, casi eléctrica, se extendió desde la yema hasta el codo. Retiró la mano con rapidez, aunque aún sentía el deseo urgente —doloroso, incluso— de tocar aquellas marcas y seguir con la caricia el relieve de la cicatriz. Pero no. No debía hacerlo. O no todavía.
Llevó la mano al mentón, pensativa, y se sorprendió al advertir cuántas veces había repetido aquel gesto desde que se sentara allí. Luego, reflexionó en el posible significado de todo aquello y guardó, en algún rincón de su mente, todas las preguntas que algún día querría formular.
Al fin y al cabo, lo único que tenía realmente claro —y eso ya era mucho decir teniendo en cuenta su propia situación— era que a Kayseira esas cosas la hacían temblar. La cuestión, claro, era por qué. ¿Las agujas? ¿Las cicatrices? ¿O algo más profundo como el recuerdo de una infancia marcada por manualidades mal explicadas y profesores de biología excesivamente entusiastas?
Era difícil saberlo. La psicología humana no ofrecía demasiadas respuestas al respecto, salvo la obvia: que cualquier cosa que implique agujas tiende a convertir a la mayoría de las personas en filósofos instantáneos, profundamente interesados en el sentido de la vida, el universo y la posibilidad de salir corriendo.
De repente, al volver a centrarse en la joven, el papel con los dibujos apareció frente a ella.
¡Por supuesto! Se había olvidado de eso. Lo cual, pensándolo bien, era bastante injusto: el papel había estado allí todo el tiempo, cumpliendo su humilde función de existir, y nadie le había prestado la más mínima atención. Era el tipo de descuido que podría traumatizar a un objeto inanimado… si los objetos inanimados tuvieran emociones, una agenda personal o un sindicato.
Señaló la fresa y luego el corazón. No añadió nada, ni siquiera un suspiro. No porque no valiera la pena, sino porque había descubierto que es más fácil gastar tiempo pensando que uno tiene razón.
Pero, entonces, sus modales le asaltaron. No literalmente, claro; no con pasamontañas ni una navaja —aunque en su caso habría sido una escena bastante convincente—, sino que simplemente aparecieron de la nada, como hacen los inconvenientes en los peores momentos, salvo que, a diferencia del infortunio, lo hicieron para recordarle que debía comportarse como un ser civilizado.
—Gracias —respondió.
Miró la piedra Rosetta que tenía frente a ella. ¿Cómo iba a insinuarle que ella invitaba? No estaba segura. En realidad, nadie lo estaría; era una de esas situaciones sociales que deberían venir con manual y un botón de emergencia.
Sacó entonces un fajo de billetes. Uno absurdamente grande, del tamaño y grosor que solo se ve en sueños particularmente optimistas, pues, en su cabeza, si eran dos personas, aquello debía salir caro. Era una lógica impecable, solo ligeramente incompatible con la realidad.
Claro que, para alguien acostumbrada a pagar cinco veces más por no saber pronunciar el nombre de lo que pedía, el gesto parecía de una sensatez casi heroica. Para el resto del mundo, en cambio, era ridículamente exagerado.
¿Y de dónde había salido semejante suma? Buena pregunta. Si uno se la hubiera hecho a Bai, habría respondido —con toda la serenidad del caso— «del cajón de la entrada», como si eso resolviera el misterio del flujo económico universal. En realidad, simplemente había abierto el cajón con una rapidez digna de un atracador y metido la mano esperando encontrar algo que pareciera dinero. Y, contra todo pronóstico, funcionó.
Luego extendió el fajo hacia su compañera y, con la misma seguridad que te regala el presionar un botón rojo de emergencia, le insistió —a través de la tablilla— que era para que ella pagara.
¿Y cómo se lo dijo? Señalando a Kayseira y luego a la jarra, lo cual, en términos diplomáticos, venía a ser el equivalente visual de decir: «Tú pagas pero con mi dinero».
Después de eso hizo una pausa, pensó lo que quería preguntar y, ahora, hablando como buenamente podía, le preguntó por algo que le llevaba rondando desde hacía días.
—¿Por qué —señaló el interrogante— todos —añadió, barriendo la imagen de los integrantes del grupo con un gesto— me juntáis —prosiguió señalando su dibujo— con Dong?
Después reflexionó dejando escapar un largo «hum» de entre sus labios al tiempo que fruncía el ceño.
—Yo —se volvió a señalar— pensaba —continuó llevándose la zurda a la sien— que era un gato.
