02-11-2025, 11:48 AM
El camino de baldosas anaranjadas serpenteaba bajo sus pies, un río de arcilla que los guiaba desde la anarquía del puerto hacia el orden prometido del cuartel. A los lados, el pueblo de Baquella era un tapiz de vida bulliciosa, sonidos y olores que Develio registraba sin emitir juicio. Las preguntas de Akira hacia Juan sobre las pompas, y la explicación cándidamente ajena del gyojin sobre sus propias habilidades biológicas únicas, fueron archivadas por Develio con el mismo interés clínico que dedicaría a la lectura de un tratado sobre fisiología exótica. Eran fascinantes en su simplicidad, en la forma en que revelaban la verdadera naturaleza de cada uno.
El semigigante continuó fumando su pipa, una presencia silenciosa que anclaba la conversación errática de sus compañeros. El humo con aroma a mango se arremolinaba a su alrededor, una barrera casi invisible contra el ruido innecesario, permitiéndole centrarse en la información pertinente. El reconocimiento de Raito de su rol como médico fue recibido con un leve asentimiento, imperceptible para cualquiera que no lo estuviera observando de cerca. Luego, la declaración de Akira: "Yo soy navegante". Útil, pensó Develio. Un navegante competente era la diferencia entre una misión exitosa y un desastre en alta mar. Y la confesión posterior de Juan: "soy manitas". Igualmente útil. La capacidad de reparar equipo y armas era esencial en un mundo donde el desgaste y la batalla eran constantes. Eran piezas de un engranaje. Médico. Navegante. Manitas. Un núcleo funcional estaba comenzando a tomar forma.
Las bromas sobre la comida y el parentesco con las gambas obtuvieron una respuesta no verbal por parte de Develio: la comisura de sus labios se curvó fugazmente alrededor de la boquilla de su pipa, formando aquella sonrisa ladeada, casi imperceptible. Era su equivalente a una risa compartida.
La pregunta de Juan, sin embargo, lo sacó de su observación pasiva. "¿De verdad puedes curar a personas de nuestro tamaño?". La pregunta no contenía malicia, sino un asombro genuino que el gigante había encontrado en muchos otros. Retiró la pipa, y la nube de humo que exhaló fue pensativa.
-El tamaño es un desafío de escala, no de habilidad- su voz retumbó, tan profunda y serena como el propio océano. -Los órganos, los huesos, los músculos... todos obedecen a los mismos principios. Una arteria humana es un hilo fino. Una arteria de gigante, una cuerda. El principio para suturarla es el mismo, solo cambia el tamaño de la aguja.-
Miró sus propias manos, enormes y surcadas de viejas cicatrices. -Mi pulso...- continuó, su voz bajando a un murmullo introspectivo. -...es lento. Como el corazón de una ballena. Firme. Es una necesidad del oficio.- Su mirada se encontró con la de Juan. -Y sí. Me temo que necesitarás de mis servicios con frecuencia si tu enfoque es el combate frontal. Procura mantenerme ocupado arreglando a nuestros enemigos antes de encerrarlos, no a ti.- Era su forma de humor, seca y pragmática.
La siguiente pregunta de Juan, sobre su estilo de combate, le hizo hacer una pausa. ¿Cómo describir algo que no consideraba "estilo", sino simplemente... una aplicación necesaria de la anatomía?
-Con mis propias manos.- afirmó con una simplicidad desconcertante. -Diagnostico... y luego, trato la condición, si es alguien muy peligroso hay que anestesiar lo a golpes, hay veces en la que la anestesia acaba con el paciente si se resiste mucho...- Hizo una pausa, permitiendo que la ambigüedad se asentara. -Cada cuerpo tiene puntos de fallo. Articulaciones. Centros nerviosos. Puntos de equilibrio. Un ataque frontal contra mí es... ineficiente. Es como intentar derribar un muro empujándolo. Es más efectivo encontrar las grietas en sus cimientos y aplicar la presión justa en el lugar correcto.- Era una explicación críptica, la descripción de una forma de combatir que era más deconstrucción que destrucción.
Mientras hablaba, observó la revelación de Akira sobre su escaso tiempo en la Marina. No le sorprendió. La competencia no siempre era producto del tiempo, sino de la aptitud y la actitud. La filosofía de Akira sobre representar a la Marina era... noble. Develio no compartía ese idealismo. Él no representaba a la Marina. Él la utilizaba, como un doctor utiliza un hospital, como una herramienta para cumplir su verdadero propósito: sanar un mundo enfermo, a menudo cortando las partes infectadas.