Tras decir gato, se aclaró la garganta y, con cierto rubor en el rostro, Bai maulló con la onomatopeya de los suyos: Niáu, niáu.
—Cuando lo conocí —terminó de decir cuando entrelazaba ambas manos en un intento de hacer ver que dos personas se daban la mano en gesto de amistad o saludo.
Fruta, bebida, amor…
¡Fruta, bebida, amor!
Por supuesto. Era tan obvio como un pez sorprendiéndose de que el agua moja. ¿Cómo no lo había entendido antes?
«Blanco y en botella», pensó. Aunque en este caso lo blanco probablemente era la espuma de la cerveza y la botella en realidad era una jarra, lo que siempre complica las metáforas.
Claro, se refería, evidentemente, a si amaba alguno de aquellos tres tipos de batidos. ¿Batidos? Mudai rió, porque en una taberna no se sirven batidos. No, señor. En una taberna se sirven líquidos que pueden disolver pequeñas discusiones, grandes amistades y, con suficiente tiempo, incluso el esmalte dental.
Así que sí, debía de referirse al sabor del brevaje. No al amor, ni a la fruta, sino al concepto abstracto de «bebida afrutada» que los parroquianos habituales de este tipo de locales usan como medio de supervivencia en un universo que te empuja constantemente hacia el lunes.
Silencio.
Abrió la boca para pronunciar algo que fuera acorde a sus pensamientos, y apenas había levantado un dedo —como si aquel gesto pudiese convocar el verbo correcto— cuando su compañera le habló.
Después, al escuchar su respuesta, sonrió complacida; en aquella sonrisa había la satisfacción leve, y casi infantil, de quien al fin ha saciado una curiosidad que no sabía que la devoraba. Ahora era consciente de que Kayseira era capaz de realizar esas cosas que tanto se admiran en los verdaderos artistas: crear, modelar, dar forma al caos y hacerlo, además, con una naturalidad que, más que experiencia, parecía un don. Al fin y al cabo —se dijo para sí—, ¿no lleva la palabra artesano el arte en su raíz? ¿Y no es artesianus aquel que practica un arte mecánico? No podía ser de otra manera. Kay no solo era hábil: era una artista.
Bai asintió a sus propios pensamientos, satisfecha con aquella conclusión que parecía tan lógica como inevitable. Sin embargo, un ligero cosquilleo se agitó en su pecho.
¿No significaba eso que Kayseira misma había insuflado vida a la tablilla? El pensamiento, cálido y suave, se deslizó por su mente mientras sus dedos rozaban la superficie pulida y su mirada descendía. La textura, lisa y uniforme, transmitía la calma silenciosa de las cosas hechas con ternura; los dibujos, trazados con precisión casi devocional, hablaban de una atención amorosa.
¿Cómo era posible —se preguntó entonces— que alguien tan joven poseyera semejante destreza?
Alzó la vista y la contempló por un momento deteniéndose a reflexionar. Luego, no sin cierta duda, señaló a la joven, tocó la tablilla y finalmente el corazón.
¿Así debía decirse? —pensó— ¿Me encanta tu tablilla, no?
—¿Puedo? —preguntó, indicando en símbolo de pregunta y haciendo un gesto hacia el brazo apoyado en la mesa.
Lo reconoció al instante. No por experiencia, claro —su experiencia en ese campo era más bien teórica y, por desgracia, traumática— sino por los innumerables libros que había leído al respecto, todos ellos escritos por personas que, al parecer, sabían muy bien de qué hablaban. Pues, si tenía que basarse en su propia práctica… bueno, la última vez que intentó algo similar terminó con una sangría improvisada, varias infecciones cutáneas y una promesa de no volver a tocar líquidos sospechosamente burbujeantes o frases que empezaran con «¿qué pasaría si…?».
Sacudió la cabeza. No quería pensar en eso. Ni en los gritos. Ni en el olor. Ni, por supuesto, en el pequeño incidente con los muchachos. Mejor dejarlo en el cajón mental donde se archivan los experimentos fallidos y las relaciones sentimentales.
Estiró la mano, temblorosa, sin saber si el gesto era permitido. Y cuando sus dedos estuvieron a un suspiro de rozar su piel, una punzada extraña, casi eléctrica, se extendió desde la yema hasta el codo. Retiró la mano con rapidez, aunque aún sentía el deseo urgente —doloroso, incluso— de tocar aquellas marcas y seguir con la caricia el relieve de la cicatriz. Pero no. No debía hacerlo. O no todavía.