Finalmente, llegaron a las puertas del cuartel. La bienvenida del sargento fue concisa, la entrega de estadísticas que su mente archivó de inmediato. El cuartel no era grande. Pero como había aprendido hacía mucho tiempo, el tamaño de un hospital no define la habilidad de sus médicos. Mientras Akira y Juan reaccionaban a la formalidad de su nuevo hogar, Develio solo tenía un pensamiento, una prioridad que eclipsaba todas las demás. Dio una última calada a su pipa y desechó el resto al suelo con un golpeteo en el dorso de su enorme.
El semigigante continuó fumando su pipa, una presencia silenciosa que anclaba la conversación errática de sus compañeros. El humo con aroma a mango se arremolinaba a su alrededor, una barrera casi invisible contra el ruido innecesario, permitiéndole centrarse en la información pertinente. El reconocimiento de Raito de su rol como médico fue recibido con un leve asentimiento, imperceptible para cualquiera que no lo estuviera observando de cerca. Luego, la declaración de Akira: "Yo soy navegante". Útil, pensó Develio. Un navegante competente era la diferencia entre una misión exitosa y un desastre en alta mar. Y la confesión posterior de Juan: "soy manitas". Igualmente útil. La capacidad de reparar equipo y armas era esencial en un mundo donde el desgaste y la batalla eran constantes. Eran piezas de un engranaje. Médico. Navegante. Manitas. Un núcleo funcional estaba comenzando a tomar forma.
Las bromas sobre la comida y el parentesco con las gambas obtuvieron una respuesta no verbal por parte de Develio: la comisura de sus labios se curvó fugazmente alrededor de la boquilla de su pipa, formando aquella sonrisa ladeada, casi imperceptible. Era su equivalente a una risa compartida.
La pregunta de Juan, sin embargo, lo sacó de su observación pasiva. "¿De verdad puedes curar a personas de nuestro tamaño?". La pregunta no contenía malicia, sino un asombro genuino que el gigante había encontrado en muchos otros. Retiró la pipa, y la nube de humo que exhaló fue pensativa.
-El tamaño es un desafío de escala, no de habilidad- su voz retumbó, tan profunda y serena como el propio océano. -Los órganos, los huesos, los músculos... todos obedecen a los mismos principios. Una arteria humana es un hilo fino. Una arteria de gigante, una cuerda. El principio para suturarla es el mismo, solo cambia el tamaño de la aguja.-
Miró sus propias manos, enormes y surcadas de viejas cicatrices. -Mi pulso...- continuó, su voz bajando a un murmullo introspectivo. -...es lento. Como el corazón de una ballena. Firme. Es una necesidad del oficio.- Su mirada se encontró con la de Juan. -Y sí. Me temo que necesitarás de mis servicios con frecuencia si tu enfoque es el combate frontal. Procura mantenerme ocupado arreglando a nuestros enemigos antes de encerrarlos, no a ti.- Era su forma de humor, seca y pragmática.
La siguiente pregunta de Juan, sobre su estilo de combate, le hizo hacer una pausa. ¿Cómo describir algo que no consideraba "estilo", sino simplemente... una aplicación necesaria de la anatomía?
-Con mis propias manos.- afirmó con una simplicidad desconcertante. -Diagnostico... y luego, trato la condición, si es alguien muy peligroso hay que anestesiar lo a golpes, hay veces en la que la anestesia acaba con el paciente si se resiste mucho...- Hizo una pausa, permitiendo que la ambigüedad se asentara. -Cada cuerpo tiene puntos de fallo. Articulaciones. Centros nerviosos. Puntos de equilibrio. Un ataque frontal contra mí es... ineficiente. Es como intentar derribar un muro empujándolo. Es más efectivo encontrar las grietas en sus cimientos y aplicar la presión justa en el lugar correcto.- Era una explicación críptica, la descripción de una forma de combatir que era más deconstrucción que destrucción.
Mientras hablaba, observó la revelación de Akira sobre su escaso tiempo en la Marina. No le sorprendió. La competencia no siempre era producto del tiempo, sino de la aptitud y la actitud. La filosofía de Akira sobre representar a la Marina era... noble. Develio no compartía ese idealismo. Él no representaba a la Marina. Él la utilizaba, como un doctor utiliza un hospital, como una herramienta para cumplir su verdadero propósito: sanar un mundo enfermo, a menudo cortando las partes infectadas.
Finalmente, llegaron a las puertas del cuartel. La bienvenida del sargento fue concisa, la entrega de estadísticas que su mente archivó de inmediato. El cuartel no era grande. Pero como había aprendido hacía mucho tiempo, el tamaño de un hospital no define la habilidad de sus médicos. Mientras Akira y Juan reaccionaban a la formalidad de su nuevo hogar, Develio solo tenía un pensamiento, una prioridad que eclipsaba todas las demás. Dio una última calada a su pipa y desechó el resto al suelo con un golpeteo en el dorso de su enorme.