Llevó la mano al mentón, pensativa, y se sorprendió al advertir cuántas veces había repetido aquel gesto desde que se sentara allí. Luego, reflexionó en el posible significado de todo aquello y guardó, en algún rincón de su mente, todas las preguntas que algún día querría formular.
Al fin y al cabo, lo único que tenía realmente claro —y eso ya era mucho decir teniendo en cuenta su propia situación— era que a Kayseira esas cosas la hacían temblar. La cuestión, claro, era por qué. ¿Las agujas? ¿Las cicatrices? ¿O algo más profundo como el recuerdo de una infancia marcada por manualidades mal explicadas y profesores de biología excesivamente entusiastas?
Era difícil saberlo. La psicología humana no ofrecía demasiadas respuestas al respecto, salvo la obvia: que cualquier cosa que implique agujas tiende a convertir a la mayoría de las personas en filósofos instantáneos, profundamente interesados en el sentido de la vida, el universo y la posibilidad de salir corriendo.
De repente, al volver a centrarse en la joven, el papel con los dibujos apareció frente a ella.
¡Por supuesto! Se había olvidado de eso. Lo cual, pensándolo bien, era bastante injusto: el papel había estado allí todo el tiempo, cumpliendo su humilde función de existir, y nadie le había prestado la más mínima atención. Era el tipo de descuido que podría traumatizar a un objeto inanimado… si los objetos inanimados tuvieran emociones, una agenda personal o un sindicato.
Señaló la fresa y luego el corazón. No añadió nada, ni siquiera un suspiro. No porque no valiera la pena, sino porque había descubierto que es más fácil gastar tiempo pensando que uno tiene razón.
Pero, entonces, sus modales le asaltaron. No literalmente, claro; no con pasamontañas ni una navaja —aunque en su caso habría sido una escena bastante convincente—, sino que simplemente aparecieron de la nada, como hacen los inconvenientes en los peores momentos, salvo que, a diferencia del infortunio, lo hicieron para recordarle que debía comportarse como un ser civilizado.
—Gracias —respondió.
Miró la piedra Rosetta que tenía frente a ella. ¿Cómo iba a insinuarle que ella invitaba? No estaba segura. En realidad, nadie lo estaría; era una de esas situaciones sociales que deberían venir con manual y un botón de emergencia.
Sacó entonces un fajo de billetes. Uno absurdamente grande, del tamaño y grosor que solo se ve en sueños particularmente optimistas, pues, en su cabeza, si eran dos personas, aquello debía salir caro. Era una lógica impecable, solo ligeramente incompatible con la realidad.
Claro que, para alguien acostumbrada a pagar cinco veces más por no saber pronunciar el nombre de lo que pedía, el gesto parecía de una sensatez casi heroica. Para el resto del mundo, en cambio, era ridículamente exagerado.
¿Y de dónde había salido semejante suma? Buena pregunta. Si uno se la hubiera hecho a Bai, habría respondido —con toda la serenidad del caso— «del cajón de la entrada», como si eso resolviera el misterio del flujo económico universal. En realidad, simplemente había abierto el cajón con una rapidez digna de un atracador y metido la mano esperando encontrar algo que pareciera dinero. Y, contra todo pronóstico, funcionó.
Luego extendió el fajo hacia su compañera y, con la misma seguridad que te regala el presionar un botón rojo de emergencia, le insistió —a través de la tablilla— que era para que ella pagara.
¿Y cómo se lo dijo? Señalando a Kayseira y luego a la jarra, lo cual, en términos diplomáticos, venía a ser el equivalente visual de decir: «Tú pagas pero con mi dinero».
Después de eso hizo una pausa, pensó lo que quería preguntar y, ahora, hablando como buenamente podía, le preguntó por algo que le llevaba rondando desde hacía días.
—¿Por qué —señaló el interrogante— todos —añadió, barriendo la imagen de los integrantes del grupo con un gesto— me juntáis —prosiguió señalando su dibujo— con Dong?
Después reflexionó dejando escapar un largo «hum» de entre sus labios al tiempo que fruncía el ceño.
—Yo —se volvió a señalar— pensaba —continuó llevándose la zurda a la sien— que era un gato.
Tras decir gato, se aclaró la garganta y, con cierto rubor en el rostro, Bai maulló con la onomatopeya de los suyos: Niáu, niáu.
—Cuando lo conocí —terminó de decir cuando entrelazaba ambas manos en un intento de hacer ver que dos personas se daban la mano en gesto de amistad o saludo.
